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Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018

Dozo, Dardo

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2018 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segundo

Año XVI, Vol.85, Julio 2019, Buenos Aires, Argentina | 184 páginas

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Pequeña mujer valiente

(Primer premio)

Read, Melanie

 

Una pequeña niña, nacida en un pequeño pueblito llamado Pehuajó, vivía junto a Elisa, su mamá y su hermano mayor, Nicolas. De su padre, ella no quería hablar, pues con cada palabra una lágrima se le iba a escapar. Entre golpes y golpes, la vida al fin le sonrió, dándole más tarde, la vida que siempre soñó. 

Esta historia va a relatar la vida de una persona muy especial, a la cual he escuchado llamar por varios sobrenombres, aunque yo, particularmente, prefiero decirle mamá.

Todo comenzó la noche del 26 de mayo de 1976, llovía y hacía mucho frío, pero eso no importaba, ya que todas las tías a la niña esperaban. Fue exactamente 09:10 de la mañana cuando la pequeña nació y entre llantos y abrazos, a este mundo arribó. Un nombre ella necesitaba, uno que con ella concordara. No hubo nombre mejor, pues Andrea fue el que se eligió, más tarde la vida le demostraría que ese nombre con ella iba, “mujer valiente y bella” significó, que fue luego en lo que ella se convirtió.

Grandes ojos ella tenía, pues en su mirada algo escondía, poco a poco fue creciendo y entre sus mascotas conviviendo. Llegó ese día, uno que la niña siempre recordaría, era noche de reyes, era noche de celebración, y era la noche en que una sorpresa preciada llegó. Su padre le obsequiaba una muñeca especial, a la que llamó Catalina y a la que siempre cuidó, ellas siempre se divertían, y en ser peluquera Andrea insistía, ¡pobre Catalina! pues varios looks día a día tenía. La niña muy feliz crecía, hasta que llegó aquel día, ese maldito día, en el que la vida algo le arrebataría. Sin encontrar una explicación, a su padre ella perdió, en un horrible accidente que marcas en su corazón dejó. Con el paso del tiempo, ella solita siguió, mas hubo momentos en donde su vida tambaleó. El colegio la aburría y no encontraba diversión, fue en su adolescencia donde su lugar encontró, ya que conoció una de las mejores bandas de rock, Soda Stereo, sí señor.

Pasaban los días y esa niña muy grande se hacía, y a pesar de estar perdida en corazones sinceros ella recaía, sus perros y gatos, gran parte de su corazón tenían, pues no había nada más que le transmitiera tanta alegría. De a poco, se fue interesando por la vida, aunque tampoco para tanto, su mamá le insistía que algún deporte ella debía, baile decía, natación también y fue hockey el que vino después.

Hubo cambio de colegio y al San José se fue derecho, pero las monjas no eran sus aliadas y de una patada al normal volvió sin esfuerzo. En ella se encontraban sus amigas más extrañas, la peor era Julia, pues de ella todo se esperaba, le seguía Carolina y Melina, las que eran un tanto aburridas, y Leticia concluyó por ser la mejor. 

En cuanto a su familia, pocos eran parte de su vida, dos tías muy amorosas eran sin duda las que la niña elegía. Doña Tata y doña Cuca, dos nombres bastante fáciles de decir para cualquier niño que no sabe ni siquiera escribir. Mariela, su prima, su buena confidente, la que la vestía de princesa en cada fiesta ocurrente. Compartían ambas dos, la locura de la moda, remeras y vestidos, carteras y zapatos, todo lo que estuviera al alcance de la mano.

Una fecha importante, una fecha de una unión, fue aquel 11 de abril de 1992 que un amor verdadero comenzó. Caminaba con su amiga, perdida en su imaginación y fue en ese momento en el que un chico la saludó, como respuesta de esa mano una sonrisa recibió y más tarde un baile Mirko le pidió. Salieron del boliche y a la casa de su tía la acompañó, la vieja ya la esperaba con un largo batón y desde la ventana toda la situación espió. De sonrisa compradora, y con la parla de un don Juan, ante la belleza de ella, él se rindió. Fue esa misma noche, después de varias horas de charla que su propuesta inició y como todo un caballero a su respuesta aguardó. Pasó una semana y la recogió, en el auto de su padre y con un alfajor, la respuesta él ansiaba y la respuesta fue dada, un beso confirmó su amor y fue desde allí que cada día más creció.

Como alianza de casamiento un bebé más tarde llegó, uno que marcaría el principio o el final de aquel amor. Entre dudas y planteos, la noticia llegó, fue complicada la decisión que al final se tomó. Ella lo quería, pues ya nada le importaba, solo a través de su panza ella pensaba. Por otro lado estaba él, que, a pesar de su amor por ella, planteos se tuvo que hacer, qué difícil situación, con 21 años y sin saber qué hacer. Sin trabajo, sin estudio, sin un lugar en donde ver a la niña crecer.

Fue una tarde de verano, en donde la decisión tomó, junto a ellas dos estaría por siempre su corazón. De a poquito y sin tiempo, una casita más tarde les dio, y los tres se encontraron en el nido de su amor, el cual se concretó el 21 de diciembre de 1997. Paso a paso la niña fue creciendo y en un solcito convirtiendo, rizos dorados la niña tenía y una alegría que en su vida vivía. Hermosa infancia ella tenía, pues amor de sobra le darían, las abuelas estaban enloquecidas que su primera nieta era una divina. Junto a la niña, alguien creció, la que luego se convirtió en su mayor amiga, fue una perrita doberman llamada Tita, primera palabra de la dulce niña.

