Estudiantes Internacionales Estudiantes Internacionales en la Universidad de Palermo Reuniones informativas MyUP
Universidad de Palermo - Buenos Aires, Argentina

Facultad de Diseño y Comunicación Inscripción Solicitud de información

  1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación >
  4. Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018

Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018

Rizzo, María Belén

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2018 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segundo

Año XVI, Vol.85, Julio 2019, Buenos Aires, Argentina | 184 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Ratos y retratos

(Primer premio)

Useglio, Gonzalo León

 

Conociéndome

Mi nombre es Ana y esta es la historia de mi vida; pero también es la historia de mis hermanas, de mi madre, de mi hijo, tíos, primos. Y también podría ser tu historia, ¿por qué no? Si al final somos historias… y las historias son parte de la Historia.

Todo empezó un día que no voy a mencionar porque no lo recuerdo, aunque podemos elegir ese día al azar. Podría tranquilamente ser ayer, o la semana pasada, o el año pasado, vos me entendés. Si seguimos el camino correcto todas las historias se conectan.

Mi mamá está enferma. Tiene alzheimer, bastante avanzado, y la medicina actual no puede hacer más que intentar mantenerlo a raya. Es una enfermedad que está bastante presente en mi familia lamentablemente, varios de mis tíos también la sufrieron, pero eso no la hace menos dolorosa ni para ella ni para mí. Hace unos 15 años la enfermedad empezó a despertar, al principio sin síntomas prácticamente, pero los últimos dos años fueron una caída en picada tan severa que mi mamá terminó en un geriátrico porque ya no podía valerse por sí misma.

Mi papá… Bueno, en realidad nunca tuve papá. Tengo algunos recuerdos de él, ninguno bueno. Se fue de casa cuando yo era chica, y no lo volví a ver excepto de vez en cuando en un juzgado de familia. Crecí sin él y eso me enseñó muchas lecciones valiosas de la gente y de la vida.

Mis hermanas están enfrascadas en su vida de familia, con sus esposos y sus hijos, sus mascotas, sus casas. Típicas actividades de madre ama de casa. Nunca me conformé con ser sólo “la esposa de”. Nunca me conformé con nada, de hecho. De vez en cuando me cruzo con mis hermanas cuando voy a visitar a mi mamá.

Yo también tengo mi familia, mi esposo, mi hijo. No tenemos mascota más que nada por falta de espacio. Tenemos una casa que casi nadie habita durante el día. Tengo mi emprendimiento, mi esposo el suyo, y cada quien se ocupa de lo suyo. También nos gusta viajar, es lo que pasa cuando juntás dos personas inquietas y con muchas ganas de aprender.

Mirándolo desde este lugar, ahora entiendo por qué siempre dicen que soy la oveja negra de la familia. Pero lo suelen decir como si fuera algo malo, y yo me pregunto… ¿Qué hay de malo en ser diferente, en salir del molde, en ser libre para hacer lo que sea? Y de inmediato me respondo: precisamente eso, que puedo hacer lo que quiera, no lo que quieran.

 

¿Conociéndome?

Mi nombre es Ana. Creo que mi nombre es Ana. Dicen que mi nombre es Ana. Se supone que esta es la historia de mi vida. O de la tuya. En cualquier caso, esta es una historia. Y como todas las historias que forman parte de la Historia, tiene un principio.

Había una vez un pez que salió del agua. O una nena que caminaba por el bosque. Había una vez… Todas las historias empiezan igual.

Soy una mujer enferma. Eso dicen al menos los de trajes violetas. Eso dicen mis hijas ¿Tengo hijas? Supongamos que tengo hijas. Creo que de vez en cuando me vienen a visitar. Creo que de vez en cuando traen a sus hijos. No puedo decir que los reconozca cada vez.

Mi marido… Digamos que no era buen marido. Por suerte tampoco estuvo mucho. Se fue hace muchos años, cuando era muy chiquita. Cuando mis hijas eran chiquitas en realidad. Cosa graciosa el tiempo, tan real que no lo es. Siempre corriendo hacia adelante y mezclándose atrás. El tiempo y las historias van de la mano. Las historias le dan vida al tiempo que pasó. Y el tiempo que viene va a escribir nuevas historias.

Se supone que mis hijas ya están casadas, tienen sus hijos, sus mascotas, sus casas. La del medio Dios sabe en qué andará. Creo que una vez le dije que era la oveja negra de la familia, yendo en contra de todos, queriendo destacar. El tiempo corre para todos. Para ella también. Espero que lo aproveche bien.

Tengo muchos hermanos. Recuerdo que tengo muchos hermanos. Creo que eran 12. Todavía los veo, jugando en el campo. Y me acerco a jugar con ellos. Hace tanto no los veo…

Mi nombre es Ana, y esta es la historia de mi vida. Ya dije eso, ¿verdad? Perdón.

Somos de Entre Ríos, mis hermanos y yo. Hijos de alemanes. O de rusos. De alemanes y rusos. Mi papá trabaja en el campo, mi mamá se queda en casa lavando los platos, la ropa, y cocinando. Yo lo ayudo. A ella también. Pero no al mismo tiempo. Cosa graciosa el tiempo, nos da y nos quita. Y hasta ahora no pude lograr estar en dos lugares al mismo tiempo.

 

Recuerdos

Yo recuerdo… De mi infancia no tengo muchos recuerdos. En su mayoría son imágenes de momentos sin conexión entre ellas. Mi infancia no fue muy agradable que digamos, y me parece que la naturaleza, o el cuerpo, o la vida, son sabios y no dejan a un niño recordar los sufrimientos que pasó. Pero cuando uno crece, empieza a recordar. Por suerte en mi caso los recuerdos que me vienen son buenos, o quizás la mente transforma los malos recuerdos en buenos momentos. Tal vez simplemente te muestra los recuerdos que valen la pena.

