Estudiantes Internacionales Estudiantes Internacionales en la Universidad de Palermo Reuniones informativas MyUP
Universidad de Palermo - Buenos Aires, Argentina

Facultad de Diseño y Comunicación Inscripción Solicitud de información

  1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación >
  4. Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018

Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018

Rolando, Fernando Luis

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

ISSN: 1668-5229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Segundo Cuatrimestre 2018 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Segundo

Año XVI, Vol.85, Julio 2019, Buenos Aires, Argentina | 184 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Desde Inglaterra, con amor…

(Primer premio)

Castro, Candelaria

 

03-04-1917

Querido diario:

Hoy quería hablarte de lo mucho que extraño aquellos días tranquilos en Windsor. Extraño aquella Inglaterra donde a las siete de la mañana amanecía y todo era hermoso. Los pájaros cantaban, el sol brillaba y todo era tranquilo…

Ahora, con la Primera Guerra Mundial todo cambió. Todos nuestros soldados luchan por defender la patria. Muchos mueren, muchos se encuentran desaparecidos y sus familias pierden seres queridos. Padres, madres, esposas, hijos lloran, sin poder hacer nada. Las enfermedades cada día matan más patriotas… escuché algo sobre ratas e infestaciones, pero no estoy muy segura de lo que sea.

Espero que aquel muchacho esté bien… ¿Si te acuerdas de él verdad diario? Aquel muchacho que conocí este año en una hermosa primavera de Windsor… Salí a hacer las compras y me dirigí al centro de Londres ¡Amo ese lugar! Ahí fue donde vi al amor de mi vida. Sé que es extraño decir esto puesto que solo lo vi una vez, pero creo que me enamoré a primera vista. En ese entonces era una niña, tan solo tenía 14 años y estaba llena de ilusiones…

Recuerdo como si fuera el día de hoy que iba caminando por la calle cuando, de repente, pasó un carruaje y los soldados de nuestra patria lo seguían marcando el paso de la marcha militar. Allí estaba él. Un muchacho joven y apuesto de más o menos unos 22 años. Su cabello cobrizo y sus ojitos bien azules ¡Sin dudas que era apuesto!

Él me miró a los ojos… Su mirada era seria, fría, distante… Pero no sé ni por qué me preocupo por esto si jamás lo volví a ver. Tal vez ni siquiera esté vivo.

Desde Inglaterra, con amor….                                                         

Catherine.

_____

30-04-1918

Querido diario:

La guerra aún no termina y está dejando graves consecuencias. Según ciertas familias del pueblo, alrededor de 600.000 personas murieron y hay más de 1.000.000 de heridos. Además de los contraataques de las otras naciones y ejércitos las nuevas enfermedades como el pie y la fiebre de trinchera sin olvidar la nefritis mataron a muchos soldados. Es una pena… después de la guerra, el corazón de los ingleses quedó destrozado.

Espero que aquel muchacho sea uno de los sobrevivientes….

Desde Inglaterra, con amor….                                                       

Catherine.

_____

15-05-1918

Querido diario:

Las cosas están un poco más tranquilas aunque todo sigue devastado. Hoy amanecí temprano ya que debía terminar de coser mi vestido para un almuerzo especial. Fue entonces cuando recordé que me faltaba una cinta rosada para mi sombrero.

El almuerzo será mañana en el campo y yo debo estar preparada por si el día está soleado.

Cuando fui por la cinta a la tienda, me encontré en el camino a ese muchacho otra vez. Aquel muchacho que vi hace 1 año atrás. Su nombre es Charles. Y debo decir que se portó muy amable conmigo. Es una persona muy respetuosa y educada. Se acercó a mí porque aún recordaba aquel día cuando nos vimos en el centro de Londres. Charlamos un rato largo… debo reconocer que lo pasé muy bien. Su charla es muy amena aunque es un poco serio. Creo que estoy enamorada.

Desde Inglaterra, con amor….                                                        

Catherine.

_____

 

27-09-1918

Querido diario:

¡Hoy fue un día increíble! Charles y yo salimos a dar una vuelta. Estuvimos conversando de nuestras familias por horas. Llegamos a la Estación de Trenes de Windsor y en ese momento Charles me declaró su amor…

Me dijo que me amaba desde el primer momento que me vio mientras marchaba por las calles de Londres… jamás me había podido olvidar y fue por eso que se dispuso a encontrarme.

Parados en el frente de la estación de Windsor y con todos los pasajeros de testigos Charles y yo nos besamos. Fue el beso más hermoso del mundo. Él es el amor de mi vida…

Luego de ese momento Charles habló de casarnos, lo cual me parece muy buena idea porque ya estoy en edad de contraer matrimonio. Yo encantada acepté ¡El día 25 del próximo mes nos casamos! Estoy muy emocionada.

Lo único que me sigue entristeciendo es ver a mi querida Inglaterra devastada…

Desde Inglaterra, con amor….                                                        

Catherine.

-----

25-10-1918

Querido diario:

Hoy es el gran día en el que Charles y yo nos casamos… ya somos marido y mujer… para amarnos y respetarnos, en la salud y la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza… hasta que la muerte nos separe.

La iglesia era algo pequeña pero muy bonita. Realmente no necesitábamos tanto espacio ya que solo fueron mis padres y algunos amigos de Charles del ejército. Todo estuvo muy bonito excepto que estaba tan nerviosa que me olvidé de cortar el pastel. Para cuando lo contamos yo ya era el nuevo chiste de todos.

Pero eso no importa… yo soy feliz siendo la esposa de Charles.

Desde Inglaterra, con amor….                                                        

Catherine.

-----

11-11-1920

Querido diario:

Hoy oficialmente hace dos años que terminó la guerra y aunque salimos victoriosos, va a quedar la pena en los corazones de todas las familias que perdieron a sus seres queridos. Todo está devastado así como lo estamos nosotros.

Lamentablemente con todas las enfermedades que hay Charles y yo no podemos seguir viviendo aquí. La mala noticia es que nos mudaremos a otro país. Yo no quiero irme… pero no tenemos opción. No quiero dejar de ver los días nublados y los soleados de Londres. Todo esto parece una pesadilla. Esto es una pena mi Inglaterra querida.

Aquí estoy yo, armando las maletas porque ya nos vamos. Nada quiero saber de otras costumbres que no son las nuestras. Nada quiero saber de otra cultura que no sea la de dormir temprano. Mi esposo ya no es militar… ahora es un desempleado… ¿Qué nos deparará el destino?

Desde Inglaterra, con amor….                                                        

Catherine.

_____

13-11-1920

Querido diario:

Primer día aquí y ya me quiero regresar. No es que no me guste donde estoy (que por cierto es Entre Ríos), pero realmente siento que esto no es para mí. La tristeza me invade. Suerte que traje conmigo la bandera de nuestra nación.

Me han dicho que es complicado encontrar trabajo. Además Charles es militar y no sabe demasiado acerca de otro tipo de trabajos. Yo no sé qué hacer. Me gustaría ocuparme en algún empleo referido a la costura o algo similar. El único problema es que no manejo muy bien el idioma.

Espero que nos vaya mejor en los próximos días.

Desde Argentina, con amor….                                                         

Catherine.

-----

01-01-1921

Querido diario:

Hoy recibí una hermosa noticia. ¡Voy a ser madre! Esto si es una bendición. Como dicen en este pueblo “un bebé siempre viene con el pan bajo el brazo”. Ojalá así sea.

Charles consiguió trabajo de albañil en unas pequeñas casas que se están haciendo una familia muy importante de Buenos Aires. Ellos quieren aprovechar los fines de semana para descansar y disfrutar de un buen asado al aire libre sin tanto ruido de vehículos. Gracias a eso mi esposo tiene trabajo.

Mientras tanto yo trabajo como costurera para esa familia. La señora viene todos los fines de semana a dejarme algunas ropas y yo se las arreglo. Me pagan algunos pesos por todo el trabajo. Con eso compro la comida. Dentro de todo no está tan mal vivir aquí aunque cada vez que me acuesto a dormir recuerdo a mi Windsor querido… cómo extraño mi pueblo… allí yo salía a hacer las compras y saludaba en mi idioma a las personas de las tiendas. Extraño a esas personas y a esos días grises en Londres. ¿Algún día podré regresar?

Desde Argentina, con amor….                                                        

Catherine.

-----

08-08-1921

 

Gracias a dios ayer nació Harry Flookling con 2.8kg. Está sano y fuerte nuestro pequeño hijo. Charles está feliz, sueña con que su hijo sea un patriota como él. Ahora el bebé duerme y nosotros no. Él come y nosotros no. Quiero tenerlo en mis brazos toda mi vida. Quiero que el tiempo se detenga en este instante feliz. Quiero regresar a Inglaterra y que Harry hable inglés. Quiero que ame a su patria tanto como nosotros. Quiero que salga a jugar con sus vecinos por los campos de Windsor… Quiero que sea feliz…

Desde Argentina, con amor….                                                        

Catherine.

-----

30-01-1924

Querido diario:

Hoy escribo para confirmar que los bebés sí traen el pan bajo el brazo. Irene y Anna ya nacieron y están muy bien. Harry es un niño feliz de tres años que pronto irá a la escuela. Charles tiene un mejor trabajo como albañil y yo sigo haciendo arreglos de costura.

Pero nunca acaban los problemas… ahora Charles tiene pesadillas recurrentes sobre la Primera Guerra Mundial. Sus pesadillas son tan reales que se despierta sudado y gritando. Últimamente está irritado todo el tiempo. Yo trato de conservar la calma pero realmente estoy preocupada. Esto genera intranquilidad en la casa.

Espero que solo sea un trance. Ya hace 5 años que la guerra terminó y nosotros vivimos alejados de todo aquí en Argentina. Por más que estamos bien, aún no he podido viajar a mi país. Ojalá pueda volver algún día. Mientras tanto Harry ya comparte con nosotros la hora del té.

Desde Argentina, con amor….                                                        

Catherine.

-----

27-07-1930

Querido diario:

Hoy llegó una carta desde Londres. Mi amiga Beth me escribió para contarme cómo sigue todo por allá. Yo le respondí la carta contándole que mis hijos cada día están más grandes. Todos van a la escuela y juegan con los otros niños del barrio. En casa yo les enseño nuestro idioma natal y ciertas costumbres que Charles y yo no estamos dispuestos a perder.

A más de 10 años de que se diese por terminada la Primera Guerra Mundial Charles sigue teniendo esas pesadillas. Sufre mucho y yo vivo preocupada. Todo esto es una pena.

Anna es adorable, habla muy bien el inglés y tiene su bandera de Inglaterra colgada en su habitación. Ella sueña con estudiar e irse a vivir allá con nosotros y sus hermanos. En cambio, Irene ama Argentina y quiere vivir en Buenos Aires cuando sea grande. Harry quiere formar parte del ejército como algún día lo fue su padre. Qué hijos tan diferentes entre sí. Pero todos son amorosos y bien educados.

Debo reconocer que soy feliz viviendo en Argentina, aunque siempre voy a desear volver a Inglaterra.

Desde Argentina, con amor….                                                        

Catherine.

-----

15-06-1940

Querido diario:

Creo que se empieza escribiendo así. Bueno en realidad es lo que mi madre hacía. Sí, yo no soy Catherine Southgate… soy Irene Frookling Southgate… su hija. Hoy quiero terminar con este diario. Queda ésta sola página en blanco y necesito completarla. Tengo 16 años y vivo en Buenos Aires desde que me casé hace un mes. Ahora estoy de viaje con mi esposo en Windsor como mi madre siempre quiso vernos. Ella soñaba con el momento en que volviera a ver los días grises de Londres. Estoy en la Estación de Trenes de Windsor recorriendo aquellos últimos lugares que mi madre recorrió antes de buscar un mejor futuro en Argentina.

Hace tres meses encontré a mi padre muerto. Él se suicidó con su escopeta. Mamá no decía nada, pero yo me daba cuenta. Las pesadillas eran terribles. No resistió más. Mi madre lo encontró muerto antes que yo… se abrazó a él en el suelo y falleció. Los encontré a los dos. El alma de Catherine viajó junto con la de Charles para estar juntos por siempre… o eso es lo que quiero creer.

Hoy cumpliendo el sueño de mi madre… volví a Windsor a cerrar con esta etapa y con su historia de vida. Espero mamá que estés viendo esto…. Porque yo te lo escribo

Desde Inglaterra, con amor….                                                        

Irene.

 

 

 

Buscando a una madre

(Segundo premio)

Flores Villarreal, Gabriela Celeste

 

Capítulo I

Cuando somos pequeños y nos enojamos con la mujer que nos dio la vida, renegando de ella por seguramente algún castigo injusto que nos ha impuesto, no dudamos en desearle el mal y hasta la muerte, porque la ira puede más pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Son solo palabras impulsivas que las decimos con la cabeza caliente mas no con el corazón, luego ese momento pasa para nuevamente volverla a amar.

Era una mañana en la bella ciudad de Yungay, caracterizada por tener un clima hermoso porque nunca hacía ni mucho calor ni mucho frio, lo necesario para que la vegetación y los animales que los pueblerinos criaban pudieran vivir en armonía. Yungay forma parte del departamento de Áncash, Perú, y es reconocida nacionalmente por pertenecer al callejón de Huaylas. La ciudad se ubica a faldas del impresionante nevado Huascarán y al lado de pequeñas lagunas que proveen de biodiversidad y recursos a la ciudad. Como toda ciudad alejada de la capital, Yungay tenía sus propias costumbres y a pesar de la escasez de recursos económicos que no le permitía tener grandes infraestructuras e instituciones, la organización entre sus pobladores era tan buena que permitía la cordial convivencia entre vecinos. Cada distrito tenía su propia junta, más conocida como ronda.

Celestina vivía en su recién comprada casa, ubicada en camino a la entrada de la ciudad de Yungay. Esa casa le había costado toda una vida de trabajo, era su sueño hecho realidad, era grande, blanca, tenía una chacra a los alrededores donde vivían sus animales y árboles que había sembrado y muchas habitaciones para recibir a su familia cuando decidiesen visitarla. Antes de que Celestina volviera a vivir a su ciudad natal, Yungay, ella vivió toda su adolescencia y adultez en Lima, en busca de un futuro mejor para su familia. Ella se casó en la ciudad de Lima y tuvo a una hija llama Ada. Trabajó desde muy pequeña a tiempo completo; es por ello que dejaba a Ada encargada con sus tíos para que la cuidaran mientras ella salía a trabajar. Esta ausencia hizo que Celestina no estuviera presente en momentos importantes de la vida de su pequeña hija. Ada creció y tuvo siete hijos; fue cuando se convirtió en madre cuando retomó el vínculo con su madre, Celestina, ya que ésta la apoyó en el cuidado de sus hijos porque recientemente se había jubilado de su trabajo y es por eso que se volvieron tan unidas hasta el punto de hacer planes de vivir juntas en un futuro.