Una familia ella construía, y uno de sus sueños se le cumplía, pero pronto aparecería, concretamente cinco años después, un tesoro nuevo por conocer. Milagros se llamó, niña de ojitos rasgados que su corazón robó. Solcito la quería, pues una amiguita nueva ella tenía, y fue al ver a la niña que en su corazón prometió que siempre la cuidaría. Familia unida, familia de amor, familia con su textual significado ella creó.

Los problemas comenzaban, Mirko trabajaba y a Andrea ya se le dificultaba, con la primera niña un trabajo había conseguido, en la perfumería, Solcito había crecido, con Milagros ya se complicó eran dos niñas que bajo su techo cuidó. Abogacía los dos eligieron, y a la Facultad de Trenque Lauquen ellos se fueron, difícil se hacía dejar a las niñas con la abuela Elisa, pues en cada fin de semana de despedida, dos partes de su corazón Andrea perdía. Por su parte, las niñas se divertían, ya que a la abuela loca la volvían, Milagros era la más traviesa, la que no había que perder, pues si la mirada apartabas, una macana iba a aparecer. Por las noches, la abuela junto a las niñas siempre rezaba, pidiéndole a Diosito que a su madre aprobará. Con el paso del tiempo, Andrea desistió, dejando a medias la carrera que eligió, sus hijas la necesitaban y no había elección, sus hijas estaban siempre como primera opción.

De a poquito fueron construyendo la casita de sus sueños, con trabajo y dedicación, ambos lograron armar su castillo lleno de amor. Su primera perrita había fallecido y con el dolor de su muerte una nueva vida había aparecido, pero esta vez Milagros le pondría el nombre que ella quería, Reina la llamó y Reina fue el que se quedó. Le siguió Golfo, un dálmata sordo y muy juguetón, que volvía loco a cualquiera con su amor. Tras la pérdida de estos, una nueva integrante apareció, la que hoy en día aman con pasión, una bulldog francés llamada Cocó.

En el colegio muy bien les iba, ya que Andrea siempre las reprendía, deben estudiar, ella siempre les decía, para ser alguien en la vida, pues lo que ella más quería era que las niñas sus sueños cumplieran. Y hablando de sueños, otro más la vida le concedió, que fue precisamente en el 2016 que un viaje hermoso se presentó, a donde los sueños se cumplen y la magia siempre existió. El mundo de Disney sus corazones robó, pues no había nada en el mundo que transmitiera tal emoción, en su mirada se reflejaba lo que su corazón tanto amaba, Disney era un cuento de hadas. Sol y Milagros fascinadas estaban, pero fue la mayor quien más entusiasmada estaba, pues con las princesas ella había crecido y ese mundo mágico siempre había querido. La felicidad los inundaba, pues cada día algo nuevo los esperaba y fue aquel 26 de mayo que una sorpresa hermosa Mirko preparaba, en los cumpleaños de Andrea, ellos siempre la agasajaban, con miles de mimos y regalos, pues sabían lo que para ella esas fechas significaban. En el Walmart se encontraban y otra no quedaba, Mirko debía darle la sorpresa tan planificada, entre medio de la gente, él se acercó y frente a ella se arrodilló, un anillo de oro sacó, haciéndole luego una linda declaración “si me aceptas, me levanto y sino aquí te esperaré” a lo que entre llantos y alegría el SÍ recibió.

Con el paso de los días, ese amor paso a paso creció convirtiendo a la familia en lo que es hoy, una familia muy unida conformada por amor, con respeto entre ellos y una honesta dedicación. Y es aquí donde aparezco yo, mi querido lector, a contarles el trasfondo de este pequeño homenaje, la persona de la que hablo es alguien sin igual, que para mí es sinónimo de valentía sin dudar, es quien me enseña día a día a no bajar los brazos y a aprender que por más que la vida muchas veces nos golpea siempre hay motivos para levantarnos, ya sea por nuestros sueños o cualquier cosa que nos motive. Entre lo más preciado de mi vida ella se encuentra y no hay nada en este mundo que me separé de ella. Me gustaría contarle que ella es lo más grande, que no tiene necesidad de tener un título de la facultad, pues ella ya es quien es por la increíble persona que es, para mí lo más hermoso, mi mamá. Y con estas palabras me despido “entendí que la vida no tiene razón alguna, sino se tiene lo más importante que es la familia”.

 

 

 

El fotógrafo quiteño

(Primer premio)

Bossano Jarrín, Rodrigo Eduardo

 

El 28 de agosto de 1892, en la ciudad de Quito, Ecuador, nació un niño que marcó una huella en la historia de la fotografía ecuatoriana. Este niño era Carlos Rivadeneira Cruz, el cual se crió en un hogar movido por el arte y la cultura.

Su padre, Benjamín Rivadeneira Guerra, quien se dedicaba a la fotografía, sembró en él, desde temprana edad, la pasión por apreciar y capturar todo lo que le rodeaba. Por esto, el padre de Carlos fue la fuente de la cual surgió el interés y amor por la fotografía. Por otro lado, su madre Luz María Cruz, le inculcó e instruyó todos los valores y principios que forjaron su carácter, los mismos que le permitieron llegar lejos.

Carlos asistió a la escuela y al colegio como cualquier otro muchacho de su edad, pero a la edad de 14 años, él tomó una decisión que marcó y definió su vida, esta decisión fue la de estudiar la carrera de fotografía y dedicarse a dicho oficio.

Con el paso de los años, Carlos se graduó del bachillerato y al poco tiempo decidió salir del país para poder estudiar lo que tanto le apasionaba. Para 1914 él estaba equipado y listo para su nueva etapa personal y profesional al ir a estudiar a Nueva York la carrera de fotografía.

Él decidió estudiar en el extranjero debido a que en el Ecuador no existía ninguna universidad que le pudiera enseñar el arte de la fotografía, además al instruirse fuera del país pudo expandir sus horizontes, cambiando su óptica de ver las cosas y comprendiendo el valor real de aquello que le rodeaba.