Mi familia por parte de madre es bastante extensa. Tengo 12 tíos y más primos que dedos en el cuerpo. Muchos recuerdos son de ellos, y de las reuniones que hacíamos todos los años. En Navidad o Año Nuevo cada quien comía en su casa, pero al día siguiente nos juntábamos todos en una sola casa, y cada quien llevaba lo que le había sobrado, y armábamos una fiesta llena de música, bailes y alegría.

Con el tiempo eso se fue perdiendo. Nos empezamos a juntar menos, muchos de los tíos ya estaban grandes para moverse, muchos de los primos ya habían formado una familia propia y estaban creando sus propias tradiciones. Con el tiempo fui perdiendo esa familia, y con esa familia muchos recuerdos.

Después formé una familia yo también, y empecé a crear nuevas tradiciones. Y con esas tradiciones, nuevos recuerdos, y con éstos, nuevas historias. Esas historias reemplazaron a las otras, llenaron un vacío. Pero hay vacíos que no se pueden llenar, por más que parezca. Hay vacíos que no se llenan, por más que uno intente. Hay vacíos que uno no nota que están, hasta que los llena.

El vacío es la ausencia de. De aire, de vida, de tiempo. Es algo terrible, da miedo. Y sin embargo, es algo tan frágil que la menor brisa, que la más sincera risa, lo pueden destrozar en un instante. Y la vida está llena de vacíos y de risas, y estos siempre se complementan. Porque ser extremadamente pesimista es perjudicial, pero extremadamente optimista también. El secreto está en el balance.

Mis recuerdos no tienen un balance. Sé que en una parte de mi vida debería haber recuerdos malos, pero sólo encuentro buenos. Sé que en otra hay recuerdos buenos, pero sólo encuentro los malos. Me gustaría saber también si tengo que seguir buscando o crearlos de nuevo.

 

¿Dónde?

No sé dónde estoy. No conozco este lugar, aunque me dicen que llevo el último año acá. No conozco a la gente, son todos tan viejos… No sé qué hago acá. Todavía me acuerdo de mi casa, en el campo, con mis hermanos correteando, ayudando a papá y a mamá a criar los chanchos y las gallinas. No sé dónde estoy. Quiero volver con mi mamá.

Los trajes violetas me dicen que estoy con la Virgencita, pero yo sé que ésto no es el Cielo. Esto no puede ser el Cielo. No sé dónde estoy. Hay gritos todo el tiempo, no entiendo nada. Hay una vieja que me cuenta cómo le robaron la empresa, ¿qué hago yo con ella? Este no es mi lugar, mi lugar es el campo. Tengo miedo.

Nunca nadie me visita. En realidad no sé si me visitan, no me acuerdo, pero es como si no lo hicieran ¿Por qué no me visita mamá, o papá, o mis hermanos? Se olvidaron de mí, y después vienen a decirme que yo me olvido de las cosas, ¡JA! Qué disparate.

No sé dónde estoy ¿Por qué mamá me dejó sola acá? ¿Por qué no me visitan mis hermanos? Tengo miedo. Mis hijas me abandonaron. No sé dónde estoy.

Odio este lugar.

 

De visita

Otra vez tengo que ir a ver a mi mamá. Hace poco más de un año la tuvimos que internar en un hogar. Virgen de la Guardia se llama. Tuvimos, seguimos teniendo, problemas para que la obra social nos ayude a pagarlo. Siempre quieren lo mismo: cobrar lo más posible, pagar lo menos.

Es un lindo hogar, aunque como todos los geriátricos es deprimente. Por lo menos la cuidan bien, cuando vamos a visitarla al menos. Aunque siguen desapareciéndole cosas.

Cada vez está peor. A veces ni habla, a veces ni come, a veces ni está. A veces simplemente está de visita en el pasado. No sé cuánto más pueda seguir aguantando esto. Para colmo mis hermanas parece que se hubieran borrado, hace meses que ni aparecen.

No sé qué le pasará por la cabeza, pero sé que no se siente del todo cómoda con este lugar. No sé si sabe dónde está, pero sé que no le gusta estar acá ¿Entenderá dónde está?

Encima está tan sola… No la vemos seguido, no podemos. Bah, mis hermanas podrían, viven cerca, pero no quieren. No quieren venir y sentir que les espera esto. A nadie debe gustarle. Por suerte parece que tiene algunos amigos acá, aunque no sé si se da cuenta de quiénes son. A veces me cuenta que estuvo charlando con sus hermanos… me pregunto qué mundo tiene dentro suyo.

 

Reunión

Dicen que después de todas las tormentas sale el sol. Que no hay mal que por bien no venga. Y la enfermedad de mi mamá no es la excepción. Mi madrina es una de las pocas hermanas de mi mamá que quedan vivas. Cuando la internamos a mi mamá, le avisé a mi madrina para que no se asuste si la llamaba a la casa y no contestaba. Y ella les avisó a sus hijos, y éstos a sus primos.

Existe una teoría de que podes conocer a cualquier persona del mundo, a través de una cadena de seis personas. Imaginate lo que es una cadena de diez, o de veinte. De golpe me empezaron a llegar mensajes de gente que no veía hacía décadas, de gente que no había visto nunca. Y eran todos familia. Pasé de tener una pequeña familia disfuncional a tener una horda de locos (y sí, muchos están locos, pero en el buen sentido).