 

Capítulo II

Eran las 5 de la mañana y el gallo de Celestina llamado Cocoroco canta a todo pulmón como todos los días, con ese canto que anuncia un nuevo comienzo para ser mejor y productivo. Celestina se levanta pero no sin antes persignarse y hacer ruido intentando callar a su escuálido gallo que de seguir cantando seguramente despertaría a toda la ciudad ¿Qué mejor alarma que tener una que te despierte a la misma hora, no te falle y además te demande esfuerzo apagarla? Ella era una mujer muy madrugadora porque trabajó desde muy pequeña y eso la hizo ser luchadora, constante y consciente en que se tenía que aprovechar el día al máximo. Se prepara un vaso de quinua con un pan con queso para desayunar mientras escucha la radio local. Termina y comienza a hacer sus deberes en la chacra.

Dicen que la vida en la chacra es difícil y cansadora pero los que lo dicen son personas que no han crecido en una. No hay nada más maravilloso y sano que alimentarte y vestirte con lo que tú mismo produces y claro, gracias a la ayuda de la Pachamama, diosa inca que representa a la madre Tierra, que bendice nuestras tierras para que no nos falte nada.

Celestina hace una pausa en sus quehaceres a las once de la mañana y se pone a preparar el almuerzo ya que esperaba la visita de su adorado sobrino, Pepe, que la iba a visitar para ayudarle a mover una maquinaria pesada que tenía ella en su chacra. La relación entre ellos era tan bonita que ella lo consideraba como el hijo varón que nunca tuvo. Ellos se apoyaban mutuamente en lo que podían para salir adelante y a diferencia de la relación con Ada, Pepe estaba más presente en la vida de Celestina que su propia hija. Luego de una hora, llega Pepe a la casa de Celestina y comienzan a conversar sobre las últimas construcciones que se le tenía que realizar a la casa para que esté totalmente lista para recibir a sus invitados. Terminan de almorzar el famoso picante de cuy de Celestina y salen a la chacra para comenzar a mover la maquinaria.

 

Capítulo III

Eran las tres de la tarde cuando empieza el terremoto más destructivo en la historia del Perú, con epicentro en Chimbote, ciudad aledaña a Yungay, y con una magnitud de 7,9 en la escala Magnitud Momento. El suelo se remece tan fuerte que es casi imposible que los pobladores de Yungay puedan mantener el equilibrio, pero ellos no perdían la fe de que éste iba a ser como uno de los otros tantos terremotos que habían vivido; es decir, que iba a durar poco. El terremoto duró cerca de un minuto. Se destruyeron casas, iglesias, colegios, comisarías y dejó muchos heridos. Pero lo que no sabían los pobladores es que este no era un terremoto cualquiera. Terminó el terremoto y el cielo se tornó de un negro fúnebre, los pobladores estaban desorientados. El terremoto había causado el desprendimiento del pico del nevado Huascarán que cayó sobre lagunas aledañas lo que provocó el rebosamiento de éstas formando un alud inmenso conformado por agua, lodo y tierra que arrasaba con todo lo que encontraba en su camino y que se dirigía a la ciudad de Yungay. Los pobladores vieron el cielo tornarse de ese negro fúnebre a una luz incandescente, como si una bola de fuego se dirigiera hacia ellos. Tardó solo tres minutos en llegar el alud a la ciudad, se escucharon gritos a lo lejos que poco a poco fueron más recurrentes. Unos trataron de escapar del alud corriendo hacia las montañas pero otros decidieron abrazar a sus familiares aceptando una inevitable muerte.

Todo esto ocurrió ante los ojos de Celestina y Pepe que si bien pudieron sentir el terremoto, éste no los mató ya que la casa de Celestina se encontraba en la entrada del pueblo que se encontraba un poco alejada de la ciudad. Celestina entró en pánico y en un posterior llanto lo cual angustió a Pepe que al verla lo único que hizo fue abrazarla y decirle que aún no seguían seguros ya que el alud podría venir por ellos y que por eso tenían que escalar montañas y mantenerse en lo más alto posible. Pero lo que no sabía Pepe era que Celestina ni bien pudo ver lo que le ocurría a su adorada ciudad, ya había tomado una decisión.

 

Capítulo IV

Celestina junto a Pepe enrumban hacia el pueblo. El escenario era terrible, personas enterradas, casas derrumbadas, escombros a montón y el camino completamente lleno de lodo; pero esto no fue impedimento para que Celestina continúe su camino. Pasada ya una hora desde que se adentraron en la ciudad, Pepe trata de convencer a Celestina de regresar pero ella se niega; es entonces cuando Pepe, invadido de miedo, decide no acompañarla más debido al gran peligro que observaba.

—Hijo, te prometo que voy a estar bien. Ni bien encuentre la casa de la familia, los voy a ayudar y tratar de recuperar algo de mis pertenencias. Ve a la chacra y espérame ahí, voy a regresar antes de que oscurezca con mi hermana, mis tíos y sus hijos. — enuncia Celestina.

—Por favor, cuídate, te voy a estar esperando con abrigo. – espeta Pepe, se abrazan y enrumban distintos caminos.

Celestina continúa su búsqueda apartando escombros, haciendo camino con sus pies evitando al lodo y esquivando construcciones débiles. Por su parte, Pepe consigue rescatar a varias personas que se encontraban semienterradas en el lodo.

Las horas pasaban y comenzaba a asomarse la oscuridad de la noche, que en esta ocasión la acompañaba una atmósfera fúnebre y melancólica debido a las vidas que el desastre se había llevado. Cerca de las siete de la noche, Pepe comienza a preocuparse porque no había rastro de Celestina, ella no había cumplido su promesa de regresar antes de que anocheciera; la idea de que algo malo le hubiera pasado lo angustiaba. Por su seguridad, Pepe decide salir a buscarla ni bien comience a aclararse el día; es decir, esperar al día siguiente.

 

Capítulo V

Canta Cocoroco anunciando un nuevo amanecer e inmediatamente Pepe se levanta y se equipa con sogas, abrigos y útiles de primeros auxilios para enrumbar preparado nuevamente a la ciudad de Yungay. En el camino logra ayudar a más personas que gritaban por auxilio para que las rescataran del lodo que las había inmovilizado. Pepe era un joven deportista, ágil y fuerte lo cual hizo que pudiera ayudar a cada vez más personas; pero su objetivo principal no era ese. Aun ayudando a muchas personas, él no se sentía bien porque quería encontrar a su adorada tía que se encontraba desaparecida.

Pasaron cerca de cinco horas cuando de pronto se escucha a lo lejos una voz.

 — ¡Ayuda! — una voz anónima grita.

Él se siente desconcertado porque no puede saber de dónde venía ese grito.

— ¡Ayudaaa! — vuelve a gritar la voz.

Segundos después Pepe se da cuenta que la persona que grita se encuentra bajo una pared. Pepe logra mover la pared y descubre que la persona que gritaba era Celestina.

—¡Tía, por Dios! ¿Qué te paso? —Pepe exclama.

 —Estoy atrapada hijo, mi pierna está enterrada — Celestina responde.

Pepe comienza a escarbar para liberar a Celestina del lodo que había sepultado su pierna pero ésta se encontraba herida y se quejaba de dolor. Pepe logra liberarla y la pone en buen recaudo. Celestina tiene golpes por todo el cuerpo y no puede caminar. Pepe trata de cargarla pero lo único que consigue es que ella grite más de dolor, además él no iba poder soportar el peso de ella por mucho tiempo. “¿Cómo ayudo a mi tía? No la puedo dejar sola ¿Si la dejo y no la vuelvo a encontrar?”, pensó Pepe. Por lo tanto decide intentar volverla a cargar pero ya no le alcanzan las fuerzas y se rinde. Estaba agotado.

—Hijo, no vas a poder sostenerme por mucho tiempo, ya no tienes fuerzas. Déjame acá y ve por ayuda; yo voy a estar bien — Celestina exclama.

—No lo voy a hacer tía, no quiero perderte por segunda vez. No lo soportaría — dice Pepe entre lágrimas.

—Ve, hijo querido, yo te voy a esperar aquí; mas bien cuando regreses tráeme un caldo de gallina que tengo mucha hambre —dice Celestina sosteniendo la mano de Pepe.

—Te quiero mucho, espérame aquí —enuncia Pepe mientras le da un beso en la frente.

—Yo también hijo, te quiero mucho —Celestina responde acariciándole el rostro.

Pepe enrumba hacia la chacra de Celestina en busca de ayuda pero no la encuentra.

Ya en la chacra le prepara ese caldo de gallina que le pidió y carga víveres para ambos en su mochila para acompañar a Celestina mientras esperan juntos ayuda. Pepe enrumba nuevamente hacia el pueblo en busca de Celestina. Regresa al lugar donde la dejó pero no la encuentra.

—¡Tía! ¡Tía! ¿Dónde estás tía? ¡Por favor tía contéstame! — Pepe grita.

 Al no tener respuesta empieza a entrar en pánico. Comienza a caminar rápidamente y se adentra en la ciudad exponiéndose a todo tipo de peligro ya que solo había pasado un día desde que el terrible desastre sepultó a todo la ciudad.

 

Capítulo VI

Mientras todo esto pasaba, llega la noticia a la familia de Celestina que vivía en Lima. Ada no tenía televisión por lo que no tenía el medio por el cual enterarse del desastre. Esa misma tarde, un día después del desastre, una vecina entra a la casa de Los Flores, la familia de Ada.

—¡Ada! ¡Ada! ¡Un huayco ha sepultado a Yungay! — grita la vecina horrorizada.

Ada está desconcertada, unos segundos después empieza a entrar en pánico que concluye en un desmayo. Los hijos de Ada auxilian a su madre y llaman al esposo de Ada, Julio, para contarle de la tragedia. Cinco minutos después, Ada reacciona.

—¡Mamá!, ¡Mamita!, ¡Dónde estás!, ¡Ay, Dios mío, porqué! ¡Porqué mi mamá!” —grita Ada con una voz desgarradora.

Pasaron los minutos y Ada decide aferrarse a la idea de que su mamá está viva. Se logra contactar con sus familiares que se encontraban en Lima y decide enrumbar hacia Yungay. Trata por todos los medios de comprar pasajes para llegar a la ciudad en búsqueda de su madre pero no puede. La tragedia había bloqueado todas las carreteras y posibles accesos a la ciudad porque era considerada todavía una zona de alto peligro por lo que el gobierno no permitía el acceso a civiles. Entonces, dos de los primos de Ada deciden llegar a la ciudad de Yungay, acercándose lo más posible con auto y luego escalar por las montañas. Ada decide acompañarlos pero ellos se niegan debido a que ese viaje iba a durar varios días y el esfuerzo físico que demandaba era fuerte por lo que Ada no estaba en condiciones de hacerlo. Ada hace caso omiso y comienza a alistar sus maletas pero no es hasta cuando su esposo, Julio, la hace entrar en razón de que no iba a poder lograrlo.

—¿Qué estás haciendo? ¡Es peligroso! ¿Acaso quieres que te pase algo y dejar a tus hijos sin su mamá? —exclama Julio sosteniéndola del brazo.

—Tú no sabes lo que estoy sintiendo, ella es mi madre ¿Y si está sufriendo? ¿Si me está necesitando en estos momentos y yo no estoy? ¡Cómo es que voy a poder esperar más! La angustia me está matando —responde Ada con lágrimas en los ojos.

—¡Basta, mujer! Espera un poco por favor, no es seguro. Si te pasa algo, tu madre no lo soportaría — responde Julio.

—Tienes razón, tengo que estar bien para cuando ella regrese, mis primos la van a traer de regreso a casa sana y salva —responde Ada un poco más aliviada.

Fue la misma situación como pasó con Celestina y Pepe, solo que en este caso, Ada decide hacerle caso a su esposo en no viajar con sus primos que enrumbaban a Yungay.

 

Capítulo VII

Pasaron tres meses llenos de angustia para Ada. Nadie le daba noticias, sus primos no daban señales de vida y tampoco la familia que tenía en Yungay, incluyendo a Pepe. Las autoridades que se encontraban en Lima daban las listas de los fallecidos y desaparecidos pero no había señal de su madre. Era una constante búsqueda de pistas para hallar a su madre desde Lima, pero no encontraba respuestas. Desde el día que se enteró de la desaparición de su madre, Ada se dedicó a recolectar recortes de periódicos, listas de los desparecidos y muertos, nombres de los hospitales y lugares aledaños donde podría estar su madre. Ada estaba enloqueciendo con la noticia; mientras tanto Pepe, que la última vez que se le vio fue cuando desapareció Celestina, se encontraba desaparecido también.

Esa misma tarde, las autoridades habilitaron vuelos para los familiares de las víctimas para que puedan llegar a Yungay a reconocer los cuerpos. Ada no lo dudó dos veces y viajó en uno de estos aviones con la fe de poder reencontrarse con su madre. Ni bien puso un pie en Yungay, Ada se dirigió primero a la chacra de su madre pero no la encontró, luego se dirigió hacia el pueblo donde vivían sus familiares pero lo que observó hizo que todos los recuerdos de su niñez, cuando visitaba Yungay, pasaran por su mente y sintiera un fuerte dolor en el pecho. La ciudad estaba totalmente destruida y lo que ella recordaba de la bella ciudad natal de su madre, había desaparecido. Todo eran escombros, no habían casas, seguían habiendo cuerpos en el piso; parecía un cementerio. Luego de una pausa, Ada continúa su camino y logra reconocer la casa de sus tíos que se encontraba totalmente destruida. Fue una búsqueda que la llevó a recorrer hospitales, albergues, morgues, postas médicos para lograr tener información de la ubicación de su madre. Ada estaba exhausta, dormía poco por la idea de estar cerca de encontrarla. Pasaron tres meses y Ada comenzaba a darse por vencida, no quería aceptar la idea de que su madre estaba muerta pero a la vez, sus pocas esperanzas por encontrarla se agotaban.

Ya habían pasado tres meses desde que Ada viajó a Yungay y en uno de los albergues, Ada logra contactarse con un grupo de ronderos que se estaban dedicando a enterrar cuerpos de los fallecidos.