Debido a que él vivió en una ciudad cosmopolita, caracterizada por estar llena de cultura e innovación, pudo aprender a apreciar la belleza de una manera más profunda, y a su vez, el estudiar fotografía en Estados Unidos en aquel tiempo representó una formación sólida y valiosa para su carrera profesional.

Al finalizar sus estudios superiores, fue contratado por la compañía fotográfica Underwood & Underwood. En aquella empresa pudo poner en práctica todo lo que había aprendido; y gracias a su gran esfuerzo, dedicación y empeño, él consiguió obtener un diploma de excelencia en dicha empresa, al brindar un trabajo y portfolio impecables.

Transcurridos algunos años de trabajar en dicha firma, Carlos decidió que era momento de volver a Ecuador ya que quería impulsar la fotografía en su patria, además que en aquel momento únicamente existían dos fotógrafos capacitados trabajando en su país. Debido a esto, en 1920 regresó a Quito y, con toda la experiencia y bagaje alcanzados, ayudó a su padre en el estudio de fotografía que tenía. Después de algún tiempo su padre se jubiló y le dejó a cargo su estudio en el cual Carlos aprovechó al máximo todos los recursos a su disposición para perfeccionar su técnica. Con esto y después de unos años decidió abrir su propio estudio fotográfico en la capital.

Desde el momento que abrió el negocio, este fue aceptado por la sociedad ecuatoriana, por ende tuvo un sinnúmero de clientes debido a su profesionalismo y experiencia, los cuales fueron un pilar fundamental para que muchos famosos, diplomáticos, líderes de opinión y gente de renombre, quisieran ser retratados por él. Por mencionar a algunos clientes de aquella época, tenemos a: los presidentes de la República del Ecuador: Carlos Arroyo del Rio, Alberto Mosquera, Federico Páez; el Nuncio Apostólico Efrén Forni, el escritor Juan Cueva, el pintor Enrique Gomez Jurado, el escritor Jaime Andrade, el historiador y diplomático Jose Gabriel Navarro, el Padre Agustin de Askunaga, el diplomático Hernán Escudero, el Conde Manuel Jijón y Caamaño, el diplomático Victor Cox y muchísimos más personajes notables, tanto nacionales como internacionales.

Habiendo alcanzado gran fama y aprecio en Ecuador, Carlos pudo ser conocido en gran parte de Latinoamérica, e incluso hacer que su nombre alcance prestigio en países como Estados Unidos e Italia. Gracias a esto ganó muchos reconocimientos y premios a lo largo de su carrera, como por ejemplo el haber recibido le Tercera Medalla en la Bienal Mundial de Italia, diversas premiaciones y galardones tanto en su patria como fuera de ella, entre otros.

A él le gustaba trabajar y hacer fotografías de estilo retrato en su estudio fotográfico, en el cual le gustaba fotografiar a su propia esposa llamada Concepción Salas y a sus cinco hijos; pero de igual forma le interesaba la fotografía social, en donde buscaba plasmar la cultura y costumbres de las distintas clases sociales, pueblos y comunidades características de todo el Ecuador. Asimismo, se destaca su gusto por fotografiar la arquitectura y edificaciones de las diferentes ciudades, ya que en estas él encontraba una riqueza histórica, cultural y artística única de su país.

Su objetivo como fotógrafo siempre fue el de preservar en el tiempo tanto los lugares como las tradiciones y las formas de vida de las personas de aquella época, con el fin de que a través de los años, la gente recuerde y nunca olvide las raíces de su pueblo, e incluso que puedan comparar el constante cambio que atraviesan las sociedades, tanto en lo material como en lo cultural.

Carlos se destacó por poseer fotos con una estética sencilla pero precisa, permitiendo mostrar los elementos de la escena tal cual se disponían. Por esto, su fotografía no solo se la veía, sino que también se la sentía, ya que cada una de estas tomas contaba su propia historia con la cual el observador podía, de cierto modo, identificarse con la foto y lo que esta representaba.

Él tomó más de 40.000 fotografías a lo largo de su carrera como fotógrafo y siempre le gustó realizar exposiciones de su arte por todo el Ecuador, además que con su trabajo y su vida se puede palpar su entrega total a este arte incluso hasta el día de su muerte, la cual llegó inesperadamente en 1976 a sus 84 años de edad.

Desde aquel entonces el Ecuador lo recuerda con gran nostalgia debido al arte que él construyó y el legado que él dejó a su nación y las generaciones futuras.

 

 

Juventud y sueños. Por una mejor vida

(Primer premio)

Chung, Melina Liza

 

A 19.420 km de Argentina, el joven Dae Kun se encontraba en su casa preparando sus valijas para dar paso a una nueva aventura y nueva vida al otro lado del mundo. No sabía, en aquel entonces, hablar el idioma español, lo cual sería una carga que debía llevar consigo mismo. Muchos se preguntarán, ¿cómo puede ir a un país sin saber hablar el leguaje madre de éste? ¡Es absurdo!

Sin embargo, ya muchos habían inmigrado a Buenos Aires, Argentina, y se decía que se vivía mucho mejor allí que en su país nativo, en donde la gran mayoría no era para nada rico.

¿Podría él realmente buscar una vida mejor? Esto lo puso a pensar de la vida que había vivido hasta aquel entonces. Su padre era un empleado público, y su salario claramente no lo convertía en el hombre más rico del país, por lo tanto, su madre debía salir en busca de trabajo para poder mantener a la familia.