Nunca pensé que compartiera sangre con culturas tan diversas. La mayoría de mis primos viven en el campo, desparramados por el país (y un par fuera) pero luego de mucho esfuerzo, muchas charlas, búsquedas y problemas en el medio, logramos lo imposible: Nos reunimos todos por primera vez. En 5, 10, 40 años… y por primera vez en la vida. En esta nueva vida, con esta nueva familia. No tenemos ya las mismas tradiciones que antes, pero está bien. Ahora estamos creando nuevas, más emocionantes.

Y el próximo paso quizás sea el más difícil… y el más satisfactorio.

 

Los árboles se mueven

No sé dónde estoy. No sé dónde estuve recién. Me estoy moviendo. Me están llevando… ¿A dónde? Esta vez no me llevan los violetas, no. Es alguien más. No sé quién me lleva, ni a dónde. Tengo miedo.

Quien me lleva se quiere hacer pasar por mi hija, tiene su voz. Me dice que vamos a ver a mi hermana ¿Mamá va a estar ahí también? Dice que tiene una sorpresa para mí ¿Será que papá también va a estar? Parece que hubieran pasado años desde que los vi ayer.

Los árboles se mueven, vienen de adelante y se pierden atrás. Van muy apurados parece, van haciendo lugar al campo. Al mismo campo donde crecí, donde jugué. Al mismo campo que ahora está gris ¿Por qué está gris? ¿Qué le hicieron a mi campo? ¿Por qué todo se está poniendo gris? Los árboles pararon de moverse. No hay más ruido.

Hay voces, cada una con un color distinto. Un arcoíris de voces. Algunas las conozco, otras no las escuchaba hace días… ¿O era hace años? Estoy de vuelta en el campo, bajo el sol con mis hermanas. Sólo faltan papá y mamá. No puedo esperar a que lleguen.

 

Familia

Estamos llevando a mi mamá de vuelta a Entre Ríos, a la casa de mi tía. Quizás una cara conocida le traiga algo de luz a los ojos. Cambió mucho todo desde que se fue por última vez. Hay más edificios y menos campo, aunque la vida sigue siendo simple. A veces me pregunto si vengo a traerla a ella o a liberarme del peso de la ciudad, que puede volverse desesperante.

La mente humana es tan frágil que resulta milagroso que no haya más gente enferma. Quizás el mudarse del campo a la ciudad afectó a mi mamá, empeoró su condición. Si ese es el caso, espero que volver al campo la ayude a llevarlo mejor.

También le va a hacer bien a mi madrina, que hace mucho no la ve. Y logramos que venga otra hermana, Luisa, desde Santa Fe. Va a ser una pequeña gran reunión como las de antaño, y todo fue posible gracias a mi mamá en gran parte. Todo tiene un lado bueno por suerte.

 

Adiós

Me quiero ir. Ya. Este no es mi lugar. Este no es mi campo. Esta no es mi casa ¿Por qué me trajeron? ¿Qué es este lugar? ¿Quiénes son estas personas? Me quieren hacer creer que mis hermanas están todas viejas, pero no me van a engañar.

Quiero volver con violeta y con la virgen. Ahí por lo menos me visitaban mis hijas. Y jugaba con mis hermanos. Quiero volver. El campo está gris, mi campo era verde. Era…

Ana, yo era Ana. Y esta era la historia de mi vida. ¿O de la tuya? Perdón, me estoy repitiendo.

 

Despedidas

Ya es hora de volver. Se hace tarde y hay mucho que hacer, la vida sigue, el tiempo no para, y las historias no se escriben solas. Tengo que llevar a mi mamá de vuelta al hogar a tiempo para comer. Los enfermeros la quieren en ese lugar, la tratan bien ¡Hasta se visten de violeta, su color favorito! Tanto le gusta que a mi hermana mayor la llamó Violeta.

Qué lástima que no vinieron mis hermanas, fue una linda reunión. Igual dentro de poco seguro armemos otra, ahora que estamos todos en contacto de nuevo. La semana que viene cuando visite a mamá de vuelta, si van mis hermanas les comento lo bien que la pasamos.

Creo que le hizo bien estar de nuevo en el campo, revivir un poco la infancia. A veces parece como si la estuviera viviendo de nuevo en serio, tanto que habla de sus hermanos jugando.

Ya es hora de irme, pero es una despedida corta má. Nos vemos en una semana.

 

 

 

Perla

(Segundo premio)

Furman Nuñez, Valentina

 

La desgracia

Enero, 1812.

—No voy a arriesgarme.

—Pero, amor, nada pasará. El invierno acabará con los franceses, estoy seguro. ¡Todo el mundo lo dice!

—El invierno no sólo acabará con los franceses, también con nosotros ¿Hace cuánto que no comemos siquiera una cucharada de miel? No puedo seguir así. No podemos.

—Natascha…

—No darán más comida en la sinagoga, Gavrel.

El azabache resopló con angustia. Sabía que su mujer tenía razón, pero algo dentro de sí no podía dejar de confiar en su patria, en su dios. A piel de gallina sentía las ansias de escapar de allí y acompañar al ejército ruso que lo esperaba más allá de Moscú, más lejos estaba él de poder unirse y defender a su sangre, pues un pueblo a las fronteras del Imperio Ruso pedía a gritos un desalojo. Tarútino, en 1812, estaba poblada por campesinos, vendedores de clase baja, oradores fanáticos… Simples humanos con deseos de comer pescado, aves de corral, hongos, bayas y miel. Deambulaban por caminos de tierra áridos que volvían al lugar un sitio triste, solitario, sobre todo en invierno.

Los franceses eran rápidos, pero más lo eran los pensamientos de Natascha.