—Señores, disculpen. Estoy buscando a mi madre, se llama Celestina y vive en el centro de la ciudad. —dice Ada señalando la foto que tenía de su madre en la mano.

—¿Sabe usted con qué ropa estaba vestida? —contesta uno de los ronderos.

—No lo sé pero ella es una señora de edad y estoy muy preocupada. Ayúdenme por favor ¿La han visto? —dice Ada angustiadamente.

—Yo creo que sí logro identificarla. Creo que está junto a un grupo de personas que enterramos en una fosa comunal junto al monte. Lo siento mucho señora. —responde uno de los ronderos.

—Llévenme donde la enterraron, por favor. Les pagaré. Solo quiero poder velarla y enterrarla de la forma que se merece. —dice Ada con lágrimas en los ojos.

Los ronderos aceptan y la llevan al lugar donde la enterraron y empiezan a escavar. Luego de un par de minutos, se descubren los cuerpos y uno de los ronderos señala a quien creía que era Celestina. Un gesto de sorpresa y alivio, al mismo tiempo, invaden el rostro de Ada ya que el cuerpo no era el de su madre. Esto quería decir que había posibilidades de que Celestina pudiera estar viva. Ada se aferró a esa idea y siguió buscando.

Tres meses después, tras la insistencia de sus familiares en Lima, Ada decide regresar con su familia y parar con la búsqueda. Cuando Ada llega a Lima, sus hijos la abrazan, la llenan de besos y le dicen lo mucho que la han extrañado; haciendo involuntariamente que Ada se sienta más culpable por haber abandonado a su madre al detener su búsqueda. Pasaron los meses y Ada seguía aferrada a la idea de que su madre podría estar viva. Ella regresó al pueblo un par de veces más pero sin éxito. El no poder ver el cuerpo para velarlo y enterrarlo hizo que el dolor y la angustia de no saber qué es lo que había pasado con su madre se agrandaran e hicieran que viva una melancolía y tristeza profunda por el resto de su vida.

Dos años después del desastre, aparece Pepe en una provincia de Lima y su familia lo interna en un centro psicológico ya que estaba irreconocible; el perderlo todo incluyendo a su familia y vivir tremendo suceso había hecho que se vuelva loco.

 

Capítulo VIII

Las tragedias naturales llegan e irrumpen la cotidianeidad de la noche a la mañana; algo que se da por establecido cambia sorpresivamente sin dar la posibilidad de poder ejercer un control sobre ésta y llevándose la vida de personas inocentes.

Esta tragedia agarró por sorpresa a un estado que no se encontraba preparado para enfrentar tremendo desastre. La ayuda se hizo presente a nivel mundial; se habilitaron pistas de aterrizaje en ciudades aledañas que recibían aviones llenos de alimentos de primera necesidad y lo más importante, con ayuda humanitaria. Eran miles los doctores alemanes, canadienses, cubanos y argentinos junto a voluntarios de diferentes países que se hicieron presentes para darle una mano al país hermano de Perú. Este desastre permitió cuestionar qué tan preparado estaba Perú para catástrofes de tal magnitud.

Esta fue la historia de Celestina, una de los más de 20000 desaparecidos y cerca de 70000 muertos que este golpe dejó. Tuvo que pasar este hecho para que las autoridades, aun sabiendo que el Perú es un país vulnerable a este tipo de desastres, funden la Defensa Civil del Perú, que funciona hasta la fecha con la finalidad de prevenir y educar a la población frente a posibles desastres que puedan ocurrir.

Actualmente, Celestina es recordada con mucho cariño por sus nietos, sobrinos y bisnietos; al igual que Ada y Pepe quienes fallecieron hace un par de años. Quizás el destino no quiso que vivieran juntos en esta vida pero seguramente se reencontraron y ahora viven felices compartiendo momentos como tanto lo quisieron.

 

 

 

Sundblad

(Primer premio)

Frischmann, Oscar Ariel

 

A todas las Helenas

Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo;

nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos,

o lo entendemos pero es intraducible como una música

El fin, J.L. Borges

 

Buenos Aires

Mis primos siempre fueron un mundo diferente. Ir a su casa era como enfrentarme a un mundo desconocido para mí. Mi primo Martín, como yo, tiene 15 años, pero él fuma a escondidas, y desde los 13 que presume de andar con alguna chica pero yo mucho no le creo. Cuando los voy a visitar, Nicolás, su hermano menor siempre trata de estar con nosotros pero nosotros no lo dejamos mucho. Nos gusta jugar a las cartas por plata y jugar mucho a la pelota. Jugamos toda la tarde en el jardín del fondo de su casa hasta que Juana nos llama para tomar el Nesquik. Algunas veces nos salteamos la merienda y jugamos hasta que se hace de noche y la cena está lista, justo antes de que vuelvan mis tíos y me vengan a buscar.

Cuando el verano del 89 mis tíos mandaron a Martín y Nicolás a Sundblad, en seguida quise ir. Cuando conseguí que mis papás me dejen ir un fin de semana estaba contentísimo.

Sundblad es el pueblo donde nació Juana y viven sus papás y su hermano Gastón, que tiene nuestra edad. Ella conoce a mis primos casi desde que nacieron y mis tíos pensaron que era una buena idea que vayan a pasar una semana con ella para que vean que existe otra vida que es muy distinta a la nuestra.

 

Viernes a la mañana

Sundblad no era ni siquiera un pueblo, eran algunas fincas que quedaban cerca, pero era básicamente el campo. Tal vez, lo que nosotros podíamos llamar centro era un almacén, un destacamento de policía, un bar y cinco casas. La de Juana era una casona grande con muchas habitaciones pero venida abajo, sucia y con mucho polvo. Las piezas olían a humedad, y si se las ventilaba mucho durante el día, a la noche podía estar llena de mosquitos. La casa no tenía agua corriente así que para bañarnos llenábamos una palangana enorme con agua fría. En la finca había vacas, gallinas, cabras y cerdos. La familia vivía básicamente de la venta de pollos.

El fin de semana que pasé en Sundblad, Gastón, el hermano de Juana, fue el encargado de enseñarnos toda la Pampa, que es inmensa pero cualquier porción vale por toda.

La mañana que llegamos salimos a cazar.

- Pumas.- dijo Gastón para asustarnos, pero yo sabía que en la Pampa no había pumas, antes sí, pero los hombres se habían encargado de matarlos a todos. Aunque eso duró poco y no le disparamos a nada. Me parece que esa salida en realidad fue una excusa para acercarse a la casa de Gonzales. El campo más cercano era de una familia importante, no recuerdo cuál, pero ahí vivían los Gonzales, que eran los encargados del campo y le debían a Gastón unos diez mil australes por algún trabajo que le había hecho. Ahí fue la primera vez que vi a Helena. El Sr. Gonzales tenía una hija hermosa. Martín y yo nos enamoramos de ella desde que la vimos. Era de piel oscura, tostada por el sol y con un pelo negrísimo como la noche, igual que sus ojos. Se acercaba hacia la puerta de la casa donde estábamos nosotros con un balde en cada mano, la mirada fija en el piso.

- ¿Qué hacés así vestida? ¡Metete a la casa!- dijo Gonzales casi gritando. Yo no lo escuché en realidad, embobado con la visión de Helena. Gastón agarró el billete de diez mil y nos fuimos.

 

Viernes a la tarde

La tarde del viernes, después de almorzar, el calor era insoportable y el poco viento que había daba más calor que fresco, así que mientras caminábamos sin rumbo a Gastón se le ocurrió ir a nadar en una laguna que quedaba en la misma finca, a unos cientos de metros de la casona. En la laguna nos encontramos con Helena, que estaba sentada en la orilla con los pies en el agua pero del otro lado. Primero me dio vergüenza tener que quedarme en calzoncillos adelante de Helena, pero ella también estaba en corpiño y bombacha, así que todos nos sacamos la ropa y nos metimos al agua. Nicolás empezó a salpicarnos pero yo no quería parecer un chiquilín delante de Helena y no quise seguirle el juego. Mientras ellos se salpicaban y gritaban yo me quedé haciendo primero  la plancha y después nadando mariposa mirando de reojo para ver si Helena se acercaba. Gastón debe haberse dado cuenta porque levantó la mano y la agitó en el aire para que Helena se acerque. El pelo mojado y echado hacia atrás la hacía todavía más hermosa.

Nos presentamos pero yo no pude decirle nada más, en cambio Martín se puso a contarle no sé qué cosas de un viaje que habían hecho a Brasil y que nadar acá se le hacía sucio. Salimos a sentarnos a la orilla pero ella se quedó en el agua con Nico. En el momento que Helena se sumergió y apareció en el centro de la laguna echando la cabeza hacia atrás con fuerza y haciendo que el agua dibuje un semicírculo en el aire, Gastón nos contó que varias veces se habían besado a escondidas. Martín volvió la cabeza hacia Gastón y le dijo que no le creía.

- ¿Te gusta, verdad? Podés ilusionarte, esa chica es fácil.- le contestó en seguida Gastón.

Con Martín nos miramos y no sabíamos si reírnos o qué.

- Nunca tuvo un novio, - siguió contando- pero una vez en una fiesta en el bar del pueblo la vi hablando con un hombre que yo nunca había visto.

-  ¿Y eso qué tiene que ver?- lo interrumpió Martín, casi enojado.

Gastón se quedó pensando qué decir con cara de contrariado y cuando Nicolás salió del agua y se sentó con nosotros empezó a inventar una historia de chicos que desaparecían cuando salían a pastar las cabras, que hay una manada de pumas que no se contenta con robar ganado.

 

Sábado a la noche

El sábado lo pasamos en la finca, dando de comer a los animales, ordeñando alguna vaca y lo peor de todo fue matar una gallina. Bah, quisieron que Martín le doble el cuello pero todo terminó con las risas de Gastón y Juana cuando Martín la dejó escapar porque le temblaban las manos.

La noche del sábado se decidió ir a dormir a un cañadón que terminaba en un estanque y que estaba a una hora y media de la casa hacia el centro del campo de los Gonzales. Gastón llevaba su escopeta, como siempre que salíamos a dar vueltas, por si aparecían pumas, dijo. Llevamos un pollo, papas y cebollas que cocinamos en un fuego inmenso y fascinante que armó Gastón.

Esa noche se contaron un montón de historias espeluznantes, pero las mejores las contaba Gastón, historias del campo, algunas fantásticas, otras reales, como la del chico al que el tren le había cortado las piernas, o una de una chica que había desaparecido la noche que se incendió su casa en un campo cercano. Él sabía porque sólo encontraron los cuerpos de sus padres, de la chica ni rastro.

Cuando el fuego llameaba despacio pero continuo y del pollo no quedaban más que algunos huesos, escuchamos ruidos cerca, de pisadas. Gastón sabía que no había pumas en la pampa, pero insistió con la historia. Nos quedamos en silencio. De lejos el ruido de uno de los últimos trenes que iban a pasar por Sundblad tapó el sonido de las pisadas. Nosotros nos moríamos de miedo, pero Gastón estaba parado, sosteniendo la escopeta, conteniendo las ganas de disparar contra lo que sea que aparezca. Las pisadas se oían cada vez más cerca y la ilusión de que se fueran hacia otro lado se desvaneció pronto.

- ¿Qué hacen acá?- dijo una voz grave, con un grito en voz baja. Dos hombres aparecieron desde lo negro de la noche, nos quedamos en silencio pero venían con Helena, que los presentó como sus tíos y dijo que nos conocía, que estábamos bien. Después de eso no dijo nada más. Se quedaron un rato y nos compartieron una bebida horrible que llevaban en una cantimplora. Nos explicaron que Helena se había escapado de la casa y que la traían de vuelta. A todos nos pareció verdad.

- Ahora se quedan acá y no se mueven hasta la mañana.- nos dijo uno de los hombres.

No sé si alguno durmió esa noche, yo no. En todo caso todos estuvimos en silencio mientras el cielo cambiaba y pude ver el alba. La llanura estaba hermosa a esa hora, la mañana parecía más silenciosa que la noche. Nadie dijo nada de Helena ni de sus tíos.

 

Domingo a la mañana

La vuelta nos tomó menos tiempo que la ida. Caminamos rápido y en silencio. Gastón iba adelante marcando el paso y metido en sus pensamientos. Yo no podía dejar de pensar en lo que había pasado la noche anterior ¿Qué hacía Helena andando por el campo en medio de la noche, con personas que nadie conocía?

Cuando llegamos a la casa desayunamos mate cocido con leche y tortas fritas que preparaba Juana. Gastón contó lo que hicimos y todos nos reímos de los pumas y de alguna travesura que habíamos hecho; pero omitió el extraño encuentro que habíamos tenido así que yo no dije nada y mis primos tampoco. Gastón se disculpó con que tenía que trabajar y se fue corriendo. Yo me fui a preparar el bolso porque me iba después del mediodía. Metí todo de a puñados, empujando hacia el fondo, no me iba a poner a doblar la ropa. Cuando terminé me tiré en la cama y me quedé mirando el techo, pensando lo que no quería pensar, imaginando lo que nunca hubiese adivinado.

Mientras pasaba la mañana vagando por la finca, solo, porque Martín y Nicolás se habían dormido en su cuarto, vi a lo lejos que Gastón discutía con su papá, que al final parece que se cansó y le dio unas cuantas bofetadas que lo tiraron al piso. Con el tiempo lo imaginé conteniendo las lágrimas. Para mí era raro ver esa escena, pero sabía que el papá lo hacía seguido, cuando Gastón se mandaba alguna macana. El papá se agachó, tomándolo de los hombros como reconfortándolo y tratando de explicarle algo, pero Gastón se zafó y salió corriendo mientras el papá lo llamaba. Él siguió corriendo sin escuchar, corría al campo de Gonzales. Claro que no pude contenerme y lo seguí a la distancia, aunque no creo que hubiese prestado atención a nada que no fuese llegar rápido hasta la casa de Helena. Cuando llegué me acerqué con cuidado y rodeé la casa mirando por todas las ventanas hasta que di con la habitación de Helena. La vi en su cama, acostada de costado y a Gastón sentado a su lado.

- No quiero más, ya no quiero más, no aguanto más… - la escuché decir entre sollozos. Gastón intentó balbucear algo (que no alcancé a escuchar) mientras apoyaba una mano en la espalda de Helena. Ella movió el hombro hacia atrás con fuerza, mostrándole que no quería que la toquen. Él bajó la cabeza, resignado.