Luego de unos años, nació su hermana. Ella se destacaba por ser una de las más inteligentes de la clase, lo que llevó a que se convirtiese en la representante de su año. Pero Dae Kun también tenía sus propios talentos, pues durante su primaria había sido escogido entre 1000 alumnos para representar a su colegio en una competencia de deportes, la cual salió ganando.

Así pasó el tiempo, y Dae Kun egresó de la escuela primaria, y luego de egresarse, debía prepararse para el examen nacional obligatorio para entrar a la secundaria. Este examen no era para nada sencillo. Él había pasado días y meses estudiando para aquel examen. Esos meses se convirtieron en un año, hasta llegar al día del examen.

Luego de tanto esfuerzo, y a tan menor edad, Dae Kun consiguió entrar a la mejor secundaria de todo Seúl. Ésta le dio una educación excelente, pero la mayoría de los días sentía que se moría del aburrimiento, lo que llevó a que practicara muchos deportes y a que tuviese alguna afición que lo motivase. Sin embargo, no había nada más que lo hiciera feliz que el amor por la música. Era tan grande el deseo por ella que decidió formar una banda, la cual terminó en un intento fallido luego de su primer concierto. Con tan solo pensarlo, a Dae Kun le causaba risa ¿Quién sabe? Con un poco de suerte podría haberse convertido en toda una estrella.

Pasaron los años, y había llegado uno de los momentos más importantes durante su juventud: entrar a la universidad. Para Dae Kun, la preparación para entrar a la universidad que deseaba fue uno de los momentos más difíciles de su vida. Se la pasaba horas estudiando para el examen. No tenía ni un minuto para disfrutar la vida. Sabemos que un día tiene 24 horas, y de esas horas en la vida de Dae Kun, 20 eran dedicadas al estudio.

A pesar de todo este esfuerzo, del sudor y las lágrimas, él no habría logrado entrar a la universidad que quería ni a la carrera que quería, pues se podía elegir la universidad y la carrera deseada en base al puntaje del examen de ingreso. Entonces, ¿para qué había gastado su vida en alcanzar algo que podría ser imposible lograr? Era tanto el estrés y el cansancio por las horas de estudio, que esta etapa de su vida fue una de las etapas que lo hizo dar cuenta de que la vida no es lo que uno se imagina.

La vida es algo así como un infierno feliz, ¿no cree? Comenzamos siendo niños, creyendo que todo es posible, que ser adultos es una tarea fácil y que convertirnos en las personas que buscamos ser es tan sencillo. Pero una vez que entramos al mundo de los adultos y de la juventud, nos encontramos con todo tipo de situaciones y personas inesperadas, en donde está presente el egoísmo, la competencia y muchas otras cosas que muchos sabrán por experiencia.

Sin embargo, ¿por qué podemos decir que este infierno es feliz, que lo vale? Muchos dicen que el balance entre lo malo y lo bueno de la vida es lo que lo hace complejo, pero al mismo tiempo, hermoso. Pero ¿qué es “lo bueno de la vida”? ¿Qué es lo que la hace tan especial que hace que los humanos sigamos viviendo y luchando, si todos ya sabemos que el final de nuestras vidas es igual para todos?

Quizás para algunos es la alegría que le transmiten las personas que lo rodean, o la felicidad que le da un café con medialunas a la mañana antes de ir a trabajar, o los libros que uno lee un domingo por la tarde. Todos buscamos inconscientemente en las cosas algún sentido para darle un poco de color de esperanza a nuestras vidas.

Y para nuestro protagonista, la pequeña esperanza que lo golpeó fueron las estrellas que caían sobre aquel cielo azul de primavera.

Luego de unos meses, Dae Kun decidió rendir nuevamente el examen de ingreso a la universidad y pudo entrar a la Facultad de Filosofía en la universidad que quería. Una vez dentro del mundo universitario, la presión de tener que estudiar todo el tiempo había disminuido. Ahora tenía más tiempo para salir con sus amigos y disfrutar de sus películas y libros favoritos. La vida comenzaba a tener un poco más de sentido y valor.

Al pasar los años, la situación económica y social se volvía más difícil y complicada para los coreanos. Muchos comenzaban a inmigrar a otros países, y Dae Kun decidió viajar a Argentina en busca de una vida mejor, lo que nos lleva al principio de nuestra historia.

Luego de empacar sus valijas, se tomó el avión y ya estaba rumbo a Buenos Aires. Al aterrizar, se encontró con algo completamente distinto a lo que le habían dicho. Era 1991 y no comprendía nada. Creyó que con un poco de inglés se manejaría, pero no fue así, por lo que decidió anotarse a clases de español en una academia.

En aquel entonces aprender español era el objetivo principal de su estadía. Dae Kun iba todos los días, hasta que, con el paso del tiempo, pudo aprender lo básico, lo que permitió que se pudiera manejar solo. Sin embargo, acostumbrarse era todo un desafío.

Argentina era un país tan diferente a su país nativo que no dejaba de pensar en querer volver allí. No era solamente por el idioma, era todo. La comida, la cultura, la forma de pensar y comunicar, y era también por la soledad que sentía, pues extrañaba mucho a su familia y sus amigos.

Pero sabía que ya era muy tarde para volver. Estaba muy lejos de casa y volver con manos vacías no era una opción para él, por lo que no tuvo otra alternativa que esforzarse para acostumbrarse a su nueva vida.

Algo que fue de gran ayuda fue la iglesia católica coreana a la que él iba, en donde encontró comodidad, nuevos amigos con los que podía charlar y compartir experiencias, y pudo conocer a su esposa, Hye Seon Jung, con la que tuvo dos hijas.