—No podemos, no podemos, ¡no podemos quedarnos con los niños! —Caminando de lado a lado, Nat sollozó. Lo más doloroso que una madre podía hacer era abandonar a sus crías. Gavrel logró sostener a su esposa llorosa en brazos, y con una de sus manos acarició la cabeza femenina. Nat siempre desprendía un aroma a tulipanes único, pero hoy era distinto. Hoy se olía el hedor a guerra incluso en ella.

—Sé que sabes qué es lo mejor para ellos.

— ¿No te opondrás? —Cuestionó la mujer.

—Lucho por una patria más libre, no por una con más esclavos. La Mort no alcanzará a ningún Bronnstein más.

Los dedos femeninos acariciaban la barba de tres días del hombre que la acompañaba. Su marido era una persona de pocas palabras, pero muy sabias y escurridizas ¿Lo que más le gustaba de él? Que la apoyase siempre, aún en las decisiones más fuertes y duras de afrontar. Natascha jamás tomaría una decisión sin consultar a su marido, aunque su tosca cabeza al final hiciese lo que se le diera la gana. Analizar era un ritual para que los dos pequeños futuros de los Bronnstein no tuvieran fallas ni desencuentros.

—Llama al puerto, pregunta por Inna. —Dijo Gavrel mientras acariciaba la mejilla de su hija de apenas dos años. — Mi prima nunca está lo suficientemente ocupada, estoy seguro de que ayudará. —Un beso recibió de su esposa, antes de que la misma gritara con dulzura un nombre muy peculiar. Nat tuvo que secarse una lágrima de su mejilla izquierda.

— ¡Ven aquí, Motl! —Una sonrisa despampanante salió de los labios de la pelirroja al ver a su hijo de 11 años correr hacia ella, pues ver a su cachorro emocionarse por escuchar a su madre era una de las pocas sensaciones que podía llegar a matarla si no lo revivía día a día. Resultaba casi una necesidad.

Lo abrazó con aquella enorme fuerza que iba perdiendo segundo a segundo mientras caía en la cuenta de que estaba a punto de mandar a sus hijos a la mitad del océano, de que estaba a punto de perderlos y posiblemente nunca jamás volver a ver sus rostros.

Un beso en la cabeza de su niño y una mirada cómplice a su marido con la niña de 9 años en brazos bastó para que rompieran los dos en llanto una vez más.

— ¿Mamá? —Preguntó Motl, pero sólo recibió un siseo y sollozos como respuesta.

 

La despedida

Enero, 1812.

Las energías podían transmitir muchísimas cosas: tristeza, felicidad, amor, soledad… Existen personas que llevan consigo una energía grande, tan grande que opaca a todas las demás, y cuando entran en ciertos lugares, llaman la atención. Eso sucedía en el puerto, con la diferencia de que los padres Bronnstein eran dos, por lo que su fuerza se duplicaba, y las lágrimas de igual forma.

Pero no era momento de llorar, sino de recordar. De fijarse en las pecas de la niña y en los enormes ojos marrones del niño con el fin de no olvidarlos jamás. Los parecidos, mínimo entre ellos pero todo con sus padres: la pequeña con su cabellera cobriza y nariz respingada, y Motl con un intenso azabache y piernas largas de pájaro.

Nat no podía dejar ir a sus niños fácilmente, por eso Gravrel se vio en necesidad de abrazarla todavía más fuerte y levantarla del suelo para liberar a los cachorros de entre sus brazos. Cinco minutos faltaban para que el barco zarpara sin rumbo, pero hacia sus destinos.

—No se separen, ¿sí? —Motl sostuvo la mano de la niña con más fuerza al escuchar las palabras de su padre. —Quiero que estén juntos en todo momento. Recuerden, no se distraigan ni hablen con extraños…

—Y aprendan a escribir. —Agregó Nat, quebrada. —No olviden sus raíces y aprendan a escribir. —La pelirroja forzó una sonrisa, de esas que están lastimadas, pero son más para el otro que para animarse uno mismo. Ya había habido suficiente llanto, y sus hijos no merecían ver eso hasta el final. — Esperaremos sus cartas, y Motl…—Agregó. —Es tu trabajo cuidarla.

El niño de seis años frunció el ceño. Fue ese el momento en que asumió la responsabilidad completa de su familia, y se prometió a sí mismo que no la dejaría sola ni un segundo, por ella y por sus padres. El infante asintió con la cabeza. Era difícil hablar con un nudo en la garganta.

Las criaturas recibieron un último y delicado beso en la frente cuando escucharon la bocina del barco. Era la señal que les indicaba aquel inesperado final. No más miel con leche por la tarde, no más juegos en el patio con su padre, no más canciones antes de dormir… Todo eso iba a cambiar injustamente, y la hermana de Motl no lo entendía. Ella sólo sostenía a Meryl, su muñeca de porcelana en brazos.

Los pequeños arrastraron sus bolsas de tela por toda la rampa en subida al barco, tristes, con la cabeza gacha, y rodeados de muchos niños más que no paraban de chillar. Ninguno quería irse y todos peleaban por quedarse cerca de sus seres queridos, pero no los Bronnstein. Si ellos estaban ahí, era por deseo de sus padres. Jamás los cuestionarían.

Absorto en sus pensamientos, Motl alcanzó levantar la vista para encontrar que sus progenitores ya no estaban… y tampoco su hermana.

Desesperado, gritó su nombre con fuerza y empujó a un grupo de niños al intentar bajar de la rampa lo más rápido posible, buscándola con angustia. Había fallado a su familia minutos después de haber prometido cuidarla; perdió a su hermana, a su única compañera en el infinito viaje que estaba a punto de hacer, y no importaba cuanto gritara, ella no aparecía. Entre tantas cabezas que subían al barco, la de Motl era la que más rápido se movía para intentar encontrarla, hasta que, sin darle tiempo a actuar, un desconocido con gorra militar tomó su mano.