Me di vuelta y me fui caminando, no entendiendo por qué no quería entender.

 

Sundblad

Cuando llegué a casa de Juana mis primos ya estaban en la mesa. Almorzamos todos juntos y a mí me vino a buscar un auto que me llevó a la estación de micros de Trenque Lauquen desde donde volví a Buenos Aires. El sol estaba bien alto y en el horizonte se venía nubes negras que aseguraban una tormenta. Subí a un micro casi vacío. Desde la ventana veía pasar una y otra vez la misma llanura, los mismos pueblos, la misma gente. Antes de quedarme dormido pensé que había sido, en realidad, un fin de semana más, unas pequeñas vacaciones en Sundblad.

 

 

 

Lo que ellos sabían

(Segundo premio)

Burs, Agustina        

 

A todos aquellos que, por amor,

se animaron a desafiar las oposiciones,

 los prejuicios y sobre todo, decidieron ser felices

 

Hacia un mundo mejor

Lina, su esposa, era una mujer de carácter sereno, y un amor por sus raíces difícil de plasmar en palabras, comprendía los deseos de una vida mejor de su marido para su familia pero le fue inevitable derramar lágrimas escondidas cuando se los comunicó a ella y a sus tres hijos Cesare, Stefania e Isabella.

Argentina había sido un país neutral durante la guerra, y sus contactos con Agostino Rocca y empresarios de gran renombre la volvieron un destino más que esperanzador, y si bien la nueva vida prometía puras alegrías, la decisión le costó a Maurizio varias noches en vela y una punzada en el corazón, cuando vio la cara de sus tres pequeños hijos al comunicarles la noticia.

Sin embargo, el 23 de mayo de 1945, se subieron al barco que los llevaría a su nueva vida y el 20 de junio, luego de un viaje que pareció ser eterno y les dio tiempo para pensar, dejar atrás la tristeza de los años que habían sufrido, y mirar hacia el horizonte respirando un aire distinto, desembarcaron en una Buenos Aires caótica y pujante. Y si bien en el fondo todos ellos morían de miedo, estaban juntos y nada podía salir mal.

 

Sevilla

Buenos Aires era una ciudad encantadora, sus edificios imponentes y sus plazas perfectamente cuidadas, los argentinos con su carisma y peculiar sentido del humor, eran lo mejor y lo peor que tenía la ciudad, por lo menos así lo veía Maurizio quien disfrutaba de hablar y compartir tardes de domingo con sus vecinos de la calle Sevilla donde había alquilado una casa realmente increíble, con pisos de mármol, habitaciones para sus tres hijos, un parque perfectamente cuidado con tantas plantas y flores como alguien podía imaginar y unos ventanales tan espectaculares que dejaban entrar toda la luz del sol del invierno que ya empezaba a hacerse sentir. Los niños no tardaron en adaptarse, Cesare estaba por cumplir los 16, y no le fue difícil hacer amigos, entre el barrio y la Escuela Argentina Modelo había logrado volver a sonreír, a jugar al futbol y, de a poco, a ser el joven alegre y curioso que había sido antes de la guerra; Stefania con sus diez años tampoco tardó en adaptarse a su nueva vida, la última moda italiana fue su gran aliada a la hora de hacer amigas y las historias de su antiguo hogar conquistaron a todos sus compañeros y profesores; la pequeña Isabella de tan solo 3 años, en cambio, logró olvidar con rapidez de dónde venía y su infancia no vio rastros de la guerra que tanto había atormentado al resto de su familia. Lina, sin embargo, fue quien más sufrió los cambios, si bien la casa en la que vivían ahora era tres veces más grande que la de Milán, las personas que trabajaban en el servicio no hacían más que ayudarla y hacerla sentir cómoda y el parque la enamoraba todas las tardes, no podía dejar de pensar en su país y todo lo que habían dejado atrás. Su mente viajaba constantemente a su amada Italia, el amor por su marido y por sus hijos seguía intacto, pero su mirada develaba tristeza y toda su familia lo podía notar, pero nadie sabía qué hacer para alegrarla.

 

Una distracción

El trabajo con Agostino en la empresa constructora Techint, mantenía ocupadísimo a Maurizio y la rutina con tres hijos envolvió a Lina en una vida perfectamente normal, todo parecía seguir su rumbo y la decisión de emigrar se sentía como la mejor que habían tomado en años. Nada los había preparado para lo que se avecinaba, en una de sus tantas reuniones Maurizio conoció a un renombrado artista: Sergueï Petrovitch Ivanoff, un pintor ruso cuyo trabajo era muy reconocido, quien estaba casado con una pintora francesa llamada Simone Gentile, de un talento y una belleza pocas veces vistos por Maurizio. Las ausencias de Ivanoff y los reiterados encuentros entre Simone y Maurizio devinieron en una amistad muy profunda, la cual solo permanecía como tal por el miedo a desafiar sus matrimonios y sus vidas perfectamente normales y acomodadas. Sus paseos por el rosedal de Palermo los hacía perder la noción del tiempo, conversaban de su pasado e imaginaban el futuro que los esperaba, se contaron sus miedos más secretos y encontraron en el otro lo que jamás habían encontrado en nadie.

El invierno paso rápido, y la familia se adaptaba con el pasar de los días a todos los cambios, en la casa de Sevilla la rutina seguía su curso, se acercaba la primavera y el parque lo hacía notar, las glicinas estaban floreciendo llenando todos los espacios con su aroma tan particular; Lina disfrutaba muchísimo pasar las tardes allí, pensar, leer, tomar el té con sus hijos cuando volvían de la escuela, casi tanto que no notaba las extensas ausencias de su marido, su corazón bondadoso e inocente no le permitía ni siquiera imaginar que él se estaba enamorando de otra mujer. Quien no dejaba pasar estos episodios era Cesare, que a su edad ya podía entender mucho más de lo que sus padres creían y todos los cambios no habían logrado que olvide que en Milán su padre siempre hacía lo imposible para al menos compartir una comida del día con ellos, pero conversando con su madre, ella le había hecho entender que su padre tenía que ganarse el respeto de sus nuevos colegas, y que eso significaba asistir a cientos de eventos sociales que hacían que se ausente en casa, pero que no existía ninguna razón además de esa para que no esté en casa tanto tiempo como solía hacerlo en Milán. Esto lo dejaba un poco más tranquilo, pero había algo que todavía no lo convencía. Así que decidió hablar directamente con su padre, siempre habían tenido una buena relación y hablar con él era fácil, por eso no titubeó mucho en hacerlo y un domingo después del té se acercó y le dijo:

- Papá, hay algo que quiero preguntarte - le dijo en un tono sereno.

- Dime hijo, ¿qué sucede? - le contestó su padre sin quitar la mirada del periódico.

- ¿Hay algo además del trabajo que esté haciendo que te ausentes tanto en casa? - le lanzó sin anestesia.

Incomodado por la pregunta, Maurizio dirigió sus ojos a su hijo y le respondió intrigado:

- ¿Algo como qué?

- No lo sé, alguna distracción, no lo sé papá, te extrañamos en casa - contestó Cesare al borde de las lágrimas, no se le ocurrían muchas razones sinceramente pero la ausencia de su padre realmente lo entristecía muchísimo.

- Hijo, Argentina es un país difícil y sus empresarios más aún. Nada me gustaría que pasar tiempo con ustedes en casa, pero en este momento debo poner todo de mí para mantener mi puesto y que todos quieran trabajar conmigo - le explicó con paciencia, y un cierto sentimiento de remordimiento, sabía que su ausencia no era exclusivamente por el trabajo, pero Cesare no debía saber nada sobre sus paseos y encuentros con su, todavía, amiga Simone.

- Claro papá, lo imaginé, es solo que a veces es difícil ser el único hombre por aquí - le contestó su hijo esbozando una sonrisa, y dándole a entender que entendía perfectamente.

A pesar de haber encontrado las palabras correctas para salir de la pregunta incomoda de su hijo, Maurizio empezó a plantearse qué era realmente lo que estaba pasando en su interior. Simone no era solo una amiga, y eso estaba claro, pero su familia y su esposa no merecían que él sea feliz a cuesta de sus sentimientos.

 

La fiesta

Era el quinto mes para la familia Mazocchi en Argentina, y sus vidas parecían seguir un rumbo relativamente normal, por lo menos para lo que habían sido los años anteriores para ellos. Todo era así, hasta el cumpleaños de Lina, cumplía 36 años y Maurizio, consciente de la tristeza que aún sentía su esposa por haber dejado su país, decidió organizarle una fiesta en Sevilla. Se encargó de absolutamente todo, un servicio de catering exquisito, flores por doquier para decorar el salón de la casa, una banda de jazz (que era la música favorita de Lina) y una lista de invitados lo suficientemente extensa como para pasar una excelente noche, por supuesto Simone y su marido estaban invitados, Maurizio le había hablado muchas veces a su familia de su amiga, y todos ansiaban conocerla.

Lina estaba muy emocionada, y estrenó un vestido que fue el centro de los halagos de todos los invitados, la fiesta fue un éxito y ella volvió a sonreír como hacía mucho no lo hacía, estaba muy agradecida con su marido. Maurizio se encargó de que todo fuera perfecto, y así lo vivieron todos, menos Cesare quien, por alguna razón, tenía un presentimiento extraño, y cuando vio cómo su padre miraba a Simone entendió de dónde venía, y todas sus preguntas a las ausencias de su padre tuvieron una respuesta inmediata: su padre estaba enamorado de otra mujer. Y encima la había invitado a su casa. Cesare estaba furioso, y se fue a dormir antes de que su madre hiciera el brindis, llamando la atención de todos los presentes; pero como se trataba de un joven nadie ahondó mucho en las razones, y el festejo continúo con normalidad.

 

El secreto

El mes de noviembre fue un mes atareado para todos, fin de año siempre es una época complicada pero para Cesare, ese mes fue uno de los peores que había vivido. Luego de la fiesta, todo lo que su padre decía le parecía una mentira, nada de lo que escuchara lo convencía, tanto que comenzó a seguirlo todas las tardes luego de la escuela, lo aguardaba oculto en la esquina de las oficinas de Techint y lo seguía a donde quiera que fuese. Pero como dicen los mayores “el que busca donde no debe, encuentra lo que no quiere” y así fue, fueron pocas las tardes hasta que vio a su padre reunirse con Simone en el rosedal, y cuando lo vio tomarle la mano y besarle la mejilla, la tristeza se apoderó de él en un instante, sus piernas se aflojaron y su respiración se aceleró, en un segundo su mundo se vino abajo. Su padre, su modelo a seguir, el hombre que más admiraba en todo el mundo, era ahora la razón de que volviera corriendo a su casa con la cara empapada de lágrimas y un nudo en el pecho que parecía quemarle por dentro.

                                                                   

Sentimientos ocultos

La fiesta había salido a la perfección, y Maurizio se sintió realizado cuando vio sonreír a Lina como lo hacía cuando vivían en Milán, sin embargo había algo dentro de él que no estaba bien, había un sentimiento que estaba ocupando toda su mente, y no había forma de dejarlo ir, se dio cuenta que no había marcha atrás en el momento en que vio entrar a Simone en el salón, estaba radiante, lucía un vestido amarillo que solo ella podía llevar con tanta gracia, sus ojos claros perfectamente delineados, y su boca pintada con un tono claro que solo resaltaba más su belleza natural. Estaba enamorado, y no había nada que pudiera hacer al respecto.

Al día siguiente de la fiesta, sabiendo que Serge emprendía viaje al mediodía, se dirigió a la casa de Simone decidido a confesarle sus sentimientos, pero no fue necesario que hablara, llegó a la puerta de entrada de la casa y ella se lanzó a sus brazos abrazándolo tan fuerte como nadie lo había hecho jamás, se miraron a los ojos y no hubo palabras que pudieran decir para explicarse. Estaban enamorados, profundamente, pero la sociedad en la que vivían no tenía lugar para su amor y si bien ahora estaban juntos y era lo único que necesitaban, debían enfrentarse a muchísimos obstáculos antes de poder ser felices.

 

Revelación

Los días pasaron, y se convirtieron en meses, y las fiestas de fin de año llegaron para sorprender a todos. Acostumbrados a las frías navidades pasadas, que con la guerra habían pasado casi desapercibidas, toda la familia estaba emocionada por festejar, menos Cesare, nadie entendía la razón pero se había vuelto apático, y siempre estaba de muy mal humor, contestaba a su padre y nadie sabía qué hacer para que exprese qué era lo que estaba pasando por su cabeza. Lina estaba muy preocupada, Cesare siempre había sido un niño educado y amable, y de un día para el otro se había convertido en un adolescente rebelde y de muy malos modales. Por supuesto que todo el comportamiento fue justificado por los cambios que había sufrido y porque, en resumen, estaba en edad de revelarse. Sin embargo, nada de esto tenía que ver, luego de la tarde en el rosedal, siguió espiando a su padre y cerciorándose de que el romance con Simone era real, y eso pasó de provocarle una tristeza enorme a producirle una bronca y una ira que manifestaba tratando mal a quien se cruce en su camino, pero sin jamás dar una explicación a nadie, y mucho menos contar lo que sabía.

Todo siguió su rumbo hasta la noche buena, toda la familia se vistió y reunió a compartir la festividad, acudieron muchos amigos y Sevilla estaba radiante, era un festejo realmente encantador. Pero todo secreto tiene su final y el de Maurizio y Simone esa noche llegó a su fin.

Lina pidió a Cesare que la ayudara con unos arreglos navideños, que estaban a punto de caerse, y este reaccionó de muy mala gana, provocando el enojo de Maurizio y que este le dijera en un tono muy brusco y en frente de todos:

- ¡Cesare, haz lo que te pide tu madre y trátala con respeto!

Cesare que había llegado a su límite y no soportaba ni una palabra de las que su padre le decía, no pudo evitarlo y en un impulso le contestó:

- ¿Yo soy el que debe respetarla padre? Y me lo dices tú, que te paseas por la ciudad con otra mujer a la vista de todos. Eres realmente un hipócrita.

Todos los presentes quedaron helados con la contestación, y Maurizio no salía de su asombro. Cesare al no recibir contestación continuó:

-¿Cuánto tiempo creíste que podías ocultarlo, papá? ¿Creíste que íbamos a creerte que tu ausencia en casa era por trabajo, mientras tú te enamorabas de otra mujer?

Maurizio miró a Lina que no podía procesar las palabras que salían de la boca de su hijo, miró a Cesare y le ordenó que guardara silencio.