Su primera hija nació en 1996 y, a pesar de que muchos digan que tener un perro es como un entrenamiento previo a criar un hijo, claramente se equivocaban. Para Dae Kun era algo completamente nuevo, era tan sorprendente para sus ojos que hasta se preguntaba si ésta era de verdad su hija. Se había enamorado de ella, hasta que sus llantos por la madrugada no lo dejaban dormir. Noche tras noche, cuidándola sin poder dormir una sola hora en paz, Hye Seon y Dae Kun habían quedado en claro que una sola hija era más que suficiente, hasta que, en 1998, nació su segunda hija.

Cuidar a la segunda hija fue el doble de difícil que la primera. Ésta lloraba todas las mañanas antes de ir a la escuela y se metía en tantos problemas que hasta tuvo un accidente de auto que generó sobre ellos un gran dolor y preocupación.

Pero, al fin y al cabo, después de tantos momentos de todo tipo, lo habían logrado. Habían logrado la tarea tan difícil de criar dos hijas, dos seres humanos, hasta el día de hoy, dándoles una buena educación desde niñas hasta poder enviarlas a la universidad, estudiando la carrera que más les apasiona, una ingeniera y otra diseñadora de modas.

¿Quién lo diría? Había venido de un camino complicado con muchas dificultades. Pero tal como puede haber caídas, también puede haber alguien que los levante y que haga de este infierno un poco de cielo.

 

 

 

Contarte y que me seas todo oídos

(Primer premio)

Lo Porto, Ariadna

 

Damiana Dell Aia nació el 18 de julio de 1935 en Santa Caterina, un pueblo ubicado en la provincia de Caltanizetta, Sicilia. Es hija de Giuseppe Del Aia y Antonina Ippolito, y hermana de Rosalía y Vito. Vivían los cinco juntos en familia, en su casa quinta, donde se dedicaban a cultivar, trabajando la tierra, con toda clase de verduras, frutas, olivos y mucho más.

En esa época no existía el jardín de infantes, se comenzaba a estudiar en la Escuela Primaria. Damiana asistió hasta tercer grado, ya que por diferentes cuestiones abandonó los estudios y siguió trabajando en la quinta con sus padres, aprendiendo el oficio que mamaba desde que era muy pequeña, gracias a los hombres de la casa.

Transitó el lapso de sus ocho años hasta los 18, entre bautismos, fiestas, compromisos, tardes en familia, fiestas de pueblos, bailes, carnavales, realizando el trabajo con muchas ganas, para colaborar con su familia.

Su madre, la cual era apodada Nina, se ocupaba de las tareas domésticas, preparaba las comidas y se encargaba de que todo estuviese en orden, para que su familia estuviera a gusto, y de vez en cuando, al terminar con sus tareas, también colaboraba ayudando a trabajar la tierra.

En el año 1950, su hermano Vito, inmigró a Argentina ya que tuvo una oportunidad de viajar y trabajar en Rosario; donde vivió 4 años. En 1954, luego de estar tanto tiempo lejos de su familia, se replanteó el regresar a Italia, o bien, llamar a su familia para que viaje a Argentina.

Justo en ese momento, la casa quinta donde vivían, la cual alquilaban para trabajar la tierra, fue puesta en venta por su dueño, por ende, tuvieron que pensar a dónde irían. El padrino de su padre Giuseppe, los había invitado a ir a vivir junto a él, en Milán. Pero el deseo y las ganas de volver a estar los cinco juntos, pudo más. Damiana y su familia decidieron viajar a Argentina.

Todo salió perfecto; desde que se subieron al tren para viajar, no tuvieron que gastar en absolutamente nada; ni en comidas, trenes, pasajes, ya que durante la Presidencia de Perón, como política de estado, en dicho período se hacían cargo de todos los gastos, para ingresar inmigrantes al país.

A los 18 años llegó a Argentina con sus padres y hermana y se instalaron en Rosario, Santa Fe, para reencontrarse con su hermano y tíos, después de tanto tiempo. Conmocionados y unidos nuevamente, desde el primer momento, todos tenían como objetivo trabajar y establecerse poco a poco.

Pidieron un préstamo al banco y obtuvieron su casa. Trabajando sin parar, los cinco, pudieron pagarla rápidamente y desligarse del préstamo obtenido.

Vito trabajaba en una metalúrgica y su padre Giuseppe también; Damiana y Rosalía, se dedicaban a trabajar con cerámica en distintas fábricas, realizando pocillos, tazas, souvenirs, flores y mucho más. Mientras tanto, Antonina se ocupaba de las tareas domésticas, era protegida y mimada por sus tres hijos los cuales se desenvolvían perfectamente con sus trabajos y el idioma, en cambio ella nunca aprendió a hablar en castellano, siempre manejó el dialecto típico Catrinaro.

En el año 1960, el primero en contraer matrimonio fue su hermano Vito, luego su hermana Rosalía en el 1962 y por último, Damiana en 1963.

Su marido fue Agatino Lo Porto, apodado Tito. Lo conoció un 17 de agosto del 1959, ya que él había ido a conocer Rosario junto a su padre Juan, que era un amigo y paisano de Italia de Giuseppe, padre de Damiana.

Luego de conocerse, empezaron a hablar y a salir un tiempo largo. Él vivía en Buenos Aires y ella en Rosario, se mantenían en contacto enviándose cartas para estar comunicados; también, algunos fines de semana, se veían, Tito iba a Rosario o Damiana para Buenos Aires. Se pusieron de novios y luego Agatino le propuso casamiento. Damiana aceptó y decidieron llevar a cabo este gran acontecimiento. Se casaron en Rosario, en la Iglesia La Merced y realizaron una fiesta en la casa de ella con todos los familiares y amigos. Se fueron una semana de Luna de miel a conocer Mendoza.

Al regresar a Buenos Aires, se instalaron en Caseros, Buenos Aires. Él trabajaba de chapista y ella cumplía el rol de ama de casa.