—No hay tiempo, niño. Vámonos.

El pequeño azabache fue arrastrado llorando dentro de un barco que lo llevaría hasta el fin del mundo donde, seguramente, tampoco estaría su hermana.

— ¡¿Y ahora quién va a enseñarle a escribir?!

Fueron las primeras palabras de Motl luego de la despedida.

 

Memorias.

Septiembre, 1817.

Los muebles de Elda son enormes, y por ende, demasiado agotadores de limpiar. Sin embargo, el tamaño no es lo único que hace dificultosa la limpieza, sino mis hermanos y hermanas. Ellos sí que son un tornado andante. Ninguno de ellos ayudan a mantener el orden; Manuel siempre usaba mínimo seis tazas por día, Eugenio repartía los platos de comida por toda la casa y no hay cama que Fausto no desarmara. Luego estamos nosotras: Dolores, que siempre corre tras las tazas de Manuel. Soledad, que recoge los platos de Eugenio desde el ático hasta la sala, y yo, Perla, persiguiendo a Fausto casi todos los días con un zapato en la mano. Un descontrol realmente imposible de adiestrar, más Elda siempre tiene algo que decir a los vecinos de todos nosotros: “¡Unos ángeles!” o “Uno más bueno que el otro.”, cuando puertas adentro se parece más bien a: “¡Cállense mocosos!”; “¿Dónde está Fausto? Necesito un masaje en los pies.”; “Dolores, tus manos están sin cayos, ¿has barrido la sala hoy?”.

Aun así, con sus modos, Elda es “nuestra mamá del corazón”. Se queda en casa todo el día para alimentarnos y nos pide que mantengamos en orden la casa… al menos a mí y a mis hermanas. Pobre mujer, tan sola… Elda es viuda, Juan murió hace dos años y puedo asegurarles que su vida cambió por completo. La comida es muy escasa, pero siempre alcanza para un plato de sopa… Siempre pienso que la volvemos loca ¡y nos quiere igual! ¿Así funciona el corazón de una madre?

Si hay que ser sinceros, no hay mucho que hacer dentro de nuestra casa, aunque tengo que admitir que es un hogar de admirar. Nuestra puerta de entrada es pequeña, angosta, muy alta y con delicados detalles de flores negras talladas en la madera. Esa misma puerta da a un pasillo igualmente angosto, aunque es en lo profundo de la casa en donde la magia nace: empieza con un patio cuadrado lleno de plantas; el mismo nos muestra la cocina descomunal y detrás de ella el lavadero. A un lado del patio y antes de la cocina, está la sala. En esta hay una escalera que lleva al cuarto de mamá Elda y papá Juan. Nunca nos deja entrar, y tampoco permite que la limpiemos, de eso se encarga ella (no sé por qué, si soy la que mejor lustra los pisos). A un lado del pasillo, antes de la sala, están los cuartos. Existen dos, y en medio de ellos se encuentra el baño familiar. Mis hermanas y yo tenemos camas marinero, al igual que los chicos al otro lado de la pared.

Como verán, la casa es enorme, y para limpiarla profundamente tenemos que tomarnos el tiempo más largo del mundo. Soledad y Dolores siempre terminan antes, pero yo… Bueno, yo soy más perfeccionista y a ellas solo les importa ir a comprar la leche a las cinco de la tarde. No, no por la leche, sino por el lechero. Conocemos mucho de él por rumores: se dice que es un donjuán, partidario de España e hijo de su nación, con aires de grandeza y muy elocuente al hablar de política. ¿Se imaginan? Un simple lechero… Yo no tengo idea de las ciencias, ni matemática, ni idiomas, literatura, de nada exactamente. Con suerte sé escribir mi nombre, pero no creo que sea de importancia… Tampoco creo que al lechero le importe que mis hermanas sean cultas y prestigiosas de igual forma, pues todos sabemos qué es lo que pretenden tipos como él, sin nada que perder… Después de todo, todos los hombres son iguales.

Menos uno, que es medio raro: ese que pasa siempre a las seis y media de la tarde por la puerta de casa con un bombín y un bigote chistoso. Siempre me saluda con una reverencia, y… yo no lo conozco, menos que menos quisiera que de mí se hable por andar con extraños. Imagínense si era español, de la corona, o político, o profesor…

Pero, ¿y si no es un extraño? ¿Y si esta vez respondo? ¿De qué le hablaría? ¿Del terremoto en Santiago del Estero? No lo sé… ¿Por qué estoy en la puerta? Mis manos sostienen la manija, ¿voy a salir? Voy a salir.

Me quedé sentada en el escalón que separa la vereda de la puerta de entrada, mirando el sol caer, bordando un camisón de mamá Elda y esperando a que se hicieran las seis y media. Hasta que pasó. Ese hombre que tan bien vestido iba inclinó la cabeza hacia mí, pero no para hacer una reverencia, sino para sacarse el bombín. Resplandecía una sonrisa que contagió a mi boca, y un bigote tan singular que sólo estiraba más mis labios. “Buenas tardes” dijo. Era morocho y extremadamente alto. Como me gustan. Me reí, porque soy estúpida.

—Hola. —Y lo ahuyenté, porque se fue caminando tan rápido como vino… Creo que lo escuché reír, y estoy segura de que es por mis mejillas que están ardiendo.

 

Dientes

Octubre, 1817.