- Basta, no toleraré una sola falta de respeto más, retírate Cesare - le gritó, y al darse vuelta recibió una bofetada de Lina, que ahora lloraba desconsolada y le costaba respirar.

Cesare abrazó a su madre y esta gritaba a Maurizio cuanta calumnia se cruzaba por su cabeza, estaba destrozada y se sentía una idiota por no haberlo previsto.

Las niñas comenzaron a llorar, una de las cocineras de la casa las apartó y las llevó a la cocina, los allí presentes comenzaron a hablar en voz baja, y lentamente comenzaron a abandonar la sala, dejando a Lina llorando desconsolada, a Maurizio en un estado de shock y una familia totalmente destrozada.

Nadie sabe cuánto tiempo pasó exactamente hasta que Lina salió de los brazos de su hijo, se secó las lágrimas con la manga de su vestido de fiesta, miró a Maurizio directamente a los ojos y en un tono que jamás nadie había escuchado salir de su garganta dijo:

- Quiero que te vayas, quiero que te alejes de nuestras vidas para siempre, tu cobardía no merece ni una sola lágrima más. Y tus hijos te recordarán como el hombre que destruyó esta familia.

Maurizio intentó tomar su mano y abrió la boca para intentar dar una explicación, pero Lina se soltó de él, se giró, tomó del brazo a Cesare y salió de la sala, desde la puerta se volteó y le volvió a decir:

- Tienes una hora para empacar e irte de esta casa y de esta familia, tú ya decidiste por ti, yo ahora decido por lo que queda de nosotros.

Maurizio sintió que sus piernas de aflojaban, y se sentó en el sillón desplomado, una lágrima rodó por su mejilla, había destrozado los corazones de toda su familia, de Lina quien siempre lo había acompañado y había sido el ser más egoísta que había pisado esta tierra.

Subió a su habitación y comenzó a meter cosas en una maleta sin pensar mucho, su cabeza no dejaba de repetir la escena que había ocurrido hace unos minutos, y no podía pensar en nada más. Al cabo de unos 20 minutos bajó a la cocina. Lina acariciaba la cabeza de sus hijas dormidas en su regazo y miraba a la nada con una tristeza en su cara que superaba todas las que Maurizio había visto en su vida, Cesare fumaba un cigarrillo y acariciaba el hombro de su madre. Todo el servicio y los invitados habían abandonado Sevilla, y lo que hace unas horas era un lugar lleno de alegría y celebración ahora era una simple casa vacía y llena de angustia.

Cesare levantó la cabeza y miró a Maurizio, jamás olvidaría la mirada que su hijo le propinó en ese momento, sintió el rechazo, el enojo y la decepción que en ese momento habitaban el corazón de su hijo. No se animó a decir nada, volteó y se dirigió a la puerta, una pequeñísima esperanza de que todo fuera un sueño, o de que alguien de su familia corriera y le dijera que todo estaría bien aún habitaba en su cabeza, pero nada de eso sucedió, salió de la casa y se dirigió a su oficina, donde pasó las siguientes noches.

 

La vida continúa

Luego de la peor noche buena de sus vidas, la familia Mazzocchi continuó con su vida, el verano colaboró a sanar las heridas muy de a poco, ya que las vacaciones en la playa con amigos no dejaron mucho tiempo para pensar. Cualquiera que viera a Lina diría que era una mujer alegre y completamente feliz, y que nada de lo que había hecho su marido la había afectado como todos esperaban. Sin embargo, por las noches le costaba conciliar el sueño y pasaba horas enteras llorando por su marido, y por lo que extrañaba compartir la vida con él.

Cesare había vuelto a la normalidad, el liberar el secreto que lo atormentaba dejo que su antigua personalidad aflorara, y con el pasar de los días y los meses fue entendiendo que, si bien su padre no había sido honesto, no era su culpa haberse enamorado de otra mujer.

Stefania e Isabella comprendían poco de la situación y luego de largas charlas con su madre pudieron continuar sus vidas sin preguntar constantemente por su padre.

Maurizio había intentado comunicarse un centenar de veces con Lina y con sus hijos, pero el servicio de Sevilla tenía estrictas instrucciones de no permitir que los niños atiendan el teléfono, y que si él llamaba debían decirle que, en esa casa, nadie quería hablar con él. Si bien pasaba la mayoría de sus horas en la oficina, o con Simone, lo que lo hacía inmensamente feliz, no podía seguir con su vida sin saber que ellos estaban bien, y que el daño que había ocasionado había sanado.

Cerca del mes de mayo, desde Techint le informan que debía ser trasladado a Brasil, el temor se apoderó de su cabeza, sería la primera vez que encararía un desafío semejante sin el apoyo de su familia, y necesitaba irse del país sabiendo que ellos estaban bien. Simone, sin embargo, con toda su templanza logró calmar sus miedos, y decidió dejar a su marido para irse con él a Brasil, Maurizio otra vez tenía sentimientos encontrados y contrariados, su corazón saltaba de felicidad, pues iniciaría una vida nueva con el amor de su vida, pero por otro lado su familia quedaría en Argentina. Intentó comunicarse con ellos, y hasta visitó Sevilla con intenciones de hablar, pero nada funcionó y dejó Argentina con una sensación amarga.

Durante los tres años en Brasil, escribió cartas a su familia todas las semanas, pero ninguna tuvo contestación. Si bien el sentimiento de tristeza por su familia seguía siempre a flor de piel, su vida como arquitecto y con Simone no hacía más que mejorar, y los años pasaron con una velocidad impresionante.

En el año 1949, Maurizio es trasladado nuevamente a Italia, y ese mismo año se casan con Simone en Venecia.

La vida era normal nuevamente en Sevilla, todos los días tristes habían quedado atrás, y de a poco habían logrado sanar.

 

El perdón

Corría el año 1950, Maurizio seguía fiel a su costumbre de escribir cartas a su familia todas las semanas, habían pasado cuatro años de esa terrible noche buena, y jamás había recibido una respuesta, pero él seguía escribiendo, era la única manera de sentir que seguía estando presente, y estaba seguro de que, al menos Lina, las leía.

Desde su trabajo le informan que tiene que viajar a Buenos Aires, y su cabeza se vio invadida nuevamente por las imágenes de aquel 24 de diciembre, era su oportunidad para hacer las paces con su familia y su pasado. Escribió una última carta en la que informaba que visitaría Argentina y quería verlos, y emprendió su viaje.

El frío de julio de Buenos Aires lo sorprendió, y al llegar se dirigió a Sevilla. No sabía si llevar flores, chocolates o ni siquiera qué decir, pero sabía que era lo correcto. Con una mano temblorosa tocó la puerta, y se sorprendió al ver que quien le abría era Cesare, pero no era un jovencito, era todo un hombre. Cesare lo miró y no salía de su asombro, y Maurizio solo pudo abrazarlo tan fuerte como hubiese querido hacerlo todos esos años, Cesare se quedó duro pero luego de unos segundos se aflojó y le devolvió el abrazo, y algunas lágrimas brotaron de sus ojos. Lina se asomó a la escalera y al ver esa imagen su corazón dio un salto, había leído la carta pero no creería que Maurizio llegase tan pronto,  si bien todavía existía un poco de remordimiento en su interior, la imagen de su hijo abrazado a su padre logró recordarle cuánto había amado a ese hombre, y todo lo que había sucedido en los últimos años pasó a ser una amarga anécdota, ella apreciaba a Maurizio y amaba a sus hijos, y solo quería que fueran felices, con quien sea y como sea. Y después de muchos años, tuvo una sensación de paz y felicidad en su corazón que solo una cosa se la podía dar, el perdón.

 

 

 

Huir para sobrevivir

(Primer premio)

Wang, Valentina Muriel

 

Un manotazo de ahogado ¿O un viaje?

Y allí se encontraba la pareja, mirando a su alrededor con los ojos llenos de culpa, como perdidos. Y allí también se encontraban ellos, los vecinos, mirándolos con los ojos llenos de desconfianza y hasta enojo.

Merlo, 1968, un barrio de pocos habitantes donde todos se conocían con todos, donde faltaba comida pero no chismerío, donde habitaban todas las generaciones pertenecientes a una familia. A ese barrio llegaron. Era otoño, las hojas de los árboles caían y se podía escuchar cómo se rompían acompañando los pasos de las personas. Llegaron una fría madrugada a Buenos Aires. Más específicamente a la capital del país, que según allegados a la pareja, no era el lugar indicado para que residan. Les habían nombrado la localidad Merlo.

Pidieron un taxi y simplemente, escribieron ese nombre en un papel junto a una dirección también brindada por allegados. El chofer, desconcertado porque jamás llevaba a turistas a ese barrio, decidió tomar el viaje de todas formas. Durante todo el trayecto la pareja habló un dialecto que ni siquiera los mismos taiwaneses lograrían comprender.

Luego de hora y media de viaje, lograron llegar finalmente al destino. Carlos pagó el taxi y bajaron con sus pocas maletas. Linda tenía las llaves. Al abrir la puerta notaron que daba a un pasillo que, al final, llegaba a una pequeña pero acogedora casa.

Se encontraban a punto de terminar de instalarse cuando sonó el reloj marcando las 11 de la mañana. Decidieron salir a conseguir un poco de comida y a ver qué tal era lo que había fuera.

Pasaron nuevamente por ese largo pasillo y al atravesar la puerta y pisar la vereda, pudieron notar muchos rostros extraños observándolos fijamente y de una manera muy intimidante. Eran miradas acusadoras, miradas extrañadas. Nadie dirigió una palabra a la familia oriental y simplemente los siguieron con sus ojos hasta el almacén de la esquina al que se dirigían.

Los vecinos, murmuraban. Y entre todos esos murmullos se escuchaban frases como “¿Por qué abandonaron su hogar?”, “Tienen mirada culpable”, “Deben pertenecer a la mafia, hay que tener cuidado”, entre otras tantas más. Y quizá, muy en el fondo, la pareja sabía y podía comprender más allá del idioma, que esas acusaciones podrían no ser del todo falsas o alarmistas. Que quizá podrían ser reales y hasta justas.

 

La presentación

Carlos y Linda, mucho tiempo antes de ser llamados así, eran simplemente Ling y Chang. Dos jóvenes taiwaneses cuyas familias provenían de diferentes y separadas clases sociales.

Por un lado, la familia de Linda. En su casa, ubicada en uno de los montes más costosos de Taiwán, seguramente podrías encontrar billetes hasta detrás de las plantas. Su padre un empresario multimillonario con reconocimiento a nivel continental en Asia. Su madre una diseñadora de alta costura por la que todas las mujeres morían.

Por otro lado, la familia de Carlos. Su casa en plena zona céntrica. Su padre un cazador de ofertas y changas. Su madre, ama de casa. Él, amante de la botánica.

Cuando Carlos ya tenía edad suficiente para trabajar, decidió que quería dedicarse a lo que toda la vida lo había apasionado. Comenzó a buscar trabajo en las casas de los más adinerados, en las únicas que podrían llegar a contratarlo. Dicho y hecho, lo contrataron.

Una tarde de verano, mientras estaba quitando los suyos de uno de los grandes jardines en los que se dedicaba plenamente a hacer lo que él consideraba como arte, una joven adolescente se le acercó ofreciéndole agua. Él, con un gran asombro, le agradeció y la bebió. La chica decidió quedarse para hablar ya que, según ella, no tenía con quién más hacerlo.

Se hizo costumbre, cada día que él se dirigía al trabajo, sabía que iba a tener que escuchar todas las historias de Linda, que él jamás había vivido siquiera de cerca.

Una noche pudo darse cuenta, mientras pensaba, de que admiraba profundamente a esta muchacha, en todos sus aspectos: físico pero muchísimo más en el mental. Sentía que no podría conocer nunca más a alguien que sepa pensar de una forma tan linda e inocente.

A la tarde del día siguiente, se llenó de coraje y logró contarle a Linda lo que le estaba pasando. Para la suerte de él, a ella le pasaba lo mismo.

Decidieron estar juntos, sin darle importancia alguna a todas las críticas y la no aceptación de sus familias. Como era de esperarse, la joven quedó preñada y él, que tenía algo de dinero ahorrado, logró llegar a alquilar una pequeña casa donde vivirían una vez que su hijo hubiera nacido.

Eran felices, completamente felices.

 

El inconformismo mueve los hilos

Vivían en el caos. A su hijo simplemente no le gustaba dormir por las noches y los mantenía despiertos. Dormían como mucho dos horas por día y luego, él debía ir a trabajar y ella comenzar a hacer los quehaceres de la casa. Sus familias aún no aceptaban la relación que ellos llevaban y por lo tanto, tampoco tenían intenciones de aceptar al pequeño. Decían que todo era un capricho y una rebeldía que luego se les pasaría, que era inaceptable que dos personas con vidas tan diferentes estén juntas. A pesar de todo esto, ellos creían que el amor y la felicidad eran las dos razones que los mantenían unidos y que, en algún momento, la aceptación llegaría.

Luego de que su hijo cumplió su primer año, Carlos comenzó a sentirse poco para su esposa. Pudo notar que jamás le podría brindar el estilo de vida que ella había llevado siempre. Que jamás podría igualar a su multimillonario padre ni darle todo lo que él le daba. Comenzó a trabajar noche y día, intentando así lograr alcanzar aunque sea la mitad de lo que ella siempre tuvo. Pero tampoco fue suficiente.

Era casi imposible que, trabajando como jardinero, logre llegar a pertenecer a ese nivel socioeconómico. Lo pensó muchísimo tiempo, y analizó su situación como nunca antes había analizado algo. Dudó, pero finalmente comenzó a tener en cuenta otra posibilidad: abandonar su pasión y dedicarse a algo que le brindara buena estabilidad económica.

Luego de una búsqueda laboral intensa, se dedicó de lleno a trabajar para la empresa de un conocido en un buen puesto, multiplicando de esta forma sus ingresos mensuales. Linda no lograba comprender del todo la razón de esta actitud de Carlos y mucho menos su decisión, pero simplemente lo ignoró por completo ya que él se justificó diciendo que era una temporada baja para su trabajo de siempre.

Cada día que pasaba, el hombre se encontraba más inconforme con lo que tenía ya que simplemente notaba y le daba importancia a todo lo que no tenía.

Ya había comenzado a pasar la pequeña raya que separaba los distintos límites. Había dejado de ser a razón de la felicidad y comodidad de su esposa e hijo y había comenzado a ser una obsesión. Simplemente quería más porque así lo sentía. Y esto, como es de esperarse, se convirtió en un problema.