En 1964 tuvieron su primer hijo Juan Alberto y luego en 1966 a su hija Sandra.

Siempre fueron una familia muy unida y trabajadora. A medida que los años pasaron y sus hijos fueron creciendo, Juan colaboraba trabajando con Tito en el taller. Como decidió dejar de estudiar, se dedicó de lleno al trabajo. En cambio, su hija Sandra, finalizó sus estudios de forma exitosa y se recibió de Contadora. Ambos se casaron y formaron familia.

En el año 1994 Agatino y Damiana, tuvieron a su primer nieto, Mauro, y en 1998 a su segunda nieta, Ariadna; ambos hijos de Juan y su esposa Claudia.

En el año 2000 tuvieron a su tercera nieta, Ivana, y en el 2004 a su cuarto nieto, Fabrizio, ambos hijos de Sandra y su marido Carlos.

Tanto Tito como Diana, siempre acompañaron a sus nietos y a sus hijos en todo momento, orgullosos y muy felices por la familia que lograron formar juntos.

Luego de 63 años juntos, un 20 de Junio de 2016, falleció su compañero de vida, Agatino. Y todos los días se volvieron un poco más fríos y tristes. Nada volvió a ser igual. La pérdida y el dolor se apoderaron por un largo tiempo de la sonrisa de Damiana.

Pese a ese triste acontecimiento, hoy en día, ella sigue disfrutando de sus hijos y nietos, siendo contenida completamente por toda su familia y sintiendo sin dudas el gran aprecio que le tienen.

Hoy en día, con sus 83 años, luego de tantas experiencias vividas, consejos y anécdotas, sigue transitando con entusiasmo este camino y dejando huella donde quiera que esté.

 

 

 

Bajo el ala de un ángel

(Primer premio)

Ferrando, Lucio

 

Mi familia es bondadosa. El lado de mi padre, los Ferrando, tiene raíces en Italia y desde su llegada a Argentina, pelearon por hacer valer su nombre estableciendo distintos negocios, empresas y emprendimientos con grandes éxitos y más importante, grandes fracasos. Podría hablar sobre este aspecto de mi familia sin parar: sobre los negocios, los logros o las pérdidas rotundas. Sin embargo, encuentro un aspecto que me parece muchísimo más interesante para destacar y que en mi opinión, dicta todas las direcciones hacia donde mi familia se dirige: la bondad.

Gran parte de esta bondad que existe en mi familia debo atribuírselas a una mujer en especial a la que quiero dedicar este desarrollo, una mujer que no lleva el apellido Ferrando pero que sin embargo forma una parte íntegra de la familia, alguien quien la acompañó, la vio crecer y desarrollarse durante toda su vida hasta la actualidad: Tomasa Ocampo.

No alcanzan las palabras para describir todo lo que Tomasa Ocampo representa. Cuidó a casi todos los Ferrando que conozco: a mis abuelos, a mis padres, a mis tíos, a mis primos, y hasta a mi hermano y a mí. Nos nutrió, nos hizo crecer y nos transmitió todas sus virtudes y todos sus valores.

Nació en una estancia en Corrientes con su padre, su madre y sus hermanos, donde vivió hasta los ocho años de edad. Su familia es extremadamente numerosa, ella es la décima hermana de un total de 15.

En Corrientes, cuando alguien va a tener un hijo, siempre hay una mujer quien asiste en el parto. En la estancia de los Ocampo, la llamaban la Comadre. Una vez realizado el parto, se le debía llamar abuela. Sin embargo, cuando nació Tomasa, el Río Paraná había crecido exponencialmente y era imposible acceder a la estancia. Ante la inasistencia de la Comadre, su padre se vio obligado a cortar el ombligo umbilical. Desde ese entonces, su padre se convirtió también en abuelo de Tomasa.

Si hay algo de lo que Tomasa se arrepiente, es de no haber pasado más tiempo con su madre. Su madre era una mujer extraordinaria. Casada a los 15 años, era educada y tenía una excelente habilidad para mantener a una familia tan inmensa en pleno campo. Ella se encargaba de distintas tareas alrededor de la estancia, por ejemplo, ordeñaba las vacas y con esa leche podía hacer varias cosas, como yogur, el cual acompañaba con cereales (pochoclos de maíz cosechados allí mismo) para alimentar a sus hijos o hacer hormas de queso enteras.

Además podía confeccionar todo tipo de cosas a mano sin máquinas para coser, como ropa para toda su familia, accesorios para los caballos y frazadas hechas a base de lana hilada con un huso, una herramienta de madera primitiva. También sabía hacer cigarros con tabaco casero envuelto en hojas de chala, los cuales aprovechaba para vender de vez en cuando.

No necesitaba llevar a sus hijos al médico, ya que sabía cómo curar cualquier tipo de enfermedad o lesión, recolectando, aplicando y administrando distintas hierbas y yuyos en las cantidades correctas, que guardaba cuidadosamente en pequeñas bolsitas. Sabía curar heridas graves frotando plantas curativas en las vendas y evitar resfríos mezclando hierbas con altos contenidos de hierro con la leche del desayuno.

Conocía todas las épocas de la cosecha a la perfección. Plantaba mandioca, tabaco, maíz y entre los surcos de éste también plantaba sandía, melón, papa y batata, entre otros. Éstos se sembraban con un arado atado a un buey o caballo de tiro, el cual sus hijas seguían a la par y armaban lomadas de tierra para que sea arada y colocaban semillas sobre la tierra ya preparada.