Hoy terminé de limpiar mi parte mucho antes que mis hermanas; a las pobres les tocaba la cocina y la sala principal, y a mí los cuartos de todos los hermanos. Para mi suerte, las habitaciones se limpian sumamente rápido, ya que de seis de ellas, tres toman menos de 20 minutos cada una… Excepto las de mis hermanos, pero esa es otra historia que no me interesa contar hoy, no cuando es mi cumpleaños, no cuando espero ese saludo especial cada seis y media de la tarde…

Las “buenas tardes” se han vuelto constantes, siempre a la misma hora, y lo curioso es que él no habla más que eso, ¡no emite palabra! Pobre hombre, ¿tendrá algún problema en la lengua? ¿O en los dientes? Demonios, ¿cómo lo besaré sin mirarle los dientes? ¿Le faltará una de sus paletas? Quién sabe, nunca sonríe mostrando sus perlas blancas, y si lo hizo no lo recuerdo, porque sus ojos… Dios mío, sus ojos son enormes, como los de un cachorro, pero penetrantes y oscuros. Me encanta su mirada.

Mis hermanas se han enterado de que lo espero todas las tardes, y sinceramente, es lo peor que pudo pasarme. Ya no están tan pendientes del chico de la leche, porque ahora no me quitan la mirada de encima y se ríen y cotillean sobre mí con el barrio entero. Me molesta que no tengan otra cosa que hacer que mirarme, por eso es que una o dos veces al día le pido a Fausto que haga alguna travesura donde a ellas les toca limpiar, así abandonan sus puestos de cuervos encorvados y se ponen en marcha, como buenas mujeres de casa que son.

—Jamás va a prestarte atención.

—Mucho menos si no puede entenderte, dicen que es extranjero…

—Podría estar del lado de la corona, ¡Perla! Debes alejarte de él.

Todas esas advertencias son dichas entre carcajadas egocéntricas, cuya respuesta venida de mí, es un completo y sano silencio. No tomaría el consejo de niñatas engreídas, además, el muchacho del bombín no parece una persona ignorante como para ser oligarca… ¿O sí?

Han pasado ya seis amaneceres… Creo que es hora de, bueno, hablarle. No puede ser muy complicado, además, así podré averiguar si este señor tiene dientes o no.

—Ahí viene. —Me dije a mí misma, porque con nadie más podría compartirlo, y salí, pero no me senté en el escalón bajo el pórtico, sino que, con mi mejor vestido, desfilé hasta el centro de senda peatonal y giré para esperarlo de frente.

Era gracioso cómo el sol hacía que todo alrededor del Bombín combinara con su saco marrón. El otoño en Argentina solía ser frío, pero esa tarde era distinto: más cálido, más anaranjado, con millones de hojas muertas en el suelo y un cielo levemente rosado que adornaba las nubes grises de rojeces.

El viento le voló el bombín a Bombín, cayendo este a mis pies.

Me agaché, lo levanté, me levanté y miré su dueño con una sonrisa automática. Las cosquillas comenzaron a aparecer en mis dedos, cuando él los tocó al tomar el sombrero, y las mismas se esparcieron por todo mi cuerpo: brazos, hombros, mejillas, rodillas, pies… Y se intensificaba en el estómago ¿Qué era esta clase de poder que él comenzaba a tener sobre mí? ¡Madre mía! ¡Ni siquiera hablaba! Pero me agradeció con una reverencia.

—No. —Le dije, poniendo una de mis manos en su pecho. —No aún. Ven esta noche a tomar el té, por favor.

Otra vez hablando demás, pero se ve que funcionó porque Bombín asintió con la cabeza y, ¡por fin me dejó ver sus dientes!

—Allí estaré.

 

Octubre, 1817.

Sí, tiene todos los dientes, y no sólo eso, sino que también comparte un acento muy parecido al de mamá Elda y eso… me confirma muchas cosas: como que somos el uno para el otro. Si él y mi mamá hablan parecido, significa que comparten orígenes, y por lo tanto, yo también. Elda nunca me mintió, y es posible que mis hermanas, en cierto punto, me detesten por eso: soy adoptada, pero la que más caprichos cumplidos tiene. Llegué de Rusia a Argentina cuando era tan sólo una niña de nueve años, sola, sin nadie en el mundo que me acompañase, pero mamá Elda fue a buscarme, como un ángel. Me contó que era mi tía, hermana de mi madre; Natalia se llamaba, o algo así. En fin, ¡ya basta de lamentos! Si Moriz habla parecido a mis raíces, esto prueba dos cosas: una, que no es español ni oligarca (quizá), y dos, ¡que compartimos costumbres! Sólo una cosa puede probarlo, y es que, cuando llegue, se quite los zapatos y se ponga las pantuflas que le dejé a un lado de la puerta. Esa será mi señal.

El problema es que había invitado a Moriz (sí, me ha dicho que ese es su nombre) luego de cenar, cuando mamá Elda dormía y… bueno, básicamente la familia entera. Si mamá se enteraba estaría en problemas.

Moriz tiene 18 años y trabajaba en la Basílica de Nuestra Señora de la Merced como ayudante de Dios, o médico, como digo yo. Supuestamente se unió al voluntariado por cuestiones personales: para ayudar a los demás a “encontrar su camino con el Padre misericordioso”, aunque yo me reservo las opiniones, pues no estoy muy a gusto con este Dios nuestro. Me quitó mucho y no me dio nada; no sé ni entiendo cómo se puede estar agradecida con alguien que sólo te quita cosas de la vida que te dio. Me arrancó a mi familia, mi hogar, mis amigos, mi libertad. No, jamás podría estar agradecida.