 

Un pequeño comienzo

Luego de haber llegado un día de su nuevo trabajo, Carlos se sentó a meditar en su jardín como lo hacía todos los días desde que era niño. Era el único momento del día que compartía con él mismo y que dedicaba únicamente a conocerse un poco más.

Esa tarde no logró hacerlo. Estaba sumamente desconcentrado, no lograba conectar con su ser y lo único que atinó a hacer fue a angustiarse ¿Por qué pasaba esto si toda su vida se había dedicado a ser un experto en el tema?

Comenzó a pensar en todos los cambios que había transcurrido en este último tiempo y los culpó como responsables del hecho acontecido. Culpó el haber abandonado su pasión y también pensó en cómo podía solucionar esta situación.

No entró al interior de su hogar hasta que Linda lo llamó para cenar. Había estado cuatro horas sentado planteándose diferentes hipótesis de cómo ganar más dinero volviendo a su profesión inicial.

Al ingresar al comedor, su esposa cuestionó la rara actitud que había tenido y él simplemente se justificó diciendo que extrañaba la sensación de estar entre la naturaleza, sin computadoras ni personas hablando por teléfono alrededor y que prefirió quedarse un rato más a disfrutar ese grandioso momento.

Durante la noche no cerró un ojo y siguió pensando. Decidió salir a caminar un rato y al encontrarse en la vereda de su casa, pudo ver cómo dos hombres robaban del patio de uno de sus vecinos de enfrente. Y ahí, en ese preciso momento, fue cuando pensó que esa solución era la mejor opción de todas las que tenía.

Al día siguiente renunció a su trabajo pidiéndoles disculpas a las correspondientes personas que habían sido tan gentiles con él. Volvió a su hogar, se contactó con todas las personas a las que él les brindaba sus servicios y simplemente comenzó su regreso al pasado.

Noche por medio, sigilosamente, salía de su casa y comenzaba a caminar a donde el destino le depare. En ese preciso lugar, observaba a su alrededor y buscaba objetos que sean fáciles y rápidos de revender. Comenzaron siendo cosas pequeñas, y luego un poco más grandes para finalmente llegar al punto de obsesionarse con abrir autos ajenos y ver qué había en su interior.

Linda simplemente no preguntaba qué era lo que estaba pasando porque le daba miedo saber la respuesta.

 

Propuesta tentadora

Luego de varios meses realizando estos pequeños pero significativos robos comenzó a tener compañía en los mismos. Comenzó a relacionarse con otros hombres con los que se encontraba durante la madrugada pero solo con uno logró tener una relación de amistad.

Una de las noches en las que se encontraba intentando abrir un Mercedes Benz, apareció un muchacho que en dos movimientos logró ayudarlo a hacer lo que él estaba intentando hacía dos horas a reloj. Robaron juntos ese vehículo y luego, simplemente se sentaron en la vereda a hablar como si nada hubiese pasado.

Se llamaba Dalai y hacía lo mismo que él: trabajaba durante el día pero como no le era suficiente, acudía a hurtar pertenencias ajenas. Era uno de los guardias que custodiaban la casa de un empresario multimillonario.

Pasaban las noches y ellos se encontraban siempre en el mismo punto. Este era el de partida, luego iban a donde creían que era mejor ir ese día. Siempre variando para no generar sospechas ni llamar la atención.

Una tarde, Dalai lo visitó en su trabajo mencionando que tenía un gran plan que haría que ellos dejaran de robar por las noches y simplemente tengan dinero para el resto de sus vidas. Carlos se interesó, y se dedicó a escuchar.

Todos los sábados el empresario Yun se iba por la tarde a jugar al golf y volvía de madrugada al finalizar la fiesta luego del juego. Entonces, el plan era el siguiente: el sábado de esa semana, cuando Dalai finalizara su turno en el trabajo y haya rotación de guardias, Carlos ingresaría en la propiedad e iría directamente a la caja fuerte y pondría el código que su amigo le había dicho. Luego, para salir, Dalai tendría que entretener a su compañero diciendo que se había olvidado algo dentro de la cabina y allí aprovecharía para escapar.

Al finalizar el gran monólogo, finalmente Carlos aceptó.

Iban a necesitar de alguien que los espere con un auto en la calle para así lograr escapar más velozmente. No sabían a quién pedirle esta ayuda ya que debía ser una persona de confianza que no reclame dinero ni parte del robo. La única persona que se le vino a la mente a Carlos fue ella, su esposa: Linda.

Practicó durante todo el camino cómo iba a pedírselo a su esposa pero al llegar a su casa, simplemente dijo: “El sábado le robaré a un multimillonario y necesito de tu ayuda”. Sin cuestionar, la mujer accedió sin dudarlo.

 

En todo final hay un nuevo comienzo

Finalmente llegó el ansiado sábado. Carlos y Linda se alistaron para el gran momento y ella, sin informarle a su esposo tomó un arma de fuego que había heredado de su papá. “Solo por si sucede algo muy extremo”, se dijo a ella misma.

Yun, el dueño de la mansión, se fue a la hora prevista por Dalai y todo marchaba a la perfección. Cumplió con su turno y, cuando estaba decidido a abandonar la cabina apareció un auto que se estacionó en la vereda de enfrente. Del mismo bajo Carlos, quien ingresó rápidamente a la residencia antes de que apareciera el compañero laboral de su amigo.

Una vez dentro, el hombre siguió el camino mencionado que no paraba de repetir como un loro… “Primero el living. Verás un arco que te dirigirá a un pasillo. Del pasillo las escaleras. Al lado, una pequeña puerta en el suelo. La abres. Bajas y simplemente encontrarás un sillón y un cuadro. Trás el cuadro, la caja fuerte. 4419 la clave”.

Siguió todas las instrucciones al pie de la letra. Al tener la caja fuerte en frente, la abrió. Dentro no había más que cien dólares. Enojado, decidió recorrer toda la casa para conseguir más. De un momento a otro se encontró en la suite principal donde, en uno de los cajones, había una colección entera de relojes Rolex. Se sonrió a sí mismo, y de un segundo a otro lo vació. Siguió su recorrido, pero al llegar a la habitación de fiestas escuchó un ruido extraño. Al asomarse notó cómo el multimillonario apoyaba su primera pisada en la casa, con una ebriedad muy notable.

En ese momento, Dalai que se encontraba vigilando desde la esquina, se dirigió al hogar a entretener a su compañero tal y como se había planeado con la finalidad de que Carlos pudiese escapar sin ganarse una paliza. Linda, quien también estaba vigilando, decidió hacer algo que dentro del plan, no estaba: se bajó del automóvil e ingresó a la propiedad corriendo. En cuanto tuvo un pie dentro, notó el enfrentamiento entre su esposo y Yun. Rápidamente, sacó su arma gritándole a Carlos que se tire al suelo y sin pensarlo disparó. Acto seguido, huyeron.

Estuvieron fugitivos durante la mitad de un día. En esas 12 horas Carlos se dedicó a vender todas los relojes que había conseguido mientras que Dalai buscaba entre sus contactos una solución a la situación de su amigo. La única que encontró fue una mudanza, a otro continente. Más específicamente a Buenos Aires.

A la pareja le pareció una buena idea y ese mismo día sacaron los pasajes. Al llegar, tomaron un taxi y se dirigieron a la dirección del papel que les había dado su fiel amigo.

Era una localidad alejada de la Capital Federal del país, similar a un campo. Pocas personas y pocas edificaciones, Merlo se llamaba. Los vecinos no dejaban de mirarlos con extrañeza y ellos no podían evitar sentir una incomodidad. Tenían un gran cargo de conciencia y no podían olvidar la situación pero mucho menos la cara de aquel pobre hombre que había pagado con su vida un pecado de ellos.

Y aún hoy, no pueden olvidarla.

 

 

 

Serrana inquietud

(Segundo premio)

Herrera, Guadalupe Denise

 

Como en casa

Mi asiento era el del lado de la ventanilla, pero, así y todo, mi mamá me obligó a turnarnos con mi hermano. A mí no me importaba demasiado, es decir, el viaje no era realmente entretenido hasta que llegábamos a Carlos Paz. Tan solo unos segundos después de ver el tan esperado cartel de bienvenida, se podía ver la ciudad entera desde la altura, o más bien, las miles de pequeñas luces de mercurio que iluminaban la oscuridad del valle. Esa era mi parte favorita, lo fue durante años. Esta vez la observé ocupando los asientos de adelante del micro, que a esa altura del viaje ya se encontraban vacíos.

Al llegar a la terminal mi tío Felipe nos estaba esperando. El reencuentro fue sumamente cálido, con abrazos que duraron minutos. Renata y Julián no lo habían acompañado y mi ansiedad por verlos era incontenible ¿Estarán más altos que el verano pasado? ¿Seguiremos teniendo una buena relación? Al preguntar por ellos, la respuesta de Felipe fue bastante lógica:

— Si veníamos todos no íbamos a entrar en el auto, menos cargando los bolsos.

La casa de mi tío quedaba en la sierra donde las calles son en pendiente y todavía deben ser de tierra. Para llegar allí había que cruzar un río que, después de las sequías de 2009, jamás volvió a tener los mismos volúmenes de agua que antes. Si bien la casa era pequeña, el terreno en el que vivían era bastante grande. Ubicado en una esquina, éste estaba rodeado de una ligustrina frondosa la cual hacía juego con una huerta en el jardín repleto de plantas.

Esa noche, a pesar de que mi tío partía hacia el curso a la mañana siguiente, la cena no fue breve. La conversación no fue más allá de muchas noticias y anécdotas sin adentrarse demasiado en cada una de ellas. Yo no dejaba de intercambiar miradas con mis primos, en busca de adivinar alguna de las tantas cosas que seguro teníamos para contarnos.

Sin embargo, esa noche no tuvimos la oportunidad. En una habitación repleta de cosas, Renata y yo acomodamos nuestros colchones mientras mi mamá, mi hermano y Julián dormían en una cama marinera. Esa noche, a pesar de mi ansiedad, pude dormirme rápido. Efectivamente un colchón en el piso era más cómodo que el asiento del micro.

El día siguiente comenzó temprano para ser vacaciones. Tuvo lugar la despedida de mi tío, pero esa no fue la verdadera razón por la prisa de aprovechar la mañana. Renata usualmente lo hace: utiliza su tiempo para tocar el piano, caminar o simplemente hacer los quehaceres de la casa. A Julián, por otro lado, no le resulta tan fácil dormir hasta antes de las 11 a.m. Particularmente, yo suelo hacer lo que Julián, aunque teniendo a Renata levantando los colchones a mi lado no me fue difícil acostumbrarme a sus horarios. Al principio parecía que no me acostumbraría jamás a hacerlo, pero con el pasar de los días noté que era hasta productivo, y poco a poco, mi hermano e incluso Julián, comenzaron a imitarnos.

Durante las primeras mañanas que pasábamos a solas, como era de esperarse, nos pusimos al tanto de nuestras vidas. Renata había dejado a su novio porque ya no le gustaba más. Fue una decisión de ella, y al parecer el muchacho en cuestión no se lo tomó del todo bien. De todos modos, ella se veía en completa paz consigo misma y lo contaba orgullosa. También me dijo que había entrado a un conservatorio de música y que cuando fuera grande quería ser directora de una orquesta.

Nuestras charlas sucedían en momentos muy pocos precisos. A veces nos encontrábamos en la vereda, sentadas al sol acariciando a Coco, su mascota. Otras veces yendo a comprar al kiosco, lavando platos, doblando sábanas o tocando el piano. Este último era un momento muy especial para ambas, pianistas desde pequeñas y con un talento destacable. Sin embargo, no era la mejor situación para hablar temas íntimos, ya que a menudo alguien se posaba en la puerta de la habitación a escuchar nuestras melodías.

Con mi primo Julián pasaba algo similar, solo que compartíamos menos intereses, principalmente porque siempre existió una brecha entre Renata-yo y Julián-mi hermano, supongo que, por un tema de género y edades, aunque la diferencia de edad es de un año y medio entre cada uno, siendo Renata la mayor y mi hermano el menor. No obstante, en los últimos encuentros que tuvimos, Julián resultó ser un confidente con muy buen oído. Este año me tocó a mí escucharlo contar sobre su escuela, las clases de natación a las que asistía y su interés por una compañera.

Mientras yo llevaba el ritmo del nuevo hogar bastante bien, mi hermano no lo disfrutaba tanto ya que en Buenos Aires no se veía obligado a colaborar en las tareas del hogar. Además, mi madre en un intento de integrar más alimentos a nuestras comidas diarias, había comenzado preparar muchos más platos con más vegetales de lo normal, o por lo menos, de lo que mi hermano, un escandaloso desde siempre, acostumbraba a consumir. Sin embargo, con el pasar de los días, finalmente dejó de quejarse antes de sentarse en la mesa y todo adoptó un ritmo armonioso, como si estuviéramos en casa, pero con el río a tan solo unas cuadras en bajada.

 

Nuevos mejores amigos

Estábamos comiendo unos pastelitos en el río cuando me enteré de que iban a venir. Mi mamá se veía entusiasmada y risueña, ese día no dejó de sonreír para sí misma. Renata y Julián hablaban de un tal tío Carlos, que resultaba ser primo de mi mamá, y de sus hijos Lucía, Javier y Bruno. Todos ellos, al parecer, llegarían a Carlos Paz al día siguiente y pasarían una semana en una casa alquilada a tan sólo una cuadra de la nuestra. La idea sonaba genial, de no ser porque en ese momento, no sabía de quiénes estaban hablando.

Carlos es el primo de mi mamá. Cuando eran niños vivían a pocas cuadras de distancia, por lo que pasaban mucho tiempo juntos. Ya de adulto, Carlos se casó con Valeria y se fue a vivir a Paraná, donde tuvo a sus tres hijos: Javier, Bruno y Lucía, en ese orden. A partir de lo que me contaron Renata y Julián, supe que, así como nosotros solíamos veranear en Carlos Paz, ellos también lo hacían, solo que nunca habíamos coincidido las fechas en las que viajábamos, por lo que nunca habíamos tenido la oportunidad de cruzarnos. Además, mi mamá no tenía contacto alguno con esa parte de su familia, no por nada en particular, sino porque simplemente luego de crecer, no se volvió a dar la oportunidad ni los medios para comunicarse.

