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Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018

Pradella, Jorge

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2018 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segundo

Año XVI, Vol.85, Julio 2019, Buenos Aires, Argentina | 184 páginas

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Dos barcos en el puerto oscuro

(Primer premio)

Tricarico, Omar Daniel

 

Es fácil confundirse en medio de los cientos de cuerpos apretados, los pañuelos y el bullicio.

Alumbrados bajo la vela y con la garganta oprimida, mi madre, Giuseppe y yo no hablamos por-que sabemos que el vino, sobre la mesa sin mantel, le desata la tormenta de gritos y golpes. Mi padre no sabe escribir, menos aún la palabra piedad. Muestra los dientes en la boca brutal y la voz cascada que gruñe se mezcla con nuestros gemidos de dolor. Los moretones nos dibujan los brazos y las piernas también cuando nos saca a patadas de la escuela a la que vamos con Giuseppe, a escondidas. La mía mamma lo sabe y calla.

Pero Giuseppe se anima a decir que quiere conocer el mar, como su amigo Mimmo que se fue de Bari a la América. Allá hay juguetes, los chicos se ríen, van a la escuela y sueñan. El vaso empinado baja y golpea la mesa, hace saltar las migas. Cruzamos las miradas con mi madre, ni ella ni mis doce años podemos con él: fuerte, con brazos de bigornia y manos de tenazas. Giu-seppe se calla con la sangre del revés como un latigazo en la boca. Pero sigue moviendo los labios y yo ruego que deje de hacerlo mientras mastico el mendrugo, porque así son las cosas.

Sueño también con ir a Bari, tan cerquita, y ver el mar, pero no lo digo nunca. Y me duermo, bajo los lamentos y sollozos de Giuseppe. Ahora sé que mi cobardía se llama terror.

El último castigo es espantoso. En el colchón de paja sobre el piso de tierra, giro y veo a mi hermano. La luna hace brillar las lentas lágrimas de rabia y dolor por su carita de nueve años, tantos como el siglo nuevo. Sus ojos me ruegan: Ti prego, Marco, ho paura. Claro que tiene miedo,  a falta de otra cosa le ato mi zapato agujereado al brazo roto. 

- Non ci sono soldi per il dottore - le ordeno que se calle,  los dos sabemos que no hay para el doctor. Pero ya no duermo, hay que terminar con eso. El pavor me agarrota, miro la oscuridad en la ventana, refriego mis manos, frías de pánico.

Y armo el plan. Cada uno, por separado, sabemos llegar al puerto. Giuseppe entiende rápido, veo en el alivio ansioso de sus ojos lo que no digo: no hay vuelta atrás y si nos descubre, el es-carmiento será lo más parecido a la muerte.

En la alta noche, un buen rato después de que Giuseppe escapa por la ventana como un fan-tasma, me visto a oscuras y sin respirar. En la penumbra la mamma me da un atado al pasar y un beso, ella no llora, ya no tiene lágrimas para eso. Y debo correr como desalmado por la pra-dera, sin mirar atrás. Correr y correr. Pero me parece verlo: se levanta, le grita a mi madre que se calla más que nunca, le veo los dientes, la mano de piedra que estruja el cinturón, sale al se-reno y se apura.

Como me dijeron, está por zarpar para la América. Es una maravilla, como un edificio negro con ventanitas, pero cómo saber que la América es tan grande. Desesperado, no encuentro a Giu-seppe entre la multitud de gritos, piernas, bultos y baúles. Y de pronto, por un hueco entre la gente, lo veo. Mi padre aparta personas a empujones y escudriña en derredor como un lobo, mientras estrecha el cinto, imagino los nudillos blancos de furia. El navío ruge su densa bocina final y escapo por la explanada entre los últimos baúles y personas, y arriba me oscurezco bajo la lona de la borda. El gran barco brama como un trueno, se hace el hiato entre el agua y la tie-rra, allá, coronada por los cientos de cuerpos apretados, los pañuelos, las lágrimas y el bullicio que se apaga. Me lleva a la América. Respiro hondo, el alma se une con mi cuerpo y voy a bus-car a Giuseppe.

Es fácil confundirse en la oscuridad del puerto, en especial si el terror no ceja de perseguirnos a pesar de la distancia, por eso mi mamma, Giuseppe o yo jamás nos arriesgamos, siquiera, a saber del otro.