El timbre sonó al mismo tiempo que la pava chifló. El agua estaba lista, así que la saqué del fuego lo más rápido posible para que no despertara a los demás y la dejé sobre la mesa de madera, en el patio. Corrí hacia la puerta de entrada, pero antes de abrirla, peiné mis rojizos cabellos hacia atrás en un rodete de punta alta y ahí sí, le abrí.

Era distinto verlo con una camisa blanca y sin su famoso bombín.

Más lindo.

—Buenas noches. — dijo, y no paró.

Hablamos de un millón de cosas toda la noche. El té de boldo era su favorito, me lo dijo, y eso me puso muy feliz. Sin embargo, el premio a la sorpresa del año me lo llevé yo al notar que había cambiado sus zapatos por las pantuflas que le había dejado en la puerta y, encima, trajo un ramo de flores como agradecimiento de haberlo invitado. Este chico es… Simplemente ideal.

—El 12 del mes pasado se bendijo el casamiento de María de los Remedios con el coronel José de San Martín, así que podrás imaginar la cantidad de trabajo que he tenido. —Contaba. —Corría de aquí para allí como si fuera siervo de Dios, pero no, ¡no! No comencé a estudiar medicina para que se me trate de esa forma. Lo único que debía hacer era vigilar que nadie se lastimara, y si sucedía, ayudar y sanar. —Moriz negaba con la cabeza, como decepcionado. — La iglesia se aprovecha de las personas en distintas formas, como mandar a un médico a hacer trabajo de organizador.  —Pero se reía. Tenía todos los dientes, gracias a Dios… aunque era un poco complicado entenderlo cuando hablaba rápido, ya que se ve que le costaba mencionar la r. ¿Qué más da? Estaba cómodo y yo también, nada podía salir mal esta noche.

Y de hecho, nada, absolutamente nada malo pasó.

Sus labios chocaban contra los míos de una forma insaciable, intensa, pero siempre dulce y con cuidado. Se preocupaba por protegerme, por cuidarme y enseñarme lo mejor posible cada paso a seguir, aunque, sinceramente, no creía que existieran pasos para hacer lo que hacíamos. Acariciaba mi cintura, recorría mi cuerpo, exploraba cada punto de mi boca con agilidad y demostraba ser un gran experto en el terreno. La experiencia me superaba, pero me dejaba tranquila de que con él todo estaría bien. Que un beso desatara un huracán era lo que deseaba desde el momento en que vi su bombín pasar por la puerta. No sabía si era amor, pues no podía pensar en otra cosa que en sus manos sobre mis senos y mi risa nerviosa escapándose por mis labios. Era toda la aventura que cualquier mujer necesitaría después de pasar 15 años encerrada en un cuchitril, aunque también esa era la picardía del momento: que no nos descubran. Fue un error comenzarlo en la sala, pues mis hermanas podrán soñar con eso, pero la cocina… La cocina era un asunto distinto.

— ¿Estás bien? —Me preguntó con una voz ronca y repleta de hambre, como si hubiese estado famélico durante una eternidad.

—De maravilla. —Le contestaron mis palabras jadeantes en medio de una sonrisa.

 

Regalo de cumpleaños

Octubre, segunda semana, 1817.

El despertar con una sonrisa despertó la polémica dentro del hogar. Mis hermanas no paraban de hacer preguntas y mis hermanos, bueno, a ellos no les interesaba mucho. El problema fue cuando mamá Elda, en el desayuno, me dijo que tenía la piel singularmente radiante y una sonrisa que sólo aparecía en mis cumpleaños. No supe qué contestarle, porque no lo acotaba de forma dulce, sino sospechosa. Aquella mirada de ojos azules y penetrantes que se escondía detrás de la taza de té podía incomodar a cualquiera.

—Es una mascarilla nueva. —Le dije. —A base de limón y azúcar.

—Con lo caro que está el azúcar, tú lo gastas en tu piel. —Se rio burlona. — Menuda egoísta. —Elda negó con la cabeza gacha, dejando la taza en la mesa para luego retornar hacia su habitación. Mis hermanas se habían metido tres galletas cada una adentro de la boca, y estoy segura de que solamente por eso (y porque me levanté rápido de la mesa), fue que no emitieron comentario.

— ¡Voy a jugar con Emiliano, mamá Elda! —gritó Fausto.

— ¡¿Puedo ir?! —El unísono entre Eugenio y Manuel fue irritante. Aún no cambiaban la voz por una más gruesa, como la de Moriz… Moriz. Pensaba en su nombre y sonreía como idiota. El hechizo que me había puesto ese hombre era fuertísimo.

—Sí, sí. Lárguense, mocosos. —Gritó mamá mientras cerraba la puerta de su habitación con un portazo, y fueron dos, de hecho: el de ella y el de mis hermanos en la entrada.

Recogía las tazas de los muchachos cuando Dolores intervino en mi camino con una ceja en alto y los labios de costado. Esa era su faceta curiosa: así de fea se volvía mi hermana cuando achinaba sus ojos para sospechar mejor. Estoy segura de que ella pensaba que intimida, pero sólo me hacía reír.

— ¿Y a ti que bicho te picó?

—El bicho extranjero. —Se metió Soledad. Esa sí que tenía unos ojos fríos como el cielo. Respetaba más a Sol que a Dolores por la forma madura que ella tenía de hablar cuando algo serio se presentaba. —Ese le picó, y déjame decirte que, si fuera tú, no cenaría en la cocina por un largo rato, o al menos hasta que las enfermedades de la niñata desaparezcan.

Dolores se reía histérica y Soledad sólo sonreía. Yo, en cambio, con las mejillas coloradas y unos puños apretados, quería molerla a golpes para que se calle.

— ¿No tienen cuartos que limpiar?

— ¿No tienes a un doctor que llamar?