Entonces, mientras le daba un mordisco a mi pastelito de dulce de batata, me enteré de que mi nuevo tío Carlos y su familia vendrían a pasar una semana a la ciudad, y que su llegada se estimaba para el día siguiente alrededor del mediodía. Francamente no sabía cómo sentirme al respecto, ni siquiera podía imaginarme el momento en que nuestras miradas se cruzaran por primera vez.

Cuando llegaron, se dirigieron directamente a la casa alquilada, la cual quedaba subiendo la sierra, a una cuadra de la nuestra, justo en la esquina. Luego de ponerse ropas más frescas y bajar los bolsos del auto, se aparecieron en nuestra puerta con una gran sonrisa amigable, la cual Carlos acompañaba con el mismo brillo en los ojos que llevaba mi mamá mientras comíamos pastelitos. No fue difícil reconocer según sus edades a mis nuevos primos: aparecieron en escalerita y tanto la altura como sus rasgos los delataron. Al verlos por primera vez pensé en una foto familiar.

Sin embargo, esa gente estaba lejos de llamarse familia para mí. No los conocía y de hecho me había enterado de su existencia hacía tan sólo un día. Al presentarnos hubo un silencio incómodo, no había mucho que decir. En algún momento Carlos afirmó con admiración cuán parecidos éramos mi hermano y yo a mi papá. Yo ni siquiera sabía que conocían a mi papá.

Luego de un rato de charla en el patio, mi mamá los invitó a pasar a la casa para almorzar, y automáticamente Renata y yo preparamos la mesa con movimientos casi coreografiados. La comida estaba bien, y las anécdotas que contaban Carlos y mi mamá de cuando eran niños eran divertidas. Resulta ser que Carlos era realmente travieso durante su juventud, lo cual explicaba a la perfección la personalidad de su segundo hijo, Bruno.

Según todos los adultos presentes en ese momento, la similitud entre Bruno y su padre era impresionante. Los rasgos de la cara y forma de hablar, su espontaneidad y su humor. Era el más revoltoso de los tres, eso lo había notado desde el momento en que los vi. No dejaba de pelearle a Lucía ni un minuto, y Lucía no podía no responderle porque era más fuerte que ella. En cambio, Javier era un chico calmado y ya se encontraba en la universidad, en el segundo año de la carrera de medicina.

Esa vez no lavamos los platos inmediatamente después de comer: nos cambiamos y fuimos directamente a bañarnos al río porque el calor era infernal. El agua no tenía niveles tan altos ese día, pero era suficiente para poder meter el cuerpo hasta la cintura y refrescarse. Bruno y Julián fueron a la zona de piedras a tirarse unos clavados, ya que allí se formaban piletones y la profundidad aumentaba notablemente. Yo siempre amé nadar y me encontraba entusiasmada por sumarme a la actividad, pero al instante en que comenzaron a hacerlo, los padres de Bruno y mi mamá nos advirtieron sobre que la actividad era riesgosa y nos pidieron que por favor no lo intentemos.

A pesar de haber fracasado el plan de los clavados, Bruno no perdió el entusiasmo y enseguida propuso jugar con la pelota de goma que habían traído. Creo que fue durante esa partida que comencé a sentirme realmente cómoda con mi nueva familia. Dejé de confundirme los nombres y me descostillé de la risa. Al cambiar constantemente de equipos, de repente me encontré dándome abrazos de victoria con todos, incluso con Bruno y Lucía.

Luego de una ducha fresca, justo antes de que anochezca, nos volvimos a reunir en casa de Renata y Julián. Renata y yo estábamos cepillándonos el pelo cuando Lucía y Bruno entraron por el portón con una bolsa llena de chicles. Competimos a ver quién inflaba el globo más grande y ganó Julián, a quien Bruno cargó haciendo la vuelta olímpica entre la huerta. Después fingimos ver un OVNI en el cielo y documentamos el momento con una cámara digital que yo había traído de Buenos Aires, entre carcajadas y preguntas de mi hermano increpando seriamente a Bruno sobre si realmente había visto uno.

El día estaba siendo mucho mejor de lo que esperaba, aunque todavía ni siquiera había terminado. Aún faltaba la cena, que sería en la casa alquilada del tío Carlos. Yo estaba ansiosa por verla ya que solo había recibido halagos sobre ella de parte de él y Valeria.

 

De día luz, de noche sombras

La casa alquilada tenía dos pisos y un jardín enorme. En él había una pileta cuadrada rodeada de pasto y un quincho con una mesa larga junto a una parrilla. A grandes rasgos, la casa sonaba atractiva, pero a medida que nos acercábamos a ella, se imponía ante nosotros. Quizás el ángulo de la pendiente de la calle daba la sensación de que la casa crecía en tamaño a medida que subíamos por la cuadra.

Al llegar nos recibió Valeria, que estaba colgando unas toallas húmedas en una soga en el patio. Se secó las manos en su pantalón y nos invitó a pasar al living, el cual no era demasiado acogedor. Había varios sillones que se veían incómodos con almohadones duros por tener mucho uso y una televisión de caja bastante pasada de moda. Al ver que la ventana que estaba detrás tenía la persiana y unas cortinas amarillentas cerradas, me comenzó a costar llevar adelante una respiración tranquila y uniforme. Detrás del sofá de tres cuerpos, se elevaba una escalera empinada de madera barnizada, pero sin pintar, la cual conducía a un primer piso del que solo se veía un pasillo oscuro. Todo en ese lugar tenía un tono sepia que acompañaba a la sensación de usado y viejo. De seguro habría miles de historias escondidas en los distintos rincones de la casa. Con solo pensar la idea, mi corazón comenzó a acelerarse.

Carlos entró por la puerta del fondo, la cual daba a la cocina, lleno de sudor y con las manos negras. Al mismo tiempo que se las lavaba, nos avisó que estaba haciendo algo a la parrilla, invitándonos a seguirlo. La cocina estaba junto al living, lo único que los separaba era un desayunador bastante ancho que funcionaba como mesada. Las paredes estaban completamente cubiertas de azulejos amarillentos hasta el techo, que simulaban cumplir un patrón que jamás se repetía a rajatabla. Con la mirada en alto pude ver las manchas de humedad del techo, las cuales parecían formar figuras extrañas, similares a las de un insecto. Una sensación de desagrado recorrió mi cuerpo. Enseguida me sentí con náuseas. En el momento pensé que podría haber sido porque tragué un pedazo de chicle y para ese entonces, eso me significaba una tragedia.

Mi mamá entró por la puerta principal y con un tono agradable hizo un comentario positivo con respecto a la casa. Mi malestar seguía atormentándome, por lo que decidí pasar al patio a tomar un poco de aire y Renata me siguió.

Afuera estaba Javier, leyendo un libro bajo la luz de un farol. Al vernos se puso de pie y nos saludó.

— Está linda la noche, ¿no?

Miré al cielo que parecía un colador gigante por la cantidad de estrellas. La horrible sensación se desvaneció por un momento y pude sentir la brisa que por tanto tiempo caracterizó las noches en la sierra secando el sudor de mi espalda. Mi hermano salió de la cocina y nos imitó: observando el cielo con temor, se me acercó y tomó mi mano. Miré a Julián que venía detrás de él en busca de una respuesta, pero solo sacudió sus hombros. Mi hermano cerraba los ojos con fuerza y, en un susurro casi inaudible, confesó que no quería mirar hacia arriba porque tenía miedo.

Volvimos a mirar al cielo y sólo vimos estrellas. Javier se agachó para estar a su altura y le extendió su mano.

— Vamos al quincho que desde ahí no se ve el cielo. — Levantó la cabeza y nos miró a todos. — Justo el tío sacó unos choris.

Una vez refugiados en el quincho, la noche continuó normal. Estando al aire libre la pesadez que sentí en la cocina se desvaneció poco a poco hasta desaparecer completamente. Sin embargo, mi hermano siguió comportándose raro y negándose a mirar al cielo, como si algo lo estuviera acechando. Durante la vuelta a casa no hizo más que mirar el suelo y bajar la pendiente con prisa.

Una vez armadas las camas, Renata y yo no mantuvimos la luz encendida por demasiado tiempo debido a que estábamos realmente cansadas luego de tan largo día. Sin embargo, a diferencia de otras noches, el sueño no se apoderó rápidamente de mí. Di muchas vueltas entre las sábanas antes de poder quedarme dormida y a pesar de tener lindos recuerdos del día, no podía evitar dirigir mi atención al malestar generado al ver los azulejos de la cocina que llegaban hasta el techo gastados.

 

La pesadilla

Estoy en un ascensor, subiendo, no hay nadie a mi alrededor. El interior tiene un metal amarillento, bastante opaco y rayado. Lentamente me invade una sensación de mareo, me miro en el espejo. Las luces que indican los distintos pisos van variando a medida que asciendo. En el quinto se sube una persona, con la piel color café y un cuerpo fornido que me duplica la estatura. Tiene un saco color café y pelo color café. En silencio, ambos continuamos nuestro camino. El único sonido que puedo escuchar es el aparato elevándose y mi respiración, que poco a poco se acelera. A medida que la altura aumenta, más gente ingresa al ascensor: todos color café y con espalda ancha, como uniformados.

Tan solo un piso antes de llegar a destino, el ascensor se detiene bruscamente. De repente estoy atrapada con muchas personas que no conozco y comienzo a sudar. Soy demasiado pequeña y ellos no permiten que me llegue el aire, me ahogo.

En un instante, como arte de magia, los individuos color café se desvanecen. Cierro los ojos aliviada, intentando respirar profundamente. Al abrirlos, mis latidos se aceleran. No hay un centímetro visible que no esté cubierto de cucarachas. Mis piernas se aflojan y comienzo a temblar, ahora también siento náuseas. Las cucarachas color café trepan las paredes, que ahora tienen azulejos amarillentos, hasta llegar al techo y caer de espaldas al suelo, para volver a repetir el recorrido. Yo no sé dónde pisar, de dónde agarrarme, la situación me genera asco y desesperación, un sudor frío me recorre la espalda. Todo me da vueltas, o quizás son las cucarachas las que vuelan alrededor de mí con sus alas color café.

Milagrosamente, el ascensor termina su recorrido hasta mi piso, pero, aunque lo deseo, las puertas no se abren. Intento gritar, pero no consigo respuesta. Grito con todas mis fuerzas y…

Todas las noches soñaba lo mismo. Mis días eran rutinarios y mis noches también: después de cenar volvíamos a la casa del tío Felipe, involuntariamente recordaba la sensación asquerosa de estar dentro de la casa alquilada, y la pesadilla aparecía antes de que me diese cuenta de que estaba dormida. Muchas veces despertaba en medio de la madrugada, otras, soñaba toda la noche con lo mismo. En varias ocasiones me encontré con Renata también despierta con cara de terror, y era entonces cuando, bajo un acuerdo ilícito, decidíamos compartir sábana y colchón, para sentirnos más protegidas. Sin embargo, de nada servía, ya que a menudo permanecíamos abrazadas en silencio mirando el techo, sin poder pegar un ojo.

 

Esto no es un adiós

Ese día la pesadilla me desveló más temprano de lo normal. Mi miedo a estar dormida junto con la ansiedad por ser el último día que vería a mi familia de Entre Ríos me inquietaba y me entristecía bastante.

Mientras preparaba mi taza de chocolatada apareció Julián bajo el marco de la puerta. Vestía el pijama y se rascaba el ojo intentando sacar alguna que otra lagaña. Cuando corrió la mano de su rostro pude ver la evidencia de que tampoco había sido una buena noche para él, pero aun así, murmuró “buenos días”.

Mi mamá entró al rato de que nos sentamos con Julián a ver la televisión en busca de olvidar lo que nos había quitado el sueño. Se veía distendida, sin ninguna bolsa de pesadez bajo sus ojos. Al vernos nos besó en la frente y sin siquiera prestarnos demasiada atención, nos preguntó:

— ¿Durmieron bien? — Antes de que pudiésemos contestar, agregó: — Necesito que se cambien porque me dijo Carlos que en un ratito vayamos a desayunar y a saludarlos a la casa que después ya se van... Qué rápido se pasó la semana, ¿no...? También despierten a sus hermanos…

Con solo nombrar a la casa se me cerró el estómago. Al desviar la mirada de la pantalla y ver a Julián, pude adivinar que teníamos la misma sensación. En silencio, nos dirigimos a donde nuestros respectivos hermanos y les hicimos saber sobre el itinerario de la mañana. Ninguno de los dos tampoco estaba muy entusiasmado. De todos modos, en menos de veinte minutos estábamos subiendo la pendiente en dirección a la casa alquilada.

El día estaba nublado y la nube más oscura estaba sobre la esquina donde la casa. Volví a sentir que la casa crecía a cada paso, su tamaño me agobió y dificultó la subida hasta que vi salir a Lucía y a Bruno desde dentro. Verlos me hizo salir del trance. También llevaban ojeras, Lucía más que Bruno.

Una vez dentro, evité mirar los azulejos que llegaban hasta el techo y a la silueta del insecto gigante. En lugar de eso, intercambié miradas con mis primos, con quienes tomamos un paquete de galletitas y salimos al patio a desayunar en el césped. Para mi sorpresa, mi hermano estaba mirando el cielo con atención y sin ningún rastro de temor. Javier vino hasta nosotros a traernos más galletitas y notó ese detalle.

— ¿Viste, gurí? No hay nada en el cielo. — le acarició la cabeza y sin esperar respuesta volvió a entrar a la cocina. Julián por su parte estaba intrigado.

— ¿Ya no tenés más miedo?

— Es que de día no están. — respondió mi hermano. — Solo salen a la noche y cuando estamos acá.

— ¿Quiénes?

— Los extraterrestres.

Bruno sonrió para sí evitando una carcajada. Lucía estaba ida, mirando un punto fijo en la distancia.

— Yo también tuve miedo estos días a la noche — dijo. La sonrisa de Bruno desapareció y entre nosotros reinó un silencio cómplice, en el que solo se escucharon los cantos de los pájaros mañaneros. — Con el Bruno dormíamos arriba y todas las noches soñaba que me caía del balcón y me lastimaba porque está muy alto — agregó y señaló con el dedo índice la planta alta de la casa.

— Me pasó lo mismo que a la Luci. Todas las noches siento que una araña gigante y peluda me persigue desde acá. — aportó Renata.

Fue allí cuando se abrió una ronda de confesiones y hubo lugar para que cada uno cuente de qué se trataban sus pesadillas. Todos habíamos tenido los mismos sueños que se repetían noche tras noche, exceptuando Bruno, que pudo disfrutar de un par de noches de buen descanso. Sin embargo admitió haber escuchado la carcajada de un payaso maldito durante algunas madrugadas.