Entre las cosas que plantaban en la estancia también había árboles frutales, como el enorme naranjo que Tomasa admiraba por la inmensa cantidad de naranjas que cargaba. Todos los días, para que las hermanas no arrasaran el árbol por completo, su padre antes de salir a trabajar, se paraba en frente de éste y se ponía a contar las naranjas en voz alta. Luego, advertía a sus hijas de que conocía la cantidad exacta de frutas que había en ese árbol y que, si al volver del trabajo alguna faltaba, serían castigadas. De esa forma, al volver del trabajo, su padre contaría nuevamente las naranjas y sosteniendo un palo con un gancho al final, alcanzaría las ramas del naranjo y sacaría una naranja de regalo para cada una.

Este acto en mi opinión definía a todo lo que su padre representa. Él no sabía leer ni escribir, pero tenía una destreza increíble con los asuntos de su campo, entre otras cosas se encargaba de: castrar e hilar ovejas, marcar y señalar a sus vacas y administrar el campo con los hermanos mayores. Él era un hombre muy respetado y conocía cómo administrar perfectamente a su propiedad y cómo hacer feliz a su familia.

La vida de Tomasa dio una vuelta drástica gracias a un viejo mercader cuyo modus vivendi era un tendero (O. Tomasa, comunicación personal, 10 de noviembre de 2018). Él tenía una tienda en el pueblo donde vendía todo tipo de productos que no se pueden encontrar fácilmente en las estancias pero que son de gran necesidad, como por ejemplo hilos y ropa de hombre o de mujer. Solía cargar sus bienes en una carreta jardinera tirada por caballos, con la cual salía a vender a las estancias más cercanas.

Una vez a la semana, este tendero llegaba a la puerta de la estancia de los Ocampo y su madre le compraría todo tipo de telas para confeccionar ropa para su familia. Esta vez, las telas no fueron la única cosa que los Ocampo compraron de su carreta, sino que cargaba dentro de sí una súplica importante para la madre de Tomasa: la esposa del mercader estaba embarazada y necesitaba a alguien quien pudiera cuidar de ella mientras él se encontrara vendiendo en su carreta lejos de la casa.

Tomasa, teniendo ocho años de edad, ya estaba lista para ir al colegio. Su madre la señaló con el dedo y le dijo al tendero que ciertamente una de sus hijas estaba en condiciones de ir con él.

Nadie le preguntó a Tomasa si ella realmente quería ir con él, pero la súplica del tendero y la respuesta de su madre no eran una pregunta ni una sugestión, eran una obligación y no había peros. Sin resignarse, Tomasa se subió a la carreta y volvió con él al pueblo. Nunca más regresó a la estancia con su familia. Sin embargo, no perdió el contacto sino que lo mantenía a través de cartas (su madre conocía leer y escribir) y de ocasionales visitas de alguna de sus hermanas.

La esposa del estanciero tuvo a su hijo y Tomasa se vio comprometida a protegerlo. Con tan solo ocho años, se sentía como una criatura cuidando a otra criatura (O. Tomasa, comunicación personal, 10 de noviembre de 2018). No sabía decir cómo fue que logró mantenerlo, pero lo había conseguido. En ese momento de su vida ella no pudo ir al colegio, sino que la esposa del estanciero, siendo una maestra de una escuela que se encontraba en una de las estancias, le enseñaba y le daba clases en la casa mientras cuidaban al recién nacido.

Cuando uno es chico, los tiempos no son fáciles de calcular, pero habrían pasado unos dos años en esa casa en el pueblo cuando decidieron mudarse. El viaje parecía interminable. Pasó ese tiempo alejada de la sociedad y aún más de su familia. Nunca logró adaptarse hasta que un día volvió al pueblo, donde visitó a un conocido de su padre y decidió quedarse con él después de observar el contraste entre el pueblo y la lejana casa donde estaba viviendo. Una vez instalada nuevamente en el pueblo, y con la ayuda de las cosas que había aprendido con la esposa del mercader, pudo asistir al colegio y fue alternando entre ellos hasta que llegó al quinto grado.

Para entonces Tomasa no cumplía los 13 años. El padre de Tomasa había encontrado un puesto de trabajo en Mechongué, un pueblo cercano a Mar del Plata, gracias a su vasto conocimiento sobre el campo y sobre todo el de los animales. Sus hijos varones se quedaron en Corrientes, ellos se encargaban de realizar la cosecha manual, se dividían en dos cuadrillas para hacerlo: una juntaba maíz y la otra papa.

Por otro lado, las hermanas de Tomasa trabajaban en Buenos Aires, y ya que sus padres se mudaban a Mar del Plata, Juanita, la hermana mayor de Tomasa, aprovechó la situación y la trajo con ella a Buenos Aires donde trabajaba en una casa de familia.

Una vez en Buenos Aires, Tomasa se encontró con que la mujer de la casa donde Juanita trabajaba tenía un carácter muy alegre y divertido, llamémosla Señora J. Al no tener hijos, ella malcriaba a Juanita como si fuera la suya. La quería tanto que no podía parar de hablar sobre ella ni un minuto. Atormentaba a todo el mundo que se le acercara con cualquier tipo de relatos sobre Juanita.

Tomasa no duró mucho en la casa de la Señora J, ya que después de unos días fue enviada a Coronel Díaz y Santa Fé, donde vivían unos parientes de la Señora J, más específicamente la madre y la tía abuela de su esposo, quienes se encontraban muy ancianas y necesitaban de alguien quien pudiera hacer sus mandados y tareas simples. Tomasa se quedó con estas ancianas ya que era muy pequeña para poder hacer otros trabajos más exigentes. Convivió momentos muy positivos con estas ancianas, descubrió que podían cocinar muy bien y casi todas las mañanas era malcriada con scones horneados de forma casera.

Una persona quien tenía varias visitas sobre gente que se excedió de scones caseros era el Dr. R, el médico personal de la Señora J, cuya cabeza fue taladrada tan intensamente con los relatos sobre Juanita en una sesión en particular que una gran bombilla imaginaria se encendió sobre su cabeza.