Otra vez, la risa de Dolores era estruendosa, y por eso me fui: no las aguantaba mucho más, mi paciencia era devorada por dos arpías egocéntricas y no quería que nadie arruinara mi día. No, hoy no.

Octubre, cuarta semana, 1817.

Vi a Moriz dos veces más, pues su trabajo se había intensificado muchísimo, Había resfríos, gripes, fiebres… El otoño era una etapa con la que se lidiaba de distinta forma según la persona, digo, la cantidad de dinero que se tenga. Los más ricos pasaban enfermos de dos a tres días, mientras que nosotros podíamos estar todo un mes con un resfriado encima. El problema, sin embargo, era otro. No un resfriado, ni una fiebre o gripe; no había parado de vomitar durante toda una semana y tía Elda pensaba que estaba enferma, por eso es que, casualmente, consiguió en la iglesia más cercana al médico de cabecera para que pudiera atenderme. Yo, en cama y expectante, esperaba a que Moriz apareciera, y de hecho, lo hizo. Saludó a mis hermanos con un apretón al pasar por debajo del umbral de la puerta, y a mis hermanas con un beso sobre el dorso de sus manos. Las idiotas se reían y Fausto, Manuel y Eugenio no entendían nada. Por supuesto, mamá Elda los corrió de la habitación para que el tan hermoso médico pudiera dar su veredicto, pero no sin antes también echar a mi madre del cuarto.

Me incorporé sobre la cama y recibí un beso inesperado que tuve que apartar.

—Quita, puedo contagiarte.

—No estás enferma, Perla.

—Pero, ¿cómo? Si no paro de vomitar y apenas puedo mantenerme parada sin desmayarme. —No entendía, sólo podía ver una sonrisa en el rostro de Moriz.

—Estas embarazada.

Silencio.

— ¿Qué?

—Que vamos a ser padres, Perla. —un abrazo, pero de él. —Tendremos un pequeño Bronnstein.

El mundo me cayó encima al escuchar mi apellido salir de su boca. Jamás se lo había dicho y no era posible que lo supiese de ninguna forma.

— ¿Bronnstein? —cuestioné.

—Mi apellido. —Dijo Moriz, sonriendo. Mi rostro estaba lejos de acompañar la felicidad de él.

—El mío, querrás decir. —Y ahora sí combinaban nuestras expresiones.

— ¿Eres rusa? — Asentí con la cabeza. — Has perdido el acento, ¿de dónde vienes?

—Tarútino.

Perplejidad, eso era lo que reflejaba el rostro del azabache en el momento en el que se levantó de la cama con las manos en la cabeza. Mi cabeza estaba procesando demasiada información como para entender lo que pasaba, pero su actitud nerviosa era contagiosa. Sentía que podía desvanecerme en cualquier momento.

— ¿Sabes escribir?

—No.

Moriz no habló durante dos minutos enteros, y yo tenía miedo de abrir la boca ¿Y si se enojaba? ¿Y si no quería al niño porque tendría sangre extranjera? Aun así, aquella última pregunta fue lo que me desconcertó, ¿qué tenía que ver mi escritura con mi embarazo?

Fue el golpe en la puerta de mi habitación lo que hizo que Bombín volviera a hablar.

—Un segundo, señora. Ya casi terminamos. —Dijo él antes de volverse a mí con unos ojos desesperados, incluso llorosos.

— ¿Moriz?

—Motl, Perla. —Me interrumpió. Mi entrecejo fruncido se desvanecía. —Mi nombre es Motl.

 

Cuando las mariposas vuelan, las viejas hablan

— ¿Han escuchado las últimas noticias? Vuelan tan rápido como las mariposas.

—-¿Hablas de la sobrina de Elda?

—Y el ruso, el extranjero ese, sí.

—Desaparecieron. —Las cejas de Mercedes se levantaron con arrogancia.

— ¿Cómo? —Mildred cebó el mate con fuerza.

—Dicen que ella estaba embarazada…

—Y que él era su hermano.

María Concepción se quedó plasmada mirando a sus vecinas, pensando en lo pequeño que era el mundo y lo terrible que era para la cuadra. Cebó el mate resentida. Nadie volvería a comprar absolutamente nada por el barrio, ni a pasear por allí, comenzarían a robar y a desprestigiar a cualquiera que naciera en esa cuadra… Y bueno, después de semejante atrocidad, era entendible.

—Pero por favor, ¿cómo puede ser esto? ¿Cómo esta mujer, Elda, pudo permitir que se acostara con su propio hermano?

—La peor parte es que dicen que ella no estaba casada.

—Y que era virgen. Es el colmo.

— ¡Pero esa chiquita no tiene perdón de Dios!

Mercedes pensaba con una de sus uñas dentro de su boca.

—No tendrán su perdón, pero espero que alguien los ampare, pobres chiquillos. Toda una vida…

— ¿Pero qué dices, Mercedes? — Exclamó Mildred. —No merecen el perdón de nadie, ¡de nadie!

—Con un hermano, Cedes, tu misma sangre. —Conchita sentía la misma empatía que Mercedes, pero no pudo contra su propia religión, pues Dios era más fuerte.

—Los Bronnstein vivieron una vida repleta de mentiras blancas, sin una guía de admirar y sin educación. —La empática vecina suspiró. —Es normal que chiquillos incultos cometan atrocidades, pero todo pasa por algo y todo es obra de Dios. Confío en él como en mi propia madre. Sabio es y no lo juzgo. Rezaré por los Bronnstein porque sé que nadie más lo hará…Sólo espero que encuentren el camino, como Cristo hizo.


Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018 fue publicado de la página 118 a página120 en Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

ver detalle e índice del libro