La conversación nos abrumó, pero nos sentíamos seguros estando juntos bajo la luz del sol opacada por las nubes. Desde donde estábamos no podía ver los azulejos ni las manchas de humedad en el techo, el balcón no parecía tan alto y ningún OVNI sobrevolaba nuestras cabezas.

Cuando terminamos el contenido de nuestras respectivas tazas, nos costó tomar la iniciativa de ponernos de pie y despedirnos. Carlos y Valeria ya habían cargado todos los bolsos al auto junto con Javier la noche anterior, por lo que solo faltaba subir y ponerlo en marcha. En contraste al día en que nos conocimos, el saludo estuvo lleno de afecto y abrazos, buenos deseos y ganas de seguir en contacto. Julián lloró un poco al pensar que no volvería a verlos por al menos un año.

El resto del día se sintió vacío. La ausencia de parte de la familia era notable y dejaba un hueco en nuestra rutina. Hueco que mi madre no tardó en llenar nuevamente con salidas al centro a tomar helado o actividades en la casa. Los quehaceres cordobeses volvieron y retomaron su ritmo normal.

Fue así como una noche se desató una tormenta eléctrica muy fuerte. La intensidad era tal, que se le permitió la entrada a la casa a Coco, cosa que el tío Felipe jamás habría permitido de haber estado presente. En medio de la madrugada un trueno interrumpió mi sueño. Al despertar sentí una calidez que me arropaba, era Renata acostada a mi lado bajo mi sábana.

— Es la araña gigante y peluda. Otra vez me está persiguiendo.

La abracé e intentamos dormir otra vez. Pero para mi sorpresa, allí estaba de nuevo: encerrada en un ascensor repleto de cucarachas color café.

Al día siguiente me desperté con la sensación de haber visto la persiana cerrada casi herméticamente de la casa alquilada por el tío Carlos. No pude quitármela del cuerpo, simplemente no había manera de que desaparezca incluso cuando hacía varios días que no pisaba ese terreno ni recorría la cuadra en esa dirección. También me enteré que mi hermano le pedía a mi mamá que diariamente tapase las ventanas con las cortinas oscuras incluso antes de que anochezca, cuando todavía entraba luz a través de ellas.

La rutina cordobesa se tiñó de gris oscuro como el cielo durante la tormenta de aquella madrugada, con truenos cuyo estruendo nos generaba grandes sobresaltos que nos quitaban el sueño por las noches.

 

La huida, parte 1

Estoy en un ascensor, bajando, no hay nadie a mi alrededor. El interior tiene un metal amarillento, bastante opaco y rayado. El elevador desciende demasiado lento, me impaciento y me miro en el espejo. Las luces que indican los distintos pisos van variando a medida que hago mi recorrido. En el quinto se sube una persona, con la piel color café y un cuerpo fornido que apenas supera mi estatura. Tiene un saco color café y el pelo de un color café todavía más oscuro. En el momento que se cierran las puertas, me saluda y luego continuamos nuestro camino en silencio. El único sonido que puedo escuchar es el aparato bajando y nuestras respiraciones.

Tan sólo un par de pisos antes de llegar a destino, el ascensor se detiene bruscamente.

— Otra vez esta mierda. — suelta la persona color café. — No lo piensan arreglar más.

— Yo creo que lo mejor sería cambiarlo. No paro de decírselo al portero.

De repente, como era de esperarse, el ascensor retoma su recorrido hasta planta baja. Aunque lo deseo, las puertas no se abren fácilmente. Cada vez que se traba el elevador, éstas se endurecen y es necesario hacer fuerza para abrirlas. La persona color café, que está tan al tanto de la situación como yo, tiene el gesto de abrirlas por mí. Le agradezco, y baja de la cabina.

Del otro lado del agujero en la pared, veo a mi familia con una sonrisa radiante.

— Me parece que vamos a tener que hacer varios viajes, porque somos un montón y vivo en el octavo piso. — sugerí señalando el elevador. — Mi hermano está arriba, él les abre.

Renata, Bruno y Lucía van en el primer viaje mientras conmigo quedan esperando Javier y Julián. Cuando el ascensor regresa, es nuestro turno de subir. Al entrar al departamento Javier está asomado por el balcón.

— Che, qué linda vista tienen acá. — inmediatamente después, todos se le unieron a excepción de Lucía. — Dale Lu, vení a ver.

— Ya te dije un montón de veces que me da mucho vértigo. Le tengo miedo a las alturas.

— Bueno, vos te lo perdés. — dijo Bruno.

—Extraño a los primos. — suspiró Julián.

Renata y yo asentimos en silencio mientras mascábamos chicle desinteresadamente. Mi hermano estaba concentrado pelando un caramelo con el papel pegado. El calor de la calle era infernal pero las calles de tierra ayudaban a que no sea asfixiante. Estábamos sentados en la vereda sin hacer nada más que observar a Coco perseguirse la cola. Desde que nuestra familia entrerriana había partido a casa, las tardes eran más largas y aburridas.

— Por lo menos mañana ya vuelve papá. — agregó Renata.

Ese comentario me cayó como un placar lleno de ropa encima. Que el tío Felipe estuviese por volver mañana significaba que no faltaba mucho para nuestra partida a Buenos Aires. La idea de regresar a casa, sin embargo, me generaba sentimientos encontrados: por un lado, me generaba angustia pensar en que no vería a Renata y Julián por un año, luego de haber convivido casi un mes entero. Por el otro, quería que desapareciesen las pesadillas originadas durante las visitas a la casa alquilada, que seguían atormentándome incluso después de abandonar el hábito de ir allí todos los días o mirar en dirección a ella. Y no solamente a mí, sino también a mi hermano, a Renata y a Julián.

Esto último me generó un sentimiento de culpa casi tan grande como el temor que sentía al subir en el ascensor de mis sueños. Volver a Buenos Aires a mi hogar significaba dejar a mis primos solos y cerca de la casa, acechándolos todas las noches. Fue en ese momento cuando se me ocurrió la solución a todo nuestro drama: deberíamos escapar todos juntos a Buenos Aires y no volver jamás a Villa Carlos Paz.

La fascinación de mis primos por el departamento me recuerda a la primera vez que yo lo vi hace un par de meses. No es demasiado grande pero los enormes ventanales le otorgan una espacialidad que es netamente resultado de la percepción de la luz que incide en el interior. Sin dudas mis padres habían escogido bien nuestro nuevo hogar en comparación al anterior, que no iba más allá de un lugar oscuro y pequeño con el lugar justo para que cuatro personas vivan cómodamente.

— Lo único malo que nos dijo el portero, son las cucarachas en verano. Son un asco. — comento y me dirijo a la cocina, para abrir la heladera. — ¿Quieren tomar algo?

La tarde se pasa rápido, poniéndonos al día con los entrerrianos, ya que no habíamos tenido contacto físico con ellos desde el verano en que nos conocimos. Renata y Julián llevan viviendo en Buenos Aires hace ya bastantes años, por lo que las visitas entre nosotros eran mucho más frecuentes.

Javier nos contó que ya está muy cerca de recibirse, pero que aún no sabe qué especialización quiere seguir. Bruno terminó el secundario y está trabajando en un taller de autos, ya que sueña con conseguir el tuyo y mantenerlo él mismo. Lucía, por su parte, comenzó un curso de peluquería mientras terminaba la escuela, y actualmente está aprendiendo en un salón de su barrio. Aquí en Buenos Aires, Renata continúa con su amor a la música profundizando sus estudios y Julián hace el CBC mientras decide qué carrera seguir.

Estar allí juntos en el living, prácticamente volviéndonos a conocer, nos hace recordar inevitablemente a las vacaciones de 2010, que, por un motivo u otro, a todos nos resultaron inolvidables.

 

La huida, parte 2

Al escuchar mi idea dicha en voz alta no sonó para nada disparatada. Especialmente porque mis primos y mi hermano estuvieron totalmente de acuerdo en largarse de allí desde el minuto en que lo propuse. Todos nos pusimos de pie y nos dirigimos al interior de nuestro hogar. En el camino, pensamos en quién podría decirle a mi mamá que la casa alquilada nos estaba persiguiendo y teníamos que irnos todos lo antes posible. La mejor opción que se nos ocurrió fue mi hermano, ya que a menudo sus caprichos eran cumplidos.

Mi mamá estaba recostada leyendo en la habitación de la cama marinera. Con mucha decisión mi hermano guardó su caramelo mal pelado en su bolsillo y se le acercó. Le contó que tenía miedo y que quería irse. Con paciencia mi mamá dejó el libro e intentó consolarlo diciéndole que ya en unos días llegaría la hora de irnos de vuelta a Buenos Aires.

— No má, pero nos tenemos que ir todos ¡La casa nos está siguiendo!

Mi mamá continuó con el consuelo pero esta vez hizo hincapié en que la casa alquilada no podía moverse y que era inofensiva, que ya no volveríamos jamás allí y que no había nada de qué preocuparse. Pero que la idea de irnos todos a Buenos Aires no era la solución.

En el momento nos sentimos muy frustrados y asustados. Sinceramente pensé que el temor que teníamos no iba a desaparecer porque sí con esas palabras. Sin embargo, esa tarde la pasamos tranquilos sin hacer demasiado, mirando la TV y jugando juegos de mesa, casi como si nuestras pesadillas no existieran.

Lo primero que recordamos son las primeras noches, las cuales estaban próximas a Año Nuevo, por lo que jugábamos con bengalas y estrellitas a dibujar en el aire. También recordamos las tardes en el río y las salidas después de cenar a tomar un helado al centro de la ciudad. Lo rápido y fuerte que habíamos generado un vínculo.

— Che, ¡qué tiempos! ¿Y cuando ustedes jodían con lo de la casa? — suelta Javier con una sonrisa — Me acuerdo que estaban todos re asustados.

— Es que para mí esa casa tenía algo, por algo nos fuimos. — responde serio Julián y enseguida busca apoyo en la mirada de todos.

— ¡Es verdad! Cuando ustedes se fueron esa cosa nos siguió persiguiendo y nos tuvimos que venir acá. — agrega Renata, también convencida.

Mi hermano asiente en silencio sin mirar hacia ningún lado, como recordando aquellos días de niños. Javier pone cara de confundido y se ríe.

— Pero, ¿de qué están hablando?

A la mañana siguiente llegó mi tío Felipe. A diferencia de lo que esperábamos, no volvió cansado del viaje o del curso, sino que estaba lleno de entusiasmo y esperanza. Su estado de ánimo contrastaba totalmente con el nuestro, ya que a pesar de haber pasado una buena tarde el día anterior, durante la noche el miedo nos acechó como de costumbre.

Mi mamá preparó un almuerzo especial de bienvenida y almorzamos todos juntos. Felipe explicó con palabras complicadas de qué se trató el curso y qué actividades tuvo que realizar durante el mismo. Personalmente no creo que alguno de nosotros haya entendido algo a excepción de mi mamá, quien, entre bocados, asentía y emitía comentarios al respecto. En cierto momento, casi terminando de comer, Julián trajo el tema sobre irnos a Buenos Aires lo antes posible para escaparnos de la casa alquilada. Felipe, sin perder la actitud entusiasta, nos respondió con calma.

— Bueno, vamos a ver qué podemos hacer.

Mis pares y yo quedamos sorprendidos, con una tranquilidad inmensa por haber encontrado al fin a alguien que nos dé una mano. Mi madre lo miró a Felipe con una sonrisa confundida, a lo que él respondió con un “después hablamos”. Efectivamente nos marcharíamos de allí.

Durante los días que siguieron, mi tío apenas se la pasó en la casa. Se iba temprano y volvía al amanecer, acarreando una carpeta llena de folios y papeles. En ciertas ocasiones mi mamá lo acompañaba, o incluso terminábamos todos los niños sentados en una sala de espera mientras Felipe y mi mamá hablaban con alguien en una oficina. Durante las noches ambos se quedaban ordenando papeles sobre la mesa hasta altas horas de la madrugada, hasta que finalmente se estableció una fecha para irnos. Mientras tanto, nosotros seguíamos tolerando las pesadillas, pero con la esperanza de que pronto desaparecerían.

— ¿Cómo que de qué estamos hablando? Si le dijimos al tío lo que pasaba y nos creyó y por eso vinieron. — contesta mi hermano.

— ¿Pero ustedes no habían venido a Buenos Aires porque el tío Felipe consiguió trabajo acá? — pregunta Lucía, con cierta inocencia y mucha confusión.

Aquí es donde entiendo todo. O mejor dicho, varios cabos se atan. Luego de un tiempo transcurrido con la familia de Felipe viviendo en Buenos Aires, noté lo extraña que fue la manera en que éste reaccionó cuando le propusimos venir aquí y dejar todo en Villa Carlos Paz. Deduje con el tiempo, también, que todos esos papeles seguramente eran de la casa donde vivían y trámites relacionados con la escuela de mis primos. Pero jamás me hubiera imaginado que la verdadera razón por la que decidieron mudarse era por trabajo y no por la aterradora casa, al menos no en ese momento.

Recuerdo que al llegar a mi casa rioplatense mis pesadillas del ascensor desaparecieron, aunque las cucarachas siguen causándome la misma sensación de desagrado que me generaban las manchas de humedad de la casa alquilada. Lo mismo sucedió con Renata, Julián y mi hermano: sus pesadillas desaparecieron en el momento en que pisamos tierra bonaerense. Continuando con la conversación en grupo, me entero que a Bruno y a Lucía les ocurrió lo mismo, pero al llegar a Entre Ríos.

Al final del día, antes de ir a dormir, pienso en la tarde que pasé con mis primos y lo que hablamos. En retrospectiva todo tiene bastante sentido. La mayoría de nosotros éramos pequeños, algunos niños y otros dejándolo de ser, pero con la imaginación y una capacidad de percibir el mundo de una manera completamente diferente a la que tenemos hoy. La casa que alquilaron nos generaba desagrado porque todos le temíamos a algo. Probablemente evocaba y despertaba nuestros miedos porque no nos sentíamos seguros en un lugar que no era nuestro hogar.

Pero ahora estando aquí, mirando el techo de mi nuevo hogar, no le temo a nada. Y soy feliz, porque ni aquella inquietud serrana ni el tiempo hicieron que deje de sentirme nuevamente en mi niñez al estar entre primos.


Trabajos ganadores del Concurso Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación. Comunicación Oral y Escrita. Segundo Cuatrimestre 2018 fue publicado de la página 125 a página137 en Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

ver detalle e índice del libro