El Dr. R era el hijo de una de las viejitas de Coronel Díaz y Santa Fé y estaba casado con Mame R, con quien tuvieron una hija llamada Noemí R. Ella estaba casada con mi abuelo Jorge Ferrando y tuvieron a los 24 años un bebé recién nacido: a mi tía Carola. Se encontraban renovando un departamento en Juramento al cual Jorge y Noemí se mudarían en cuanto Carola cumpliera un año.

El departamento de Juramento ya estaba por terminarse y era la razón por la cual la bombilla sobre la cabeza del Dr R se había encendido, se acercó a la Señora J y le preguntó, ya que hablaba tanto sobre Juanita, si no le sobraba alguna de sus hermanas quien pudiera cuidar a su nieta recién nacida, Carola, en el nuevo departamento. Estando casados recientemente y en una casa nueva necesitarían manos extra.

Para ese entonces Tomasa era muy chica, no sólo de edad sino de estatura y de tamaño. La Señora J no sabía si estaría en condiciones de cuidarla, pero con 15 años de edad, al Dr R le pareció suficiente y propuso llevarla a Juramento para que conociera a toda la familia.

El 26 de enero, un día después del cumpleaños de Carola, Juanita acompañó a Tomasa a Juramento. Noemí, Carola, Mame y Asunción (una vecina portuguesa que se encargó de Carola hasta entonces) se encontraban sentadas en la mesa de la cocina. Invitaron a Tomasa a sentarse con ellas, se sirvieron una porción de torta de cumpleaños de Carola y charlaron. Noemí no confiaba en Tomasa por su físico y por su edad.

Ese enero fue muy caluroso, y como todos los veranos iban a vacacionar a Pilar a una casa quinta, Mame aprovechó ese intervalo de tiempo donde estarían ausentes para sugerir enseñarle a Tomasa a hacer los deberes de la casa. De esta manera, ella estaría preparada para cuando ellos regresaran de sus vacaciones. Noemí accedió.

Tomasa pasó el verano en la casa de Mame con un entusiasmo enorme, allí aprendió todos los detalles sobre cómo ser ama de casa y para cuando los R regresaron de Pilar, se reunieron nuevamente en Juramento, donde Tomasa vivió hasta el día de hoy. Con diez años de diferencia, Tomasa y Noemí crecieron y se desarrollaron juntas por el resto de sus vidas. Aprendió a criar una familia entera a la par de Noemí: un año después del nacimiento de Carola, nació Diego, mi padre, y luego Pablo, mi tío. Además Tomasa tuvo a su hijo Juan, cuyo padre jamás quiso ser parte de la familia, pero sin embargo fue criado en Juramento a la par de los chicos con todo el amor y todas las oportunidades que le puede dar una madre para convertirse en un profesional exitoso.

Con el pasar del tiempo, Noemí se separó de Jorge y desarrolló una enfermedad. Tomasa acompañó a Noemí hasta sus últimos días en Juramento. Actualmente Tomasa vive allí con Carola, quien ahora es adulta y profesional.

Por otro lado, su padre y su madre estaban muy viejos para continuar viviendo solos en Mar del Plata, por lo que fueron trasladados a Buenos Aires donde se tuvieron que acostumbrar a la vida en la ciudad y pasaron sus últimos días juntos.

Tiene recuerdos muy agradables de los momentos en los que cuidó a mi familia. Siempre fue una persona sencilla: en lugar de viajar a lugares exóticos, ella siempre prefirió quedarse en la quinta familiar de Pilar. Allí irían a pasar el día los fines de semana con toda la familia, donde los niños podrían jugar, descansar y observar la naturaleza.

Cuando eran más grandes, amaba pasear con ellos en bicicleta: saldrían de la quinta y comenzarían a andar derecho por la Ruta 8 (que en ese momento era de tierra) y serían conducidos hasta llegar a Del Viso, a unos cinco kilómetros de allí. Horas después, volverían a la quinta para cenar y contarles a los demás todas las cosas que vieron en el camino.

Tomasa siempre estuvo muy agradecida de haber podido encontrar una buena familia a quien cuidar, porque a la vez esta familia también la cuidó a ella. Reflexiona que su futuro podría haber sido mucho peor de no ser por encontrarnos, y que está muy satisfecha de la manera en que se desarrolló alegremente el resto de su vida. Por lo contrario, la cantidad de experiencias negativas que podría haber vivido son inimaginables.

Yo siempre creí que los que deberíamos estar agradecidos somos nosotros, los Ferrando, de poder tener una persona tan buena y afectuosa, alguien en quien todos siempre pudimos contar, quien nos transmita sus valores, sus conocimientos, sus esfuerzos y sus ganas imparables de superar obstáculos y de salir adelante aún así con todos los impedimentos que tuvo a lo largo de su vida. Creo que todos los Ferrando rescatamos algo de ella que nos definió tanto individualmente y como una familia.

Recuerdo visitar de pequeño el departamento de Juramento y aprender sobre los ángeles guardianes y cómo es que todos tenemos uno que nos acompaña a donde vallamos. Siempre me pregunté porqué es que no podía verlo... ahora veo que la razón por la cual mi familia es tan bondadosa es porque todos fuimos criados bajo el mismo ala, y que todos podíamos ver a ese ángel guardián, y estoy eternamente agradecido por ello.

Tomasa Ocampo seguirá siendo una figura trascendental en mi vida, su historia es una que definitivamente merece ser contada y que sinceramente necesita un desarrollo mucho más extenso y muchísimo detallado del que yo pueda llegar a dar jamás.

 


Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018 fue publicado de la página 99 a página103 en Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

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