Mimmo, ahora anciano como yo, me lo revela: después de llegar desde Bari, Giuseppe cambia su nombre por Joe en la New York que lo recibe y muchos años después lo ve morir. Yo espero mi pronta muerte en el corazón de Buenos Aires. Porque la América es muy grande, tiene un norte y tiene un sur como un gran puerto para reunirse, pero con dos barcos separados por toda la vida. 

 

 

 

Nunca es tarde

(Segundo premio)

Chacón Yépez, Nicole Alejandra

 

Allí sentado en esa piedra, después de tantos años, los pensamientos le daban súbitas vueltas en la cabeza ¿Qué hubiera pasado sí?… Si tan solo hubiera entendido. Pero era demasiado tarde, el tiempo había sido su peor enemigo.  El dolor que sintió era inexplicable y lo único que podía pronunciar dentro de ese llanto desgarrador, casi susurrando era: “Dile que vuelva”.

Era 1938, en la pequeña ciudad de Tulcán, Ecuador, donde Alejandro vivía con su esposa, sus tres hijos y sus nueve hijas. Era reconocido por ser un hombre de palabra, amable, un poco ca-llado, pero muy bueno con su esposa, siempre muy atento, cualidad extraña de aquella época y esto él lo sabía muy bien. El matrimonio era muy duro para una mujer, ni siquiera la religión que regía a todos en aquellos tiempos estaba a su favor, es por esto que también era muy estricto con sus hijas. Él no se imaginaba de lo que sería capaz si llegaba a ver a alguna de sus hijas con siquiera un ojo morado. Pero, ¿cómo protegerlas?

Fue entonces cuando resolvió, con el padre Juan, que sus nueve hijas serían fieles a la iglesia y que todas llevarían hábito en vez de vestido. Y lo que decía papá Alejandro se cumplía como ley.

Pero desconocía que la menor de sus hijas estaba completamente enamorada de un hombre que había conocido en la iglesia, y no fue hasta que tocaron la puerta que recibió la tremenda noticia de que se quería casar.

Como era costumbre, el hombre debía pedir la mano al padre de la casa y Alejandro podía ver que su hija y su enamorado esperaban con impaciencia una respuesta, pero él solo podía pen-sar. “Cómo es posible que mi hija me desobedezca de esta manera tan atroz, después de todo lo que hice por ella, que acaso no entiende que es para protegerla, que no le espera ningún bien en esa vida de casada”.

Pero a la vez, no quería ver a su hija sufrir y a pesar de que por un instante dudó sobre si aquel hombre iba a ser bueno con ella y la iba a cuidar, soltó un fuerte no por respuesta. Porque él sabía lo que era mejor para sus hijos. Y como los amaba con todo el corazón no permitiría que nada malo les pasara. Pero también sabía que su hija era determinada como él y no se iba a rendir tan fácilmente, así que para evitar que se fuguen juntos, la envió de forma inmediata a un convento que quedaba muy lejos de la ciudad.

Sin embargo, el destino fue diferente a lo planeado y se enteró dos meses después, por el padre Juan, que la relación y la planificación de la boda continuó mediante cartas y que una monja los había ayudado a ir a una iglesia y se habían casado de todos modos.

No lo podía creer, se sentía traicionado, se le rompió el corazón, pero tomó una decisión y no iba a cambiar de opinión. Llegó a casa, les pidió a sus hijos que se vistieran adecuadamente y reali-zó un funeral para su hija. Ella estaba muerta para él y muy pronto lo estaría para la familia ya que se prohibió mencionar su nombre.

Pasaron cuatro años y un domingo en la feria de Tulcán vio que su esposa cargaba un niño, se acercó y se impresionó, porque nunca había visto un niño tan hermoso y tan lleno de alegría. Cuando lo levantó, el niño se puso a jugar con sus barbas y Alejandro rió por primera vez des-pués de mucho tiempo, se sentó a jugar con el pequeño, se dio cuenta de que estaba sonriendo y volvió a sentir felicidad. No quería soltarlo nunca. Regresó a ver a su esposa y le preguntó: ¿y tú de dónde te has sacado a este niño tan lindo? Lo que no sabía era que la respuesta llegaría como una bala y produciría un gran vuelco a su corazón. Su esposa lo miró fijamente y con un tono fuerte que parecía enojo exclamó:

- Es tu nieto, Alejandro. 


Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018 fue publicado de la página 117 a página117 en Